La revolución, tal como es. El problema de la violencia revolucionaria en la obra de Vladímir Zazubrin

Publicado en 2017 como prólogo a La Astilla, de Vladimir Zazubrin, es uno de los ya varios textos de la colección Literatura del futuro, de la Biblioteca Militante de Ediciones ryr, que intentan reconstruir la historia de la Revolución rusa desde una perspectiva poco transitada. Es también una vía para discutir el problema de la violencia en la revolución y, en particular, de la violencia de los revolucionarios.


“El socialismo se opone a la violencia contra las naciones. Esto es indiscutible. Pero el socialismo se opone a la violencia contra los hombres en general. Sin embargo, salvo los anarquistas cristianos y los tolstoianos, nadie ha deducido todavía de ello que el socialismo se opone a la violencia revolucionaria. Por lo tanto, hablar de ‘violencia’ en general, sin analizar las condiciones que distinguen la violencia reaccionaria de la revolucionaria, es ser un filisteo que reniega de la revolución, o si no, simplemente es engañarse a sí mismo y engañar a los demás con sofismas.”

Lenin, La revolución proletaria y el renegado Kautsky

La astilla es una obra no menos terrible de este joven artista, y es posible prever los comentarios filisteos que se alzarán en torno a ella. Pero ¿qué importan los filisteos? ‘¿Qué es Hécuba para ellos?’ ¿Qué es para ellos la revolución? La cuestión reside en saber si este breve librito es necesario a un revolucionario que en verdad busca un mundo nuevo.”

Valerián Pravdujin, Un relato sobre la revolución y el individuo

Uno se hace socialista por muchas razones. Porque no soporta las injusticias del mundo, ya sea que las haya visto ejercer sobre un “prójimo” o las haya sufrido en carne propia. Porque cree que una sociedad racionalmente organizada siguiendo ciertos valores “universales”, será siempre preferible al orden existente. Porque se ha cansado de la rutina permanente, de la vida “cuotificada”, de la regulación rítmica de un ciclo eterno donde el trabajo obligatorio y enajenado ocupa un lugar central. Porque no soporta la situación de “carencia” permanente y la represión no menos permanente de las potencialidades que porta cada ser humano. Sea cual sea, un objetivo estará primero entre las todas las razones, sean estas u otras, sino explícita, al menos implícitamente: el deseo de eliminación de la violencia. Se intuye que el mundo se considera como “inadecuado” y esa inadecuación obedece a un acto de violencia: seres humanos violentados, obligados a mutilar sus vidas para que otros disfruten de las mejores condiciones de existencia posibles en una época dada. Puede pensarse al modo rousseauniano (en su estado natural el ser humano es bueno) o hobbesiano (no existe un orden espontáneamente feliz, en el mejor de los casos, debe ser creado). Sea que haya que “liberar” lo que ha sido oprimido, sea que haya que construir la liberación, una cosa es cierta: quien se acerca al “ideal” socialista tiende a inclinarse por alguna forma de pacifismo. La revolución, tal como se ha presentado hasta ahora en el mundo, resulta ser, sin embargo, exactamente lo contrario.

En efecto, si algo ha caracterizado a los procesos revolucionarios es su violencia paroxística. Cada gran revolución ha sido, también, una gigantesca sangría. Normalmente, el proceso comienza siempre como una violencia exacerbada contra los dominados, que soportan sobre sí el peso de la crisis social. Asistimos, en este momento, a la aparición de una moral del sufrimiento y de la necesidad de su expiación. Esa moral se expande por todo el territorio social, aislando a los “violentos”, al mismo tiempo que preparando otra violencia que, en un comienzo, se vivirá como “social”, “vindicativa”, liberadora de “pasiones”. Esta primera violencia de los “de abajo”, será reconocida como válida, hasta necesaria, sobre todo en su manifestación anárquica, espontánea, impredecible. Se perdonará, incluso, sus modulaciones bárbaras y bestiales, como aquella escena de la película basada en Germinal, de Zola, en la que las mujeres castigan al panadero abusador cortándole el pene. Violencia popular, violencia del pueblo, desborde momentáneo de las “bajas pasiones” bakuninistas. Los socialistas estamos preparados para esta violencia. La entendemos porque entendemos también a qué responde, de dónde viene y qué expresa.

Hay un estado intermedio de la violencia revolucionaria. Aquel en el que no se es Estado, pero se está en camino de serlo. Se trata de una organización de la violencia con visos de estatalidad, es decir, que se expresa como necesidad del futuro Estado. Es la violencia de las masas organizadas, cuyo paradigma es la guerrilla maoísta y su descendiente directo, el guevarismo. Para esta violencia algunos socialistas están preparados, otros no.

Llega, por fin, un momento distinto, donde la revolución se transforma en Estado y el Estado sistematiza, ordena, sanciona y ejecuta una violencia de otro orden. Sistematiza: responde con un plan a la violencia que se le opone, guerra civil-Ejército Rojo. Ordena: el ejercicio de la violencia se vuelve asunto de funcionarios que responden a una “obediencia debida”. Sanciona: establece un metro patrón de penas y castigos, una meritocracia del crimen, una graduación de la energía, una “economía” de la violencia. Ejecuta: donde estaba la expresión espontánea de las pasiones, ocupa su lugar la “maquinaria”, la burocracia que prescribe, dosifica y suministra el remedio adecuado a la magnitud de violencia correspondiente al “delito” cometido. Para esta violencia, los socialistas no estamos preparados.

Esta violencia es la que genera un desgarro emocional, paralelo a la suspensión del juicio racional que suele provocar. Si ya esa etapa intermedia generaba “contradicciones” en el seno de la intelectualidad bienpensante, esta última aparece como “aberración” a los ojos de casi todo el mundo. Este es el terreno en el que va a moverse La astilla, de Vladímir Zazubrin. La valentía y la frontalidad con la cual encara su tema signará, no solo la censura inicial, sino también su malinterpretación contemporánea.

