De los indígenas chiapanecos y Los piqueteros argentinos a los indignados españoles: la rebelión mundial de la población sobrante y los dilemas de la conciencia de clase y la revolución socialista a comienzos del siglo XXI

¿Cómo es la nueva configuración mundial de la clase obrera? ¿Qué lugar ocupan los “desocupados” en ella? ¿Qué diferencia hay entre “desocupación” y “población sobrante” y por qué es imprescindible pensar desde esta última categoría? ¿Qué une a los indígenas chiapanecos, los piqueteros argentinos y los mileuristas griegos? Para pensar de nuevo la estrategia revolucionaria. Una primera versión de este trabajo se publicó en 2009, en Razón y Revolución n° 19. La que aquí ofrecemos es posterior, de 2013, y salió en la revista brasileña Projeto História n° 46, de la Pontificia Universidad Católica de San Pablo.


Introducción

Desde los años ‘70 en adelante se desarrollan una serie de procesos que, desde la política y la economía, han resultado en un cambio completo de la relación entre las clases sociales y, consecuentemente, en el escenario en el que se desenvuelve la lucha de clases mundial. Sintetizando, el aumento general de la productividad del trabajo debido a la revolución de las fuerzas productivas, consecuencia de la revolución provocada por la automatización generalizada de los procesos de trabajo (facilitada por la introducción de la informática y la computación en el mundo laboral) tanto en el campo como en la ciudad, se expresa en una reestructuración amplia de la vida social. 

En lo que a la burguesía se refiere, asistimos a una concentración y centralización del capital a escala planetaria, disminuyéndola en número pero multiplicándola en poder material. En lo que al proletariado compete, a una fragmentación interna y espacial, que se expresa en la magnificación que adquiere una capa siempre presente pero frecuentemente olvidada: la población sobrante. Como consecuencia de la proletarización de amplias capas campesinas, pequeño-burguesas y burguesas, y de la reconstitución del ejército industrial de reserva, se ha expandido a niveles impensados la masa de la población que Marx denominaba población sobrante. Esta situación ha repercutido no solo en las formas de acción de la clase obrera, su conciencia y sus acciones, sino en la teoría que busca transformarse en su guía política. En este texto intentamos una aproximación a los problemas estratégicos que plantea el nuevo escenario.

Sobrante

1. Ubicación

¿Qué es la población sobrante? En su descripción de la clase obrera, Marx enfatiza la unidad en relación a la diferencia.1 La unidad de la clase obrera está dada por la explotación, que es el resultado de la distribución de los medios de producción. Lo que es común a todos los obreros es que son explotados porque son expropiados de sus medios de producción. Como desposeídos, todos los obreros necesitan ponerse en relación con los medios de producción propiedad del capitalista. Esa relación, que asume la forma de “asalariada”, es la única que lo vincula con los medios de producción. Es, entonces, una relación puramente económica, sin ninguna vinculación jurídico-moral. De allí que esa relación comienza y termina en función del proceso mismo de acumulación de capital. Esta realidad es la que crea la población sobrante.

En efecto, en otros medios de producción la relación con los medios de producción se establece en forma orgánica: el campesino está en relación de uso de la tierra jurídicamente garantizada; el esclavo, a partir de ser él mismo un factor de producción propiedad de la clase explotadora. No existe, ni para el campesino ni para el esclavo, la “desocupación”. La producción se deriva inherentemente del tipo de relación que los constituye. En cambio, la relación asalariada, capitalista, presupone la libertad pura del trabajador: liberación de la voluntad del capitalista (no es un esclavo); liberación de toda relación con los medios de producción (no es un siervo). De allí que se modifique la naturaleza de la coerción que sobre él se ejerce: desprovisto de medios de producción en forma absoluta, es decir, “libre”, el proletario no siente sobre sus espaldas ninguna coerción fuera de aquella que se crea en el ámbito mismo de la economía. Si ha de sobrevivir, será como asalariado. De modo que es su responsabilidad asegurarse esa relación: “un obrero es un esclavo que debe buscar su amo”, dice Marx, para echar luz sobre este hecho.2

En consecuencia, Marx procede a dividir a la clase obrera en dos grandes capas (subdivididas, después, en otras más específicas), sirviéndose de una metáfora militar: los que están efectiva y actualmente en esa relación (el ejército en activo) y los que no pueden garantizarla establemente (la reserva). El ejército en activo se refiere a todos aquellos que se encuentran produciendo plusvalía para el capital (o permitiendo su apropiación) en condiciones de productividad media del trabajo. Por debajo se encuentra la población sobrante.

