La línea de sombra

No sé por qué razón, Pablo Neruda encontraba que palabras como «Winnipeg» le resultaban particularmente hermosas. Creo que era, cito de memoria algún texto suyo de Para nacer he nacido leído en la adolescencia, porque tenían «alas». A mí, en inglés, siempre me sonaron misteriosas «arrow» y «shadow». Creo que esa terminación «ouuu», como que no terminan en realidad, me trae hermosos recuerdos infantiles. Atardeceres que se funden sin solución de continuidad, que se esfuminan de modo imperceptible, mientras leo frente a la vieja Istilart a leña, tomo mate y no estoy allí, sino en ese milagro encuadernado que tengo entre mis manos. Como siempre, atrae toda mi atención y me lleva de una isla misteriosa a la India, me sube a los barcos de Magallanes, me deja montar el caballo de un soldado de Napoleón o me plantea dilemas metafísicos entre máquinas imposibles, fantasmas y amores no correspondidos.

Sombra no tiene, como su contraparte inglesa, la misma magia. No es que me disguste, no. Simplemente, no tiene ese deslizamiento subrepticio. Empieza y termina. No tiene alas. Por eso mismo, es más adecuado para lo que me propongo aquí, en este nuevo sitio: una línea demarcatoria, un corte, un aquí y un allá. En la novela homónima, Joseph Conrad, al menos el que yo recuerdo y que no quiero releer, porque temo que me mate la metáfora, cuenta la historia de una no-historia. En La línea de sombra nada pasa, porque no puede pasar. Los protagonistas están en alta mar, presos de una calma chicha, de un inmovilismo forzado. La acción abandona el exterior y pasa al interior de sus dramas personales, sus deseos y temores, sus decisiones pendientes. Todos ellos tienen algo que definir y ese punto muerto en el que nada pasa, obliga a concentrarse en eso de lo que se ha querido escapar durante mucho tiempo. A decidir o comenzar a podrirse. La Argentina, como experiencia histórica, está en este preciso punto: frente a una línea de sombra en la que, o la cruza y se transforma, o continúa un proceso de descomposición ya muy visible.

La Argentina está frente a su línea de sombra. Entre una clase dominante que carece de toda capacidad de dirección progresiva de la sociedad, que se ha transformado en un cáncer que sobrevive temporalmente a costa de fagocitarse el cuerpo del que se alimenta, y una clase obrera que no acierta, no se decide, no se plantea, no se ha dado cuenta, de la llegada de su hora. No se trata de una modificación secundaria de lo existente lo que espera del otro lado de la línea. Se trata del cambio radical de las relaciones sociales, del continente mismo de la vida en esta porción del planeta. La apertura de esta página, con este nombre, tiene por función colaborar en la comprensión de este dilema, aportar a la solución de esta impasse histórica en la que estamos.

No sé si lo dije, pero entre otras palabras inglesas que me gustan figura scarlet. Algo distinguible a lo lejos, claro, sin vueltas. El llamado del peligro y de la sangre, también. Porque cambiar implica asumir riesgos. No hay conmoción sin riesgo. Por si a alguien se le escapa, aquí tal conmoción tiene un nombre: socialismo. Hemos de batallar por el socialismo aquí y ahora, el socialismo en la Argentina ya, la única solución posible a este nudo indescifrable que es menester cortar. Esta página será, entonces, un motor, un combustible, un aliento, una palabra en el oído de los llamados a esa tarea imprescindible, un demonio en el hombro del proletariado que, asomado a los meandros de su oreja, insiste: ¡Cruza!, ¡Cruza! ¡Ya es hora!

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