1. Extraño, controvertido y trágico

Sabemos poco de Zazubrin.[1] Nació en un lugar llamado Penza, cerca del Volga, en 1895, hijo de un campesino y una obrera fabril, con el nombre de Vladímir Zubtzov. Su padre resultará activo socialdemócrata durante la Revolución de 1905. Zubtzov iniciará muy joven su trabajo con los bolcheviques, en particular como redactor de periódicos revolucionarios. Durante la Primera Guerra luchará contra la intervención rusa, siendo arrestado en 1915. Allí se produce un evento extraño: es liberado por la policía zarista luego de hacer una declaración de fe patriótica. Rápidamente pasa a reconstituir la organización bolchevique en Syzran, donde militaba desde antes de la guerra, al mismo tiempo que revista como “confidente” de la Ojrana, la policía secreta del Zar, bajo el nombre de Minin y con un sueldo mensual de 150 rublos. En 1917, aparentemente, como resultado de sus servicios, toda la dirección del partido de la región es detenida, junto con él. Cuando se produzca la caída del Zar, Zubtzov será arrestado por colaboracionista. Sin embargo, es defendido por sus camaradas, quienes demostrarán que se trató de una maniobra para poder descubrir a los verdaderos confidentes. Testimoniarán también que donaba su sueldo de delator a las finanzas del partido. Declarado inocente, el Comité Central del partido, que había prohibido este tipo de prácticas, destituye a toda la dirección de Syzran, Zubtzov incluido, y los envía a trabajos de base. Este paso por la Ojrana zarista le dará innumerables dolores de cabeza a lo largo de su vida.

Los avatares de Zubtzov en los meses siguientes a la Revolución de Octubre, a la que apoya sin reservas, se explican por encontrarse en una zona, entre el Volga y los Urales, donde el poder pasa de manos sucesivas veces, entre las tropas de Kolchak, los destacamentos mercenarios checos estacionados allí y los bolcheviques. Repitiendo al historia que ya conocemos, Zubtzov termina siendo teniente de las fuerzas blancas de la zona de Ufa, en lucha contra los partisanos bolcheviques. En octubre del ’19, subleva a los dos pelotones a su mando y se pasa, con armamento y todo, al lado bolchevique. En Kansk obtiene un puesto en el trabajo propagandístico, a fin de colaborar con La estrella roja, periódico del Comité Comarcal Revolucionario. Dará clases en la escuela del partido, formará parte de la sección política del Ejército Rojo y dará conferencias a los trabajadores. Allí, nuevamente, se hará pasar por teniente del ejército blanco para preparar una trampa al Estado Mayor.

Es en Kansk, tifus mediante, donde escribirá su primera novela, Dos mundos, sobre la guerra civil. Allí también tiene dificultades con la Checa local, cuyo edificio es el que se describe en La astilla. Por esta época es que nace “Zazubrin”, “mellado”, o “sin dientes”. Dos mundos es apreciada por Lenin: “Es un libro terrible y lleno de horrores”, pero es “bueno y necesario”. Zazubrin asume ahora la dirección de la Escuela del Partido del Ejército. Trabaja incansablemente, da un mínimo de hasta 15 conferencias por mes, además de su tarea en La estrella roja. Agotado, solicita en 1923 ser asignado a una tarea más vinculada con la literatura, consiguiendo ser enviado a la redacción de Los fuegos de Siberia, dirigida por dos ex socialrevolucionarios, como secretario de redacción. Pasará allí sus mejores años. Aquí nacerá La astilla, que tendrá como padrinos a los directores de Los fuegos…, Valerián Pravdujin y su esposa Lidia Seyfullina. No se podrá publicar ni en Moscú, calificada de “bien escrita”, pero “contrarrevolucionaria” por la gente de Na postu. Zazubrin comienza a tener problemas casi con todo lo que escribe, en particular, por Vida en común. De esta dice la Glavlit:

“Está claro que aprovechando las consignas actuales del estudio de la vida cotidiana, el autor pintó tal cuadro de la vida de los comunistas que supera incluso lo que son capaces de inventar nuestros enemigos extranjeros. Si la consecuencia de la Revolución es el contagio sexual de las enfermedades venéreas y las casas comunales son focos de contagio, como también lo son los comunistas con cargo de responsabilidad y el pope soviético (la encargada del Registro Civil) es una prostituta, entonces la idea misma de la colectivización de la vida en el país de los Soviets parece clamar venganza.”[2]

Es interesante remarcar que esta nota de la Glavlit, el órgano de censura literaria, provocó una retractación de la revista en la que se publicó la obra (Los fuegos de Siberia) y una promesa, de sus directores, de enviar “cualquier texto que pudiera ser objeto de dudas”, al “Departamento de Propaganda para que tomara la decisión oportuna”. Cualquiera que leyera el juicio que a los censores les valió Vida en común, diría que se trata de la típica exposición stalinista sobre las funciones de la literatura. Pero no. Todo esto sucede en 1923, con Lenin todavía vivo. De momento zafó, logrando organizar la Asociación de Escritores de Siberia, en 1926. En su discurso inaugural, Zazubrin cita a Trotsky, dato que se le ha pasado por alto a muchos comentaristas. En su descripción de XV Congreso del Partido Comunista en Moscú, Zazubrin describe la expulsión de Trotsky y Zinoviev como un “derrumbe”. Otro dato. Durante la revolución cultural, va a ser atacado por llevar adelante en Los fuegos de Siberia, una política que podría caracterizarse como cercana a la de Voronsky, es decir, respetuosa de los “compañeros de ruta”.[3] En 1928 lo echan de Los fuegos… y en 1929, pese al padrinazgo de Gorki, del Partido. Con su apoyo, un año después logra publicar una nueva novela (Las montañas) y entrar en la dirección de la revista El koljosiano, además de ser elegido para participar en el Primer Congreso Pansoviético de Escritores, incorporándose también a la Asociación de Escritores.