El concepto marxista de “población sobrante” se vincula con el de desocupación pero va mucho más allá. Se trata de toda esa capa de la clase obrera que no tiene utilidad inmediata para el capital como productor de plusvalía en condiciones de productividad media. Incluye no sólo a aquellos que forman parte del ejército industrial de reserva sino a la parte de la población que ha dejado de rendir plusvalía en forma directa para el capital en condiciones de productividad media del trabajo mundial. Es decir, gracias a la superabundancia de obreros, se hace posible la compra de la fuerza de trabajo por debajo de su valor. Así, una parte de la sobrepoblación relativa se reproduce negativamente, es decir, por el sobreconsumo de la fuerza de trabajo. Hay, entonces, dos tipos de población sobrante: la “activa”, es decir, la que vende su fuerza de trabajo por debajo de su valor en ramas de producción hechas posible por la superexplotación, y la “pasiva”, la que sobrevive de la caridad pública y privada. Va desde los desocupados efectivos (en cualquiera de las categorías en que los separa Marx) hasta los “empleados” estatales que constituyen desocupación oculta y los jóvenes que no encuentran ningún trabajo real y viven de los sistemas de caridad pública, pasando por las masas rurales expulsadas del campo y que fluctúan entre las ciudades y la campiña en busca de ocupación, tanto como los obreros formales de las industrias que sólo sobreviven gracias a subsidios abiertos o encubiertos. Incluye, sobre todo, a las grandes masas de trabajadores a domicilio.

2. Génesis

¿De dónde ha salido la actual población sobrante mundial? La fuente más abundante, directa e indirectamente, es el campo. Un simple repaso a la evolución de la productividad del trabajo en el agro, por un lado, y a los procesos de proletarización rural, por otro, permitirá aproximarnos a la cuestión. Tomaremos cifras sencillas pero elocuentes, de una fuente muy accesible, el Banco Mundial. Con todos los defectos que podemos marcar, sobre todo para agregados mundiales, los resultados son contundentes. En efecto, tomando como año base 20042006, la producción mundial de productos agrícolas (exceptuando los forrajes) pasa de menos de 40% en 1961 a 120 en 2011 (Gráfico I).

 En el siguiente gráfico (Gráfico II) vemos la evolución de los rendimientos de cereales por ha. en los últimos 50 años. Como es fácil de percibir, se han casi triplicado.

Gráfico II – Fuente: Banco Mundial

El siguiente, el Cuadro I, da una aproximación muy superficial a los cambios en la tecnología agraria mundial, tomando datos de la agricultura argentina. Se mide allí el tiempo necesario para producir cereales y oleaginosas por hectárea. Claramente, el tiempo de trabajo necesario se redujo, en el caso del maíz, más de cinco veces, casi cinco en la soja y más de tres en el trigo. Los sistemas de siembra directa, los cambios en la genética de las plantas, las modificaciones en la potencia de las máquinas y la agricultura de precisión, explican esta revolución.

Cuadro I

 Tiempo necesario para las labores agrícolas por ha.1970/772007
Maíz10 h. 25’1 h. 56’
Soja9 h. 25’2 h. 4’
Trigo6 h. 25’1 h. 57’
Fuente: Cominiello, Sebastián, “Un viaje a la revolución verde”, en El Aromo, nº 69, nov-dic. 2012.

Habiendo aumentado la producción junto con la productividad y la tecnología, la población rural mundial pasa de unos 2.000 millones de personas a unos 3.300 millones (Gráfico III), pero la participación de la población rural como parte de la población total cae abruptamente desde casi el 70% hasta cerca del 45% (Gráfico IV).

Gráfico III – Fuente: Banco Mundial

Gráfico IV – Fuente: Banco Mundial

Si vemos Latinoamérica en detalle, según datos de la CELADE, concluiremos que mientras la población total crece con fuerza en los últimos cuarenta años, la rural se mantiene estancada (Gráfico V y continuación):

Población total, urbana y rural (1970-2010) en miles.

Gráfico V – Fuente: CELADE
Gráfico V (cont.) – Fuente: CELADE

Consecuentemente, la proporción de población urbana sobre la rural ha pasado de 57 a 78%. Dado que la población rural tiende a crecer vegetativamente mucho más que la urbana, el estancamiento de las cifras correspondientes a las masas agrarias oculta una expulsión masiva y continuada.

Ese mundo rural que se vuelca a las ciudades, no repercute, sin embargo, en la expansión del empleo industrial. En realidad, lo que sucede es una tendencia a la caída del empleo agrario y al estancamiento del industrial por mayor dinámica del sector “servicios”. El cuadro siguiente (Cuadro II), tomado de un estudio de Jurgen Weller para la CEPAL,3 lo demuestra claramente para la década del ‘90:

Cuadro II.