La buena fortuna dura poco: Zazubrin se habría quejado de la censura en la reunión de Stalin con Gorki y un grupo de escritores donde se establecen las bases del realismo socialista. Parece que al Gran Jefe no le gustó, pero el episodio descripto por la autora que venimos citando es de 1932 y Zazubrin va a ser asesinado por el stalinismo recién cinco años después. Según Szypowska, la ¿muerte? de Gorki en 1936 va a sellar el destino de nuestro escritor. Obviamente, torturado, Zazubrin ¿confiesa? los peores crímenes: agente de la Ojrana, propaganda contra el régimen soviético, nacionalismo siberiano, trotskismo… De nada sirvió pedir clemencia. Fue juzgado el 28 de setiembre de 1937 y encontrado “culpable” por orden directa de Stalin. Al día siguiente, Zazubrin debió enfrentar una escena similar a las descriptas en La astilla, como una especie de Srúbov que hubiera vivido demasiado con sus culpas a cuestas.

2. Postales de una relación compleja

Como planteamos al comienzo, preparados moralmente para pensar en un mundo mejor, los revolucionarios socialistas tienen serias dificultades para pensar (y actuar) la violencia. Esta conflictiva relación de los que ven la necesidad de un cambio radical, choca de frente con la naturaleza propia del cambio social. Mientras la relación ideal entre revolución y violencia tiende a ubicarse en el plano de la reducción de la segunda como consecuencia de la primera, la relación real, al menos tal cual se ha desplegado históricamente, expresa más bien lo contrario. Cierto es que ese hiato, ese vacío entre ambas perspectivas suele ser llenado con una expresión de deseos: la idea deberá atravesar la realidad para realizarse después. “Si quieres la paz, prepárate para la guerra”, “la guerra que ha de terminar con todas las guerras”, “purificación necesaria por el fuego que establecerá la paz perpetua”, etc., etc., son todas formulaciones más o menos populares de la distancia que media entre aquello que los revolucionarios queremos y lo que nos vemos forzados a hacer. La exploración de ese abismo, dijimos, es el tema central de La astilla.

En los campos de la guerra civil (Kautski-Trotsky)

Evidentemente, es más fácil juzgar la apuesta de Zazubrin que aceptar los términos en los que ella se plantea. De allí que la tentación pacifista esté siempre a la vuelta de la esquina, si no como pacifismo puro, al menos como la incapacidad para aceptar otra violencia que no sea la defensiva. Este último es el caso de Karl Kautsky, cuyo Terrorismo y comunismo dio lugar a una amplia controversia acerca de la Revolución Rusa y los métodos bolcheviques para tomar y mantener en sus manos el poder. Su primera página no podría ser más elocuente acerca de las vacilaciones que aquí comentamos:

“En los años anteriores a la guerra se había extendido, incluso en el partido socialista, la opinión de que la época de las revoluciones había pasado, no sólo para la Europa occidental, sino también para Alemania y Austria.

Y, sin embargo, la revolución ha venido, y aparece con caracteres de una violencia superior a lo que hubiera podido concebir la fantasía del más ardiente revolucionario. La supresión de la pena de muerte era una reivindicación sobreentendida para todo socialista, y la revolución nos ha traído el más sangriento terrorismo ejercido por los gobiernos socialistas. Comenzaron los bolcheviques rusos, que fueron severamente juzgados por los demás socialistas no partidarios del bolchevismo, entre ellos los mayoritarios alemanes. Pero apenas éstos sintieron amenazado su poder, acudieron a los mismos medios que tan duramente habían censurado. Noske siguió las huellas de Trotsky, con la diferencia notable que ni él mismo considera como proletaria su dictadura. Pero ambos justifican su labor sanguinaria invocando los fueros de la revolución.

En efecto, está muy extendida la idea de que el terrorismo es esencial a la revolución, de que quien quiera de veras la revolución tiene que querer también el terrorismo, como prueba de lo cual se cita siempre la gran Revolución francesa, que pasa por ser la revolución por excelencia.

Por consiguiente, está justificado comenzar el estudio del terrorismo, sus aspectos y resultados, tomando como punto de partida el terror de los jacobinos franceses. Eso nos proponemos hacer; y aunque ello no nos aleje del presente, nos ayudará a entenderlo luego mejor. Es sorprendente comprobar las semejanzas que existen entre la revolución francesa y las actuales revoluciones, especialmente la rusa.

Y sin embargo, las revoluciones de nuestra época difieren fundamentalmente de las del siglo XVIII. Eso se ve ya tan pronto como se establece una comparación entre nuestro proletariado, nuestra industria y nuestros medios de comunicación con los de aquella época.”[4]

Se podría decir que en esta larga cita está contenido todo el problema del que hablamos. El planteo de Kautsky es sencillo: Rusia no está preparada ni objetiva ni subjetivamente para la revolución socialista; los bolcheviques han querido violentar la historia; el resultado es una espiral de violencia que desvirtúa el objetivo perseguido. El esquema kautskiano se completa con la comparación entre la Revolución Rusa y la francesa, por un lado, y con la Comuna de París, por el otro. La primera le sirve para mostrar que, más que como revolucionarios marxistas, los bolcheviques se comportan como simples jacobinos: los primeros siguen las reglas del movimiento social y no se adelantan a sus necesidades; los segundos, apelan al golpe de mano a fin de forzar los hechos mediante el uso del terror. La segunda, para enfrentar a Lenin y los suyos con Marx y el único experimento “socialista” que éste pudo ver en vida: los bolcheviques hacen lo contrario de lo que el padre de socialismo científico hubiera hecho.

Hijos de ese proceso, condenados por una estructura y un desarrollo que empujan en otro sentido, igual que los jacobinos, los bolcheviques solo pueden mantenerse en el poder a costa de mayores cuotas de arbitrariedad y un ejercicio permanente del terror estatal: la guillotina robespierreana y la Cheka leninista se encuentran en este punto del proceso. Las requisas forzosas del terror jacobino y el comunismo de guerra son hermanos gemelos solo separados por el tiempo. Como prueba del carácter innecesario de tales actividades, Kautsky ofrece la experiencia de la Comuna de 1871 por boca del mismo Marx, quien se habría arrepentido de haber defendido el terrorismo en 1848.[5]

¿Qué rescata Kautsky de la experiencia de la que el mismo Lenin habla en El Estado y la revolución? Algo que desmiente su valor como ejemplo: su ineficacia. Señala el “albacea” de Marx que

“Los bolcheviques alcanzaron el poder por un golpe de Estado sabiamente preparado, que les hizo dueños de una vez de toda la maquinaria política, la que utilizaron del modo más enérgico y desconsiderado para desposeer política y económicamente a sus adversarios, a todos sus adversarios, incluso los proletarios.

En cambio, los más sorprendidos por la sublevación de la Comuna fueron los revolucionarios mismos. Y a una gran parte de ellos el conflicto se les vino encima cuando menos lo deseaban.”

Marx, por su parte, dice de la experiencia de la Comuna:

“Es evidente que los parisienses están derrotados. Ellos mismos tienen la culpa, pero una culpa provocada realmente por demasiada honnéteté. El Comité Central, y más tarde la Comuna, le dieron a ese perverso aborto de Thiers el tiempo para concentrar a las fuerzas enemigas: 1) por su absurda actitud de querer impedir que se desencadenara la guerra civil, como si Thiers no la hubiese empezado ya con su intento de forzar el desarme de París; (…) 2) Para que no se les adjudicara la intención de haber usurpado el poder, perdieron momentos preciosos en las elecciones en la Comuna, cuya organización llevó bastante tiempo, en lugar de haber avanzado inmediatamente sobre Versalles después de la derrota de la reacción en París.”[6]

Si se lee bien, lo que aplaude Kautsky es lo que critica Marx. Este balance está muy presente en los bolcheviques, en particular en Lenin y Trotsky. Para el primero, era obvio que, por ejemplo, el gobierno provisional intentaría asesinarlo, como parte de la represión que se desencadenaría contra ellos. De hecho, el principal problema que tiene el jefe de la revolución es el que dejara impreso en un célebre texto: “¿Podrán los bolcheviques sostenerse en el poder?”. Hay aquí una oposición evidente entre las formas y la eficacia. No hay duda que los bolcheviques fueron altamente eficaces. Entre 50 y 100.000 personas fueron asesinadas por la represión versallesca. La actual apología de la Comuna, que suele oponerse al bolchevismo como “modelo” de revolución pacífica y democrática en el mismo talante que en su momento lo hiciera Kautsky, pasa por alto que esa experiencia fue un fracaso. Basta leer al mismo Kautsky para darse cuenta:

“La Comuna no tuvo tiempo para hacer obra de grandes vuelos en lo social, y sus mejores cabezas no querían emprender ninguna obra sin haberla estudiado antes concienzudamente. La mayoría de sus medidas de carácter social parecerían hoy mezquinas, verbigracia, la abolición del trabajo nocturno en las panaderías y la prohibición de las multas en dinero en los talleres.

La decisión más importante no pasó del estado de investigación. Durante el sitio, y después del 18 de marzo, los propietarios de una porción de industrias habían huido, dejándolas abandonadas y cerradas. A propuesta de Avrial, se abrió una información sobre estos casos, muy dañinos para los obreros.”[7]

La resolución tomada no podría ser más patética: mientras París es asediada por versalleses y alemanes, mientras la producción se desploma por el evidente boicot burgués, la conducción revolucionaria “ordena” convocar a los sindicatos para que hagan una estadística, un inventario, informen “medidas prácticas” para organizar cooperativas que se hagan cargo de las fábricas, elaboren un proyecto de organización de tales cooperativas y cree “un Tribunal arbitral, que al regreso de los propietarios de dichas empresas, fije las condiciones con que han de pasar definitivamente a poder de las Cooperativas de obreros y la cuantía de la indemnización que las Cooperativas hayan de pagar a los propietarios”. Los comuneros pensaban que tenían en sus manos todo el tiempo del mundo. Trotsky tomará debida cuenta del asunto:

“Kautsky no puede comprender que son los mismos hombres y por las mismas causas quienes publicaron la citada declaración del 19 de marzo y los que permitieron a Thiers que se retirara salvo y reorganizara su ejército. Si los comuneros hubieran podido vencer con sólo ejercer una influencia moral, su declaración hubiese tenido una gran importancia. Pero no fue éste el caso. En el fondo, su sentimentalismo humanitario no era más que el reverso de su pasividad revolucionaria. Los hombres a quienes por el capricho del azar les cayó en suerte el gobierno de París y que no comprendieron la necesidad de aprovecharse de él inmediata y totalmente para lanzarse en persecución de Thiers, para aplastarle sin remedio, para coger el ejército en sus manos, para efectuar la limpieza necesaria en el cuerpo de mando, para apoderarse de la provincia; estos hombres, digo, no podían naturalmente, estar dispuestos a castigar con rigor a los elementos contrarrevolucionarios. Hay una conexión estrecha entre las cosas. Era imposible perseguir a Thiers sin detener a sus agentes en París y fusilar a los espías y conspiradores. Condenando el asesinato de los generales contrarrevolucionarios como un crimen abominable, hubiese sido pueril querer desarrollar la energía entre las tropas que hubieran perseguido a Thiers, mandadas por generales contrarrevolucionarios.”[8]