Dicho de otra manera, la masa de los expulsados de la tierra se concentra en las ciudades en torno a empleos que se pueden caracterizar como propios de población sobrante.

Mundial

  1. Magnitud

¿A cuánto asciende esta porción de la clase obrera en el mundo? Las estimaciones más superficiales son aquellas que hablan de la desocupación. Según el informe Key Indicators of the Labour Market de la OIT para el año 2010, la evolución de la desocupación mundial no ha variado sustantivamente en los últimos 20 años, ubicándose en torno al 6% de la población activa. No habría demasiado para preocuparse, entonces.

No obstante, como ya señalamos, la población sobrante excede esa medida. Un trabajo recientemente publicado de un especialista en el tema, busca medir la sobrepoblación mundial.4 Allí se intenta extraer de las estadísticas oficiales, en particular de la OIT, equivalentes conceptuales a los conceptos marxistas de Ejército en activo y Población sobrante. Se considera al primero como equivalente a la población “empleada” y a la segunda como la suma de desempleados, los noempleados y los empleados en forma “vulnerable”. Los cuadros siguientes (III y IV) resumen la problemática:

Cuadro III

 RSP(15+) (000)RSP (000)Active Army (000)Working Population (15+) (000)Total Population (000)RSP (15+)/AARSP/AA
Developed397.462565.074412.370809.832977.4440.961.37
Developing2.131.4893.405.7031.405.1583.536.6474.810.8611.522.42
Under Developed393.278717.59580.498473.776798.0934.898.91
World2.922.2294.688.3721.898.0264.820.2556.586.3981.542.47

Magnitud de la población sobrante mundial

Cuadro IV

 Non- Employed (15+) (000)Non- Employed (15+) (%RSP15+)Unemployed  0Unemployed (%RSP15+)Vulnerable Employed (000)Vulnerable Employed (%RSP15+)RSP (15+) (000)
Developed315.59579.426.4976.755.37013.9397.462
Developing1.242.03458.3142.3006.7746.46235.02.131.489
Under Developed125.46031.920.7315.3246.64862.7393.278
World1.683.08957.6189.5286.51.048.48035.92.922.229

Composición de la población sobrante mundial

Lo que los cuadros nos dicen es que, para datos de 2007, la sobrepoblación relativa (Relative Surplus Population) de más de 15 años de edad, alcanza los 2.922.229.000 de personas, mientras que el ejército en activo llega a 1.898.026.000 personas. La relación entre unos y otros a nivel mundial es de 1,54 si se cuenta la sobrepoblación mayor de 15 años. Si se cuenta toda, llega a 2,47. Dicho de otra manera, la sobrepoblación relativa es el 60% de la población trabajadora mundial.

El segundo cuadro nos habla de la composición interna de la sobrepoblación relativa. Se muestra allí que los no empleados y los que tienen empleo vulnerable son la inmensa mayoría de la sobrepoblación. Como se ve claramente, la “desocupación” es apenas el 6,5% de toda la población sobrante, una síntesis de cuán mentirosa es la estadística oficial.

Este crecimiento de la población sobrante tiene su correlato en las finanzas de los estados, en la medida en que el costo social de la reestructuración capitalista que se expresa en las masas desposeídas que se amontonan en la base social debe ser afrontado por la “caridad pública”. El siguiente gráfico (Gráfico VI) muestra la evolución de los gastos sociales en Argentina, Venezuela y EE.UU. Se percibe allí la participación creciente del Estado en la reproducción de la clase obrera:

Gráfico VI

Fuente: Seiffer, Tamara, Gastos sociales en diversos países, mímeo.

Lo mismo podemos observar en Europa. El gráfico siguiente (Gráfico VII) muestra la evolución del gasto estatal en dos países que están hoy en el núcleo de la crisis económica y que presencian, al mismo tiempo, el despertar de la población sobrante, Grecia y España:

Gráfico VII

Fuente: Seiffer, Tamara, Gastos sociales en diversos países, mímeo.

2. Personificación

Si observáramos el mundo asiático, probablemente nos encontraríamos con una tendencia distinta, donde el empleo industrial remunerado por debajo del valor de la fuerza de trabajo es el destino más probable de los migrantes rural-urbanos. En África, por el contrario, los migrantes no encuentran ni industria ni servicios. En los países del OCDE, además de las tendencias a la despoblación rural, nos encontraremos con el fenómeno de la inmigración como constituyente de la población sobrante “activa”, mientras los locales, como consecuencia del aumento de la productividad del trabajo industrial y de la relocalización industrial (fuga de empleos hacia Oriente), se constituyen como población sobrante “pasiva”. Esta reconversión, donde lo que se produce es el reemplazo de una población por otra, es lo que explica que la inmigración afluya mientras crece la desocupación, en un contexto de caída general de las condiciones de existencia a pesar del crecimiento económico. En efecto, según la OIT, la mayor masa de desocupados se encuentra en las economías avanzadas, donde incluso ha crecido más en los últimos cinco años.5 Al mismo tiempo, el crecimiento económico convive, en realidad tiene por base, la crisis de ingresos salariales. Lo que está por detrás, repetimos, es el pasaje de la población europea local a la condición de sobrepoblación relativa pasiva mientras los inmigrantes ocupan el lugar de la sobrepoblación relativa activa. La pérdida de la centralidad de la clase obrera industrial en estos países se observa en la ruptura de lo que se ha llamado “pacto fordista”, es decir, el incremento de salarios paralelo al crecimiento de la productividad. El siguiente gráfico (Gráfico VIII) muestra la magnitud de esa ruptura:6

Gráfico VIII

Esta pérdida de la centralidad de la fracción industrial de la clase obrera es el elemento visible del proceso general, donde lo invisible es la emergencia de ese conjunto heterogéneo de experiencias que se expresan aisladamente y que aquí llamamos “rebelión” de la población sobrante.

En efecto, la población sobrante mundial aparece bajo diversas formas porque no sólo es una condición general amplia que se nutre de todas las clases, fracciones y capas de la sociedad y las estructura en una enorme diversidad de situaciones, sino porque su propio proceso de producción genera esa diversidad. Cuando señalamos que la madre de la sobrepoblación relativa es la expulsión de población rural, nos referíamos a que es este hecho el que da pie y desencadena los otros. La expulsión de población rural, ya sea bajo la forma de proletarización agraria o urbana, en los países de América Latina y Asia, genera la posibilidad de la migración del capital industrial de los países avanzados. Desde las maquilas mexicanas hasta los talleres coreanos, taiwaneses, tailandeses, chinos y vietnamitas, el capital ataca a los obreros de los países más avanzados de modo indirecto, aprovechando la venta de la fuerza de trabajo por debajo de su valor. Es decir, va al encuentro de ese reservorio de desocupación latente que es la población rural y la enfrenta al ejército industrial en activo europeo-japonés-americano. A la corta o a la larga, la relocalización industrial lleva a la recreación del ejército industrial de reserva en los países avanzados, que comienza a manifestarse bajo las diversas formas de subsidio al desempleo y quiebra del “Estado de bienestar”. Dos tipos de desocupados se destacan: el adulto sobrecalificado y el adolescente que no ingresa al mercado de trabajo. En el medio, se instalan nuevas formas de población sobrante activa en el centro del sistema capitalista: el trabajo femenino y la inmigración. La presión, por dentro y por fuera, mina las estructuras sindicales y diluye el poder político del movimiento obrero.

En otras áreas del mundo, como América Latina o África, el proceso es distinto: una intensa emigración proveerá de población sobrante activa a los países más avanzados (norteafricanos en el sur de Europa, mexicanos y caribeños, en EE.UU.). El hecho de que formen parte de los explotados por las fracciones más atrasadas del capital, aquellas que sólo sobreviven con las tasas de explotación elevadas que permite la venta de la fuerza de trabajo por debajo de su valor propia de la población sobrante, y su condición de clandestinos (que permite, al evitar la adquisición de derechos civiles, la continuidad de los atributos de población sobrante), establece un punto de encuentro entre esta capa de la clase obrera y el lumpenproletariado. El mundo del delito, de la economía de la droga y de la trata de personas linda y convive con el de las empresas que al margen de toda ley, establecen condiciones de trabajo cercanas a la esclavitud. Al mismo tiempo, en los países de origen suele reproducirse situaciones cercanas a las de los países más avanzados si esos países lograron tener una estructura industrial respetable. Es el caso de Argentina, donde la relocalización industrial (en beneficio de Brasil, México o el Este de Asia) ha dado el mismo resultado que en Europa. Aquellos que, como México o Brasil (e incluso Colombia y Perú ahora), tienen sus propias fuentes de población sobrante, pueden competir al menos localmente con el Este Asiático. Porciones de sobrepoblación relativa activa se encontrarán entonces en esos territorios.

No sucede así en África, donde la magnitud de la población, su pobreza y la ausencia de una infraestructura de servicios elemental hace menos atractiva la radicación de capital productivo de los países centrales. Allí la población sobrante se mostrará de la forma más cruda, como una especie de receptáculo del pauperismo consolidado mundial, a merced del hambre y la violencia más extremas.

En todos los casos, la existencia de fuentes impositivas importantes, producto de la actividad industrial o de renta hará posible, lucha política mediante, el ocultamiento de masas enormes de población sobrante bajo la máscara de seudo-empleos: subsidios que permiten mantener líneas enteras de producción, desde pequeñas y medianas empresas hasta renglones enteros de pequeña burguesía agraria, como los “campesinos” europeos; empleo estatal; jubilados antes de tiempo; pagos al desempleo; la recreación de mercados internos enteros sobre la base de la redistribución de alguna forma de renta (petrolera, agraria, etc.).

Rebelión

1. Formas

La población sobrante se expresa a través de un sinnúmero de personificaciones, todas las cuales coinciden con la ausencia de una estructuración orgánica. En efecto, a diferencia de la población industrial, organizada automáticamente por la vida económica, las diferentes personificaciones de la población sobrante se dispersan en el proceso económico y fuera de él, por su función como ejército de reserva, por su condición de pauperismo consolidado, por su rol como infantería ligera del capital, etc. Las formas de su accionar político, entonces, serán el resultado de esta unidad diversa, cuya característica central se encuentra en que carece de una organización clara, centralizada y reconocible como antaño era el movimiento obrero.

¿Qué formas asume la rebelión de la población sobrante? Varía según el punto de partida de la experiencia de la personificación de que se trate. Una parte de la población sobrante se expresa a través de manifestaciones más o menos espontáneas, sin un grado elevado de organización política, portando reclamos de carácter democrático general, aunque cargados de contenido social. Por lo general, se expresan así sectores de pequeña burguesía proletarizada, con una herencia de tipo intelectual (docentes), en general jóvenes provenientes de familias estructuradas en torno a profesiones liberales, etc. Los “indignados” en España, los “mileuristas” griegos, las manifestaciones brasileñas o argentinas de 2012 y 2013, el movimiento de los “globalifóbicos” europeo-norteamericano, hasta cierto punto las masas de la “primavera árabe”, son ejemplo de ello.

Las insurgencias de masas son propias de la población sobrante “pasiva”, que depende más del presupuesto estatal en tanto entran dentro del circuito de la “caridad pública”: las masas del “Caracazo” venezolano o del 2001 argentino, el componente más proletario de la “primavera árabe”, los disturbios “raciales” en Francia y Suecia. También tienden entrar en esta categoría de acción las masas campesinas proletarizadas, como sucedió en todo el arco andino en torno al 20002001.

Un componente más “sindical” tiene la acción de las capas de la población sobrante activa, como sucede con los inmigrantes en EE.UU., en la Argentina y Europa. También aparece con forma “sindical” más claramente expresada la acción de capas enteras de sobrepoblación relativa en aquellas ramas ligadas al gasto estatal (docentes, personal de salud, empleados estatales), como en Europa, la huelga de la SEPE en Río de Janeiro, los docentes argentinos, etc. En el sudeste asiático se dan formas de acción más cercanas a la historia más conocida de la clase obrera, en tanto tienden a desarrollarse estructuras y metodologías que remiten a la historia tradicional del movimiento obrero.

La gran fuerza de estas acciones se encuentra en su escasa institucionalización, por lo que alcanzan rápidamente un contenido político, una expresión de la dependencia del Estado por parte de la sobrepoblación relativa.

2. Límites

Por empezar, el límite general de la acción de la población sobrante está dado por la disimilitud de experiencias sociales, políticas y culturales que porta. Todo ese universo es difícil de unificar, no ya en un marco mundial, sino incluso en uno nacional. No existe un gran organizador objetivo, como el proceso productivo industrial, que construya el esqueleto institucional de la rebelión, ni nacional ni internacional. Para una parte de la sobrepoblación relativa, la única instancia de organización colectiva es el liderazgo populista, que, al estilo bonapartista, centraliza la voluntad política de masas dispersas, como los campesinos franceses analizados por Marx en El Dieciocho Brumario de Luis Napoleón.