Es interesante notar que los trotskistas, en general, tienden a desestimar o negar la respuesta que el jefe del Ejército Rojo escribiera contra Kautsky. Terrorismo y comunismo, en efecto, choca contra la imagen liberal de Trotsky, esa que se construyó falsamente en torno al Manifiesto por un arte revolucionario.[9] El libro que los partidarios de un Trotsky reducido a una caricatura de Gandhi prefieren olvidar, contiene una defensa del terrorismo y, en particular, de la Cheka:

“No puede condenar ‘moralmente’ el terror gubernamental de la clase revolucionaria, sino aquel que, en principio, repruebe (de palabra) toda violencia en general. Pero para esto es preciso ser un hipócrita. ¿Cómo, pues, distinguir vuestra táctica de la autocrática?, nos preguntan los pontífices del liberalismo y del ‘kautskismo’. ¿No lo comprendéis, falsos devotos? Pues os lo explicaremos. El terror del zarismo estaba dirigido contra el proletariado. La policía zarista estrangulaba a los trabajadores que luchaban por el régimen socialista. Nuestras Comisiones Extraordinarias fusilan a los grandes propietarios, a los capitalistas, a los generales que intentan restablecer el régimen capitalista. ¿Percibís este… matiz? ¿Sí? Para nosotros, los comunistas, es por completo suficiente.”[10]

Por mucho que Trotsky y Lenin despotricaran contra Kautsky, la crítica a los métodos de la guerra civil y el período del “comunismo de guerra” suele ser aceptada implícitamente por sus propios seguidores. En efecto, pensando en el stalinismo, sobre todo los trotskistas, han hecho apología de los años ’20, del clima de “libertad” que supuestamente los caracterizó, de su “pluralismo” ideológico y de su “florecimiento” intelectual y artístico. Ello no constituye otra cosa que una reivindicación de la NEP. En general, los reivindicadores de la NEP suelen olvidarse de que ella significó un paso atrás en relación al comunismo de guerra. No constituyó un paso adelante del socialismo sino un retroceso claro: no podemos organizar la sociedad sobre nuevas bases. Luego, mantengamos en nuestras manos el poder político hasta que llegue el momento. Quienes elogian los “liberales” años ’20 (edificando una leyenda frente a una realidad muy diferente) y prefieren olvidarse del período previo, olvidan que la base del stalinismo no está en el comunismo de guerra, por mucho que los métodos stalinianos recuerden esas prácticas propias de la guerra contra los blancos, sino en su fracaso, en la NEP, de la que, no casualmente, Zazubrin era crítico…

Detrás de mí, un vasto cementerio (Koestler-Merleau Ponty)

La segunda posguerra va a plantear un problema sustancial a todos los intelectuales franceses de la izquierda no comunista: cómo llevar adelante una política que se pretende revolucionaria sin caer en la órbita del stalinismo, pero, al mismo tiempo, cómo no caer en la oposición a aquello que aparece como lo “real”, es decir, terminar al servicio de la estrategia capitalista en la Guerra Fría. Las trayectorias de Sartre y Merleau Ponty son, a ese respecto, muy ilustrativas, tanto como la del personaje que motivará una batalla en la que ese precario equilibrio tambaleará peligrosamente: Arthur Koestler.

Koestler, personaje en extremo curioso, testigo directo de un siglo convulso, autor de un conjunto de textos polémicos, comunista devenido en defensor de la democracia burguesa, mártir o renegado según se lo mire, contribuyó a centralizar el debate más importante de la Guerra Fría. En efecto, si la URSS era o no una alternativa al capitalismo “liberal”, era una discusión en la que se jugaba todo el sentido del enfrentamiento que modelaría la política mundial por los cuarenta años siguientes al fin de la Segunda Guerra. La clave de la discusión se encontraba en la naturaleza del sistema político soviético. Que la URSS era capaz de lograr el desarrollo económico, que había hecho posible la transformación radical de una sociedad, que podía mostrar un aporte sustantivo a la libertad humana con su decisiva intervención en la lucha contra el nazismo, de eso, no le quedaban dudas a casi nadie. De lo que va a valerse la propaganda anti-comunista de la Guerra Fría es del concepto de “totalitarismo”. Es decir, una maniobra ideológica por la cual se rescata la “libertad” por sobre todo otro valor, por un lado; se adjudica tal patrimonio en exclusiva a las sociedades “abiertas”, por otro. Como consecuencia, se produce el extraño maridaje entre los enemigos de ayer (nazismo y comunismo) a quienes se ve ahora como estructuras sustancialmente idénticas más allá de las diferencias discursivas. Para la construcción de esa formación ideológica llamada “libertad”, resultaba esencial demostrar su incompatibilidad con toda negativa a la propiedad privada. Finalmente, la piedra de toque de todo ese edificio van a constituirla los “Juicios de Moscú”. En el tallado de ese poderoso artefacto ideológico, Arthur Koestler y su El cero y el infinito, resultan fundamentales.

Koestler escribió El cero y el infinito entre 1937 y 1940 y lo publicó en 1941, vendiéndose en el primer año apenas unos 4.000 ejemplares. En 1946, cuando se editó en Francia, vendió, solo allí, unos 400.000. El propio autor explica la razón de semejante conversión mercantil en la actitud del Partido Comunista francés (que llegó a comprar miles de ejemplares para quemarlos) y en la supuesta conciencia de los franceses de la veracidad de su contenido de cara a los crímenes que, so capa de la “justicia” contra los colaboracionistas, los comunistas franceses cometieron en su propia patria luego de terminada la guerra. Hay, sin embargo, una explicación mejor.