Un límite más importante, sin embargo, es de orden cultural, que proviene de la situación de conciencia provocada por la distinta procedencia experiencial: las nuevas generaciones que han vivido siempre en el paro, los que provienen de la pequeña burguesía proletarizada, se caracterizan por la ausencia de una tradición de lucha y organización y a esa carencia la llaman “anarquismo” o “autonomismo”. Se observa con claridad en su rechazo a las formas organizativas, en el carácter seudo-asambleístico de su accionar, en el discurso anti-político, incluso anti-comunista o anti-izquierdista. El “Que se vayan todos” argentino del 2001 se repite en Europa y se insinúa en Brasil hoy. Todas estas nuevas experiencias han crecido en el vacío de la conciencia de clase obrera producido por la derrota política de las fuerzas socialistas en los ‘70 y ‘80. Sin poder relacionarse con la tradición socialista, las masas que surgen a la vida política son víctimas fáciles de las diversas formas de la ideología burguesa.

Esa diversidad experiencial se muestra también en la “localización” del discurso político, es decir, en la importancia que asumen categorías secundarias de la conciencia social, que tienden a oscurecer la naturaleza de clase del fenómeno: la etnía (Bolivia, Ecuador, Chiapas, África Subsahariana); el campesinismo (MST en Brasil, Vía Campesina, etc.); el nacionalismo (País Vasco, Cataluña, Chechenia o Palestina); la democracia (la “primavera árabe”); la religión (el mundo musulmán), etc.

Estas razones son las que hacen que la acción de la población sobrante no sobrepase el nivel de la “rebelión”. Se trata de una rebelión política (“que se vayan todos”) y de conciencia (“indignación”) que no logra constituirse en una alternativa al orden existente. La principal limitación en este punto es la incapacidad para dar forma organizativa estable al proceso que protagonizan, siendo fácilmente cooptables por las diferentes fuerzas políticas del orden. Sólo bajo intensas y continuas presiones, el conjunto es capaz de darse un objetivo y una conciencia independientes de la burguesía. Aún así, ese resultado requiere, como el ejemplo del movimiento piquetero argentino o del zapatismo mexicano lo demuestran, de una serie de lazos con la tradición política y organizativa del movimiento obrero y de la clase en su conjunto.

En efecto: la experiencia zapatista es ininteligible sin la historia previa de su dirección, ligada a la tradición revolucionaria mexicana. El caso del movimiento piquetero argentino es sintomático de estas necesidades: formado básicamente por desocupados (es decir, población sobrante “pasiva”) y por obreros ocupados por el Estado, docentes, sobre todo (población sobrante “activa”), construye organizaciones locales (los “movimientos de trabajadores desocupados”) que van confluyendo con corrientes políticas de larga tradición en el país (trotskistas, guevaristas y maoístas, las más importantes), dándose una dirigencia en su mayoría proveniente del movimiento obrero más combativo y con una amplia experiencia de lucha, y estructurando instituciones de alcance nacional (la Asamblea Nacional de Trabajadores Ocupados y Desocupados). Entre 1989 y 2003, la población sobrante en la Argentina pasa del saqueo de supermercados para obtener alimentos, a la construcción de organizaciones cuyo programa excedía largamente la reforma del orden existente. Es decir, de reivindicaciones inmediatas al cuestionamiento del orden existente a través del enfrentamiento con el Estado.7

Teoría

1. Crisis

Un capítulo importante de esta historia se juega en el proceso intelectual que intenta comprenderla. No sólo porque la comprensión de la realidad es una necesidad política, sino porque su incomprensión c

olabora en el mantenimiento del orden. Es a fines de los años ‘60 que comienza el desarrollo intelectual que desemboca en la lectura más aceptada de lo que está pasando en la actualidad.

En efecto, la centralidad del análisis de clase en la comprensión de lo social era el resultado de la centralidad de la política de clase. La revolución rusa, la lucha contra el fascismo, las guerras mundiales, ponen de relieve la lucha de clases como clave de interpretación, así como el protagonismo de la clase obrera en la vida política y social. Sin embargo, a fines de los ‘60 y comienzos de los ‘70 el análisis social comienza a privilegiar a otros actores en la escena: estudiantes, campesinos, minorías étnicas, naciones, lumpenproletariado, mujeres, homosexuales, locos, negros, religiones, etc., etc. Cada uno de estos “colectivos” tuvo su teórico (Marcuse, Mao, Fanon, Foucault, etc., etc.) y su movimiento emblemático (Black Panthers, Situacionistas, Guevarismo, etc., etc.). En general, la dupla estudiantes y campesinos dominó la escena, los primeros en Europa y EE.UU. y los segundos en el “Tercer mundo”.

En todos los casos, la clase obrera perdía su centralidad o la compartía con otras categorías, dentro del espacio que se creaba a partir del concepto de “autonomía relativa”, resultado de la crítica al “economicismo” y a la noción de “determinación”. El paso siguiente será la eliminación del adjetivo “relativa” a una autonomía de lo social que ahora, ya a comienzos de los ‘80 se concebía sin límites, acompañado de una sólida confianza en la “indeterminación” de la constitución de la sociedad. Los “nuevos movimientos sociales” estallan en fragmentos innumerables y la subjetividad individual se convierte en soberana constituyente de las “identidades”. Hacia fines de los ‘90 y comienzos del nuevo siglo, esta oleada postmoderna comienza a ceder paso ante una realidad que reclama a las ciencias sociales la recuperación de lo “colectivo”. No se produce, sin embargo, un retorno a la clase. Domina ahora la “multitud”, su escenario es el “imperio” y su política el “populismo”.8

Esta rápida síntesis, seguramente demasiado estilizada como para recoger toda la riqueza de lo real, se muestra un movimiento que va desde el dominio de la estructura, como concepto dominante de la intelección de la realidad, a la agregación aditiva, pasando por la indeterminación. El proceso social que se encuentra detrás de este proceso mental puede resumirse en el ascenso y caída de la fracción industrial de la clase obrera y su sustitución por la población sobrante.

2. Historia

En efecto, el proceso histórico que subyace a este despliegue intelectual es el ocaso de la función de vanguardia de la fracción industrial de la clase obrera. Durante los setenta años que van desde la formación de la Segunda Internacional hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, la política socialista se apoyó amplia y sistemáticamente en la fracción industrial de la clase obrera, que actuó como vanguardia en la lucha de clases. La teoría social era una simple extensión de los problemas originados en ese proceso. El marxismo, como eje crecientemente dominante de la teoría social, imponía esta centralidad de la clase obrera en el análisis de la vida social.

Sin embargo, luego de la Segunda Guerra y, por lo menos, por los próximos cuarenta años (hasta la Revolución Sandinista), la clase obrera de los países avanzados, desde EE.UU. hasta Japón, entró en un largo letargo, una situación que dio en llamarse de varias maneras (Estado de Bienestar, Fordismo, Boom de posguerra) pero que combinaba siempre crecimiento económico y estabilidad política. Esta larga “paz” social, apenas alterada por la agitación de fines de los ‘60, tanto en Europa como en EE.UU., constituyó la base de lo que muchos entendieron como “aburguesamiento” de la clase obrera de los países centrales. La política de competencia pacífica en la Guerra Fría intensificaba esa convicción, igual que el parlamentarismo del Euro-comunismo. Paralelamente, el ascenso de la lucha anti-colonial, las revoluciones de base campesina (China, Cuba), la emergencia de las guerrillas latinoamericanas y las revueltas juveniles que acompañaron a Mayo del ‘68 y la crisis de Vietnam, pusieron en cuestión la centralidad de la fracción industrial de la clase obrera. Brotaron allí desde las tesis de la sociedad post-industrial hasta el “adiós a la clase obrera”. 

La profunda derrota sufrida por la última oleada revolucionaria del siglo XX, la que fue protagonizada por lo que dio en llamarse “nueva izquierda”, es decir, aquella que no se apoyaba en el rol de vanguardia de la fracción industrial de la clase obrera, terminó con el escepticismo generalizado que caracterizó a la década de los ‘80 y que resultó el preludio de la reacción abierta de los ‘90. Sobre esa derrota se construyeron los procesos económicos que dieron por resultado la aparición en gran escala de la población sobrante mundial: las relocalizaciones mundiales de capital, la flexibilización laboral, la apertura del mercado a fuerza de neoliberalismo rampante, todo ello fue posible gracias a la gigantesca victoria de la burguesía en la lucha de clases de los ‘70. En ese contexto, la caída del Muro de Berlín vino a coronar esa etapa en la que ya se hablaba de “crisis del marxismo” y del fin de la marcha progresiva de la clase obrera.

Paradójicamente, el momento en el que el mundo capitalista podía celebrar su mayor victoria histórica, coincidía con la continuidad de una crisis a la que las políticas tendientes a incrementar la tasa de ganancia (concentración y centralización del capital, aumento de la tasa de explotación, abaratamiento del capital constante) iban a combatir con una transformación social cuya consecuencia más poderosa era la emergencia de la población sobrante. La política obrera se volvió puramente defensiva frente al ataque de la burguesía, pero esa defensa, anclada en la centralidad perdida de la fracción industrial, no pudo sino terminar en arrebatos sin norte y derrotas emblemáticas (como la de los controladores aéreos en EE.UU., durante el gobierno de Reagan o la de los mineros, con Thatcher, en Inglaterra). Es a fines de los ‘90 cuando comienzan a producirse las revueltas de los derrotados, es decir, de aquellos que resultan la consecuencia de las transformaciones sociales operadas durante las dos décadas previas: movimientos de desocupados, de jóvenes sin futuro, de campesinos proletarizados, de capas obreras pauperizadas, de pequeña burguesía desclasada. Es ese movimiento vasto, heterogéneo y sin coordinación, que emerge en el vacío ideológico provocado por el fin del ciclo de la Revolución Rusa, el que da pie al retorno de un pensamiento de lo colectivo.

Lamentablemente, pero en forma explicable, ese retorno ha sido teorizado de dos maneras igualmente erróneas, la primera, mirando al pasado idealizado, la segunda, a un futuro mesiánico: lo que emerge es simplemente el retorno de la clase obrera; lo que emerge es lo nuevo e impensado. En realidad, detrás de ambas posiciones se encuentra algo de verdad, pero mucho también de desconcierto: lo que emerge es, ciertamente, clase obrera, no hay nada nuevo ni “impensable”, pero no es aquella clase obrera. 

Conclusión

La hipótesis que hemos querido defender en este texto es que, frente a las tesis sobre la extinción de la clase obrera o de la emergencia de nuevos sujetos sociales, lo que el panorama social actual presenta no es el simple retorno de la clase obrera, sino un movimiento más complejo. Tratamos de argumentar que, en realidad, no existen tales “nuevos sujetos” y, por lo tanto, “nuevos movimientos sociales”, sino que lo que presenciamos es un cambio en la vanguardia de la clase obrera: el pasaje del dominio del proletariado industrial al del protagonismo de la población sobrante.

Si nuestra hipótesis es correcta (y por ahora no es más que eso, una hipótesis de trabajo), las aparentemente nuevas formas de acción no expresan el fin del movimiento obrero ni de la política socialista, sino un desplazamiento por capas menos institucionalizadas e institucionalizables de la clase obrera, de la base histórica del proyecto socialista, los obreros fabriles sindicalizados. Este desplazamiento se produce, además, en un vacío de la conciencia de la clase obrera, como resultado del hiato producido por la derrota de los años ‘70, que hace difícil la identificación de las nuevas generaciones que emergen a la lucha con la historia y las tradiciones de la clase. La recomposición de la conciencia de clase se hace aún más difícil por dos razones distintas pero solidarias: las tradiciones que portan las nuevas capas proletarias (de origen pequeño burgués o campesino), por un lado; las debilidades políticas de la teoría que debiera colaborar en la interpretación correcta de la realidad (que se resumen en el abandono del marxismo clásico a favor de un confuso “post-marxismo”).

En consecuencia, lo que tenemos por delante, el desafío político y teórico que debemos enfrentar, es reconstruir la estrategia socialista de la clase obrera en las condiciones del dominio de la función de vanguardia de la población sobrante. Un desafío que nos obliga a comenzar, en cierto modo, desde el principio.

Notas

  1. Esta sección se basa ampliamente en MARX, Carlos. El capital. FCE. Tomo I, 1986, cap. 23.
  2. MARX, Carlos. Trabajo asalariado y capital. In: _________. El manifiesto comunista. Sarpe. Madrid, 1985, p. 79.
  3. WELLER, Jurgen. El empleo terciario en América Latina: entre la modernidad y la sobrevivência. In: Revista de la CEPAL. Nº 84, diciembre de 2004.
  4. Tomados de NEILSON, David; STUBBS, Thomas. Relative Surplus Population and Uneven Development In: The Neoliberal Era: Theory and Empirical Application.  In: Capital&Class. El Cuadro III corresponde a la Figure 1. Extent of the RSP and RSP(15+) (2007). El IV a la Figure 2. Composition of the RSP(15+) (2007).
  5. ILO, Trends Econometric Models, april 2013.
  6. Tomado de OIT. Informe mundial sobre salarios 2012/2013. OIT. Ginebra, 2013, p. 51, Gráfico 36.
  7. Sobre el movimiento piquetero argentino puede verse OVIEDO, Luis. Una historia del movimiento piquetero. Ediciones Rumbos. Bs. As., 2003.
  8. Sobre la evolución del postmarxismo, véase WOOD, Ellen Meiksins. ¿Una política sin clases? El post-marxismo y su legado. Ediciones RyR. Bs. As., 2013. Obviamente, las referencias a “multitud”, “imperio” y “populismo” aluden a

VIRNO, Paolo. Gramática de la multitud. Madrid. Traficantes de sueños, 2002; NEGRI, Toni. Imperio. Con Michael Hardt. Paidós. Bs. As., 2002; LACLAU, Ernesto. La razón populista. FCE. México, 2004.

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