En efecto, preparado en momentos en que el anti-comunismo nazi resultaba simpático a la burguesía y publicado justo cuando la URSS se transformaba de aliado del enemigo a uno de los ídolos de la opinión liberal anti-fascista occidental, el libro no podía caer en peor momento. Desde el inicio de la Operación Barbarroja hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, hasta el cine de Hollywood va a presentar al “tío” José como un amigo bonachón que ayuda a Occidente a librarse del Mal. El fin de la guerra plantea a EE.UU. un problema: cómo combatir a la URSS, es decir, crear el instrumento ideológico más adecuado para la batalla ideológica que se avecina. Nada mejor que el tema de la “libertad” y su consecuente objetivo estratégico: la defensa de la “democracia”. En este nuevo clima, El cero y el infinito y su autor van a desempeñar un papel relevante:

“Uno de los primeros y más importantes consejeros del IRD fue el escritor nacido en Hungría, Arthur Koestler. Bajo su tutela, el departamento comprendió la utilidad de encontrar acomodo a aquellas personas e instituciones que, en la tradición de la política de izquierda, creyesen estar en posición de oposición al centro del poder. El objetivo de tal acomodo era doble: primero, lograr la proximidad a los grupos ‘progresistas’ para controlar sus actividades; en segundo lugar, diluir el impacto de estos grupos, logrando influir en ellos desde dentro, o llevando a sus componentes a un foro paralelo y, sutilmente, menos radical.

El propio Koestler pronto habría de beneficiarse de las campañas de propaganda del IRD. El cero y el infinito, cuya descripción de la crueldad soviética había establecido su reputación de anticomunista, se hizo circular en Alemania bajo sus auspicios. Según el acuerdo logrado con Hamish Hamilton, director de la editorial homónima, y a su vez, estrechamente vinculado a las actividades de inteligencia, fueron adquiridos 50.000 ejemplares y distribuidos por el Foreign Office en 1948.”[11]

Stonor Saunders da crédito a la versión de Koestler de que el PC estaba comprando todos los ejemplares de la novela, lo cual parece bastante absurdo, puesto que ¿cuál sería la respuesta de una editorial cuyos libros se agotan sino reimprimirlos? Es más sencillo pensar en los efectos que el clima ideológico de la temprana etapa de la posguerra estaba sufriendo, al impacto del temor que el comunismo producía, no solo en EE.UU., sino en la misma Europa. Que Koestler participaba de este proceso de construcción ideológica, no hay dudas:

“Koestler no sólo era consejero de la campaña de propaganda del Foreign Office. En febrero de 1948, había emprendido una gira de conferencias por los Estados Unidos. En marzo se reunió con William Wild Bill Donovan, en la casa neoyorquina del general, en Sutton Place. Donovan, como director del servicio de inteligencia americano durante la guerra, y más recientemente, como uno de los principales arquitectos de la recién creada CIA, era miembro fundamental de la élite de la inteligencia estadounidense y de su política exterior. Toda su vida había sido anticomunista, siempre alerta hasta el momento de su muerte, en 1959, cuando informó de haber visto, desde su ventana, a las tropas rusas avanzando sobre Manhattan, por el puente de la calle 59. Koestler, antaño uno de los cerebros tras la red de organizaciones de tapadera de la Unión Soviética antes de la guerra (a la que se conocía como ‘Munzenberg Trust’, por el nombre de su director, Willi Munzerberg) sabía mejor que nadie cómo funcionaba por dentro la maquinaria de propaganda soviética. Poco antes de partir hacia los Estados Unidos, Koestler se había reunido con André Malraux y Chip Bohlen, recién nombrado embajador en Francia, para analizar la mejor forma de contrarrestar la ofensiva de ‘paz’ de la Cominform. (…) Koestler se había reunido con William Donovan para hablar sobre la forma de contrarrestar la propaganda soviética. ‘Hablamos de la necesidad de la guerra psicológica’ anotó Koestler en su diario….”

Según Stonor Saunders, otra vez, “El cero y el infinito (…) se convertiría en uno de sus libros más influyentes de aquel período”. ¿Qué tiene este libro de particular? Se trata de una reflexión novelada sobre los juicios de Moscú, en particular sobre el extraño fenómeno de la confesión. Ni es el primero ni, por supuesto, será el último. Aquí es donde, sin embargo, se expone con mucha claridad la tesis según la cual los comunistas son religiosos fervientes, devotos del dios Partido. Como la máxima moral de esa religión consiste en la obediencia al partido, capitula sin retaceos. Esta explicación vale, al menos, para ese reducido grupo de militantes para los que cualquier otra causa no corre, los “irreductibles” miembros de la Vieja Guardia bolchevique, Bujarin, Rakovski, Radek. Mezcla de Trotsky y Bujarin, Rubashov, el protagonista, se dejará ejecutar luego de confesarse culpable, aunque no de los cargos que se le imputan:

“El común denominador de su culpa consiste en que todos han puesto los intereses de la humanidad por encima de los intereses del hombre, en que han sacrificado la moralidad a la utilidad, los medios a los fines. Tienen, pues, que morir, porque su muerte es ahora útil a la causa, y morirán a manos de hombres que sostienen los mismos principios que ellos.”[12]

La violencia, entonces, tiene un origen irracional y solo es comprensible a partir de esa irracionalidad. Detrás de esta explicación al extraño fenómeno de la confesión de gente que no teme la muerte, que no se preocupa por las consecuencias de sus actos sobre sus familiares cercanos, que ya ha pasado por la tortura y los apremios violentos, que repudia la traición a sus principios, se extiende, entonces, la creencia, la fe. Lo racional toma la forma, como consecuencia, de liberalismo: la verdad, la garantía para la defensa, los procedimientos correctos, la presunción de inocencia. El mundo comunista es el mundo de la religión. Luego, la libertad no puede morar en ese campo.

Este largo rodeo por el contexto del libro y de su autor, resulta en una necesidad a fin de entender la mejor respuesta al problema planteado por Koestler y por la propaganda anti-comunista.[13] Es importante rescatar este punto: este debate sobre el uso de la violencia por parte de quienes se posicionan, con justicia o sin ella, en el lugar de la revolución, tiene por marco imposible de omitir, el contexto de la Guerra Fría en sus primeras escaramuzas. De allí, que Merleau Ponty, el autor al que aludimos recién, comience con una demarcación del territorio, señalando los límites del liberalismo en términos que recuerdan a Lenin y Trotsky:

“Se discute a menudo el comunismo oponiendo a la mentira o a la astucia el respeto por la verdad, a la violencia el respeto por la ley, a la propaganda el respeto de las conciencias, al realismo político, en fin, los valores liberales. Los comunistas responden que, encubriéndose bajo los principios liberales, la astucia, la violencia, la propaganda, el realismo sin principios constituyen, en las democracias, la esencia de la política exterior o colonial y aun de la política social. El respeto por la ley o por la libertad sirvió en los Estados Unidos para justificar la represión policial de las huelgas; sirve aún hoy para justificar la represión militar en Indochina o en Palestina y el desenvolvimiento del imperio norteamericano en Medio Oriente. La civilización moral y material de Inglaterra supone la explotación de las colonias. La pureza de los principios, no solamente tolera sino que, más aún, necesita de las violencias. Hay, pues, una mistificación liberal. Consideradas en la vida y en la historia, las ideas liberales forma sistema con esas violencias, constituyendo, como decía Marx, su ‘pundonor espiritualista’, el ‘complemento solemne’, la ‘razón general de consolación y de justificación’.”[14]

No se debe juzgar al comunismo según los principios liberales, sino sobre la base de los principios comunistas: “si éste se encuentra en situación de resolver el problema que ha sabido exponer en sus verdaderos términos, y establecer relaciones humanas entre los hombres”. Desde este promontorio, los juicios se verán en una óptica similar a la de Koestler aunque con una variante sustantiva: no ha sido el tormento ni las amenazas contra parientes queridos, pero tampoco la aceptación irracional de una norma que no tiene más justificación que la creencia. Se trata aquí de la conciencia de su posición en una relación de fuerzas políticas con consecuencias claras e inteligibles. Bujarin

“reconoce en su conducta política, por más que estuviese justificada, una ambigüedad inevitable por la cual da lugar a la condena. El revolucionario opositor, en las situaciones límites en las cuales es puesta en cuestión toda la revolución, agrupa a su alrededor a los enemigos de ésta y puede ponerla en peligro.”

El hombre político, entonces, no cabe en la lógica liberal judicial del individuo corriente. La violencia política no es, entonces, el resultado de las bajas pasiones o la inconducta moral, sino una expresión de la naturaleza misma de la acción histórica:

“Cuando se vive lo que Péguy llamaba un periodo histórico, cuando el hombre político se limita a administrar un régimen o un derecho establecido, se puede esperar una historia sin violencia. Cuando se tiene la desgracia o la suerte de vivir una época, uno de esos momentos en que el fundamento tradicional de una nación o de una sociedad se hunde y donde, de buen o mal grado, el hombre debe reconstruir por sí mismo las relaciones humanas, entonces la libertad de cada uno amenaza de muerte la de los otros y la violencia reaparece.”

En este planteo, Stalin se ha limitado a vencer políticamente a Bujarin y éste, reconociendo la capacidad de dirección del líder, se dispone a prestar su último servicio a la revolución. Aunque Merleau Ponty haya creído que esta conclusión se alejaba de la de Koestler, no lo hace tanto, incluso aun cuando este último viera en Humanismo y terror un ejemplo condensado de lo que pretendía criticar:

“El libro defiende todas las medidas del régimen soviético, incluso el pacto de Stalin y Hitler, que el autor mira como históricamente necesario, condena la política anglosajona por considerarla agresión imperialista y califica toda crítica hecha a la Unión Soviética como un acto implícito de guerra. Es casi un clásico ejemplo de la esquizofrenia dominada, propia de los sistemas cerrados, ejemplo suministrado en este caso por el más eminente representante académico de la escuela francesa marxista existencialista.”[15]

Merleau Ponty, insiste Koestler, “publicó un libro notable para demostrar que Gletkin tenía razón”. Gletkin, recordamos al lector, es el juez que condena a Rubashov, el alter ego de Bujarin en El cero y el infinito. Curiosamente, el propio Koestler cita a su favor, en relación a la forma en que Rubashov resuelve su destino en relación al juicio, un libro que, desplegando sustancialmente el mismo contenido, tuvo mucho menos éxito. En efecto, Fui un agente de Stalin, el libro de Walter Krivitski, jefe del Servicio de Espionaje Militar Soviético para Europa Occidental y primer desertor importante de la red de espías rusos, describe la “confesión” de Cristian Rakovski e Iván Smirnov de un modo idéntico al del Rubashov de Koestler o el Bujarin de Merleau Ponty:

“Tanto el inquisidor como el preso estaban de acuerdo en que todos los bolcheviques debían someter su voluntad y sus ideas a la voluntad e ideas del Partido. Estuvieron de acuerdo en que uno debía permanecer fiel al Partido y dentro de sus filas hasta la muerte y aun a costa del deshonor o de la muerte deshonrosa, si ésta era necesaria a los efectos de conservar el poder soviético.”[16]

Lo único que cambia aquí es que donde uno ve la consecuencia de una irracionalidad finalmente religiosa, el otro ve la correspondencia a una lógica distinta de la liberal. En el fondo, el combate se ha vuelto a poner en términos de liberalismo versus realismo revolucionario. O lo que es lo mismo, Kant versus Maquiavelo. La diferencia de Rakovski o Bujarin con el resto de las víctimas de los “juicios” de Stalin, (al menos los Rakovski o Bujarin que imaginan Krivitski o Merleau Ponty) es que estos saben que Maquiavelo es la verdad histórica y la lógica real de la política y que están dispuestos a ser coherentes con ello. Al reconocer esto, reconocen que Stalin (otra vez, el Stalin de Merlau Ponty), es simplemente, la política pura, la política entendida como una mecánica racional ajena a cualquier consideración ética o de cualquier otro tipo. Trotsky o Lenin, en sus críticas a Kautsky, razonan de la misma forma. No hay cuestión personal, no hay cuestión moral. El pasaje en el cual Srúbov compara el terrorismo de Kolchak con el suyo, muestra la superioridad del último, precisamente, por estar despojado de todo sadismo, de todo espíritu de venganza. El de Kolchak es propio de la descomposición de las clases propietarias; el de Srúbov, el de la sumisión a “Ella”, es decir, a la lógica de la revolución.

Una postal argentina

En el año 2004, en pleno proceso de la relectura de los años ’70 que caracterizó a la década kirchnerista, una carta desató un debate intenso acerca de la violencia revolucionaria y la responsabilidad moral. Lo inició Oscar del Barco, miembro del legendario grupo de Pasado y Presente, que en los años ’60 apoyó la instalación de la guerrilla de Massetti en el norte argentino, el EGP (Ejército Guerrillero del Pueblo). La misiva dirigida al director de la revista cordobesa La Intemperie fue motivada por la publicación, en los números 15 y 16, de una entrevista a Héctor Jouvé, miembro del EGP y partícipe de la condena a muerte y ejecución de dos miembros del grupo guerrillero, Adolfo Rotblat y Bernardo Groswald.

¿Qué decía la carta? Algo sencillo: no matarás. El texto comienza así:

“Al leer la entrevista con Héctor Jouvé, cuya transcripción ustedes publican en los últimos números de La Intemperie, sentí algo que me conmovió, como si no hubiera transcurrido el tiempo, haciéndome tomar conciencia (muy tarde, es cierto) de la gravedad trágica de lo ocurrido durante la breve experiencia del movimiento que se autodenominó “ejército guerrillero del pueblo”. Al leer cómo Jouvé relata sucinta y claramente el asesinato de Adolfo Rotblat (al que llamaban Pupi) y de Bernardo Groswald, tuve la sensación de que habían matado a mi hijo y que quien lloraba preguntando por qué, cómo y dónde lo habían matado, era yo mismo. En ese momento me di cuenta clara de que yo, por haber apoyado las actividades de ese grupo, era tan responsable como los que lo habían asesinado. Pero no se trata sólo de asumirme como responsable en general sino de asumirme como responsable de un asesinato de dos seres humanos que tienen nombre y apellido: todo ese grupo y todos los que de alguna manera lo apoyamos, ya sea desde dentro o desde fuera, somos responsables del asesinato del Pupi y de Bernardo.”[17]

Esta posición, donde la ética cuestiona la política (o, como quisiera su autor, genera otra política), hace pie en la reivindicación de la sacralidad de la vida humana, expresada en el mandamiento que, según expone Del Barco, es anterior incluso a dios, si lo hubiera. Una especie primun mobile social y un non plus ultra moral:

“Ningún justificativo nos vuelve inocentes. No hay ‘causas’ ni ‘ideales’ que sirvan para eximirnos de culpa. Se trata, por lo tanto, de asumir ese acto esencialmente irredimible, la responsabilidad inaudita de haber causado intencionalmente la muerte de un ser humano. Responsabilidad ante los seres queridos, responsabilidad ante los otros hombres, responsabilidad sin sentido y sin concepto ante lo que titubeantes podríamos llamar ‘absolutamente otro’. Más allá de todo y de todos, incluso hasta de un posible dios, hay el no matarás. Frente a una sociedad que asesina a millones de seres humanos mediante guerras, genocidios, hambrunas, enfermedades y toda clase de suplicios, en el fondo de cada uno se oye débil o imperioso el no matarás. Un mandato que no puede fundarse o explicarse, y que sin embargo está aquí, en mí y en todos, como presencia sin presencia, como fuerza sin fuerza, como ser sin ser. No un mandato que viene de afuera, desde otra parte, sino que constituye nuestra inconcebible e inaudita inmanencia.”

Fundante de lo social, este precepto es, también, a-social: Del Barco no distingue aquí a nadie. Todos somos culpables: militares defensores del capitalismo y guerrilleros por el socialismo, todos, todos no importa el grado en que hayan participado del hecho “muerte” de un ser humano, son culpables. Esa condena se extiende a los grandes revolucionarios del siglo XX: Lenin, Trotsky, Stalin, Mao, Castro, Guevara, “se convirtieron en asesinos seriales”. “La verdad y la justicia”, dice nuestro autor, “deben ser para todos”: para Videla, Menéndez, sí; para Santucho, Firmenich, también. Ese es el camino de la “salvación”.

El debate no se hizo esperar. El número siguiente trajo una larga lista de respuestas, propagándose el intercambio en otras revistas y dando lugar a una compilación en dos tomos, editada por la Universidad de Córdoba.[18] Las intervenciones cubren un arco problemático muy amplio, imposible de resumir en pocas líneas. Obviamente, son muy desparejas en tono y contenido, expresando, además, muy diferentes posiciones políticas, desde la simple reivindicación de lo actuado hasta un rechazo a la idea misma de revolución, pasando por pases de facturas varios y, sobre todo, mucha cita bibliográfica. Indudablemente, estaba detrás de esta ebullición literaria el ascenso de Néstor Kirchner y la cooptación del movimiento de DDHH, que dio paso a la emergencia del discurso “setentista”. En ese contexto, la carta resulta anti-climática, puesto que viene a poner sobre la mesa un planteo alfonsinista superado por el ambiente ideológico dominante: hay buenos (los “setentistas”) y hay malos (los “represores”). El mal contiene a todos, dirá Del Barco.

Hay, en la posición de Del Barco, algo perverso. Elige como su punto de partida un hecho muy lamentable y que coloca sus palabras en un lugar ventajoso. En efecto, implícitamente Del Barco pregunta si está bien o mal matar a compañeros simplemente porque se han quebrado, cuando en realidad, la pregunta es si está bien matar, a secas. Consciente o inconscientemente, la elección del lugar y el momento en el que se hace la pregunta no podría ser más tramposa. La misma cuestión podría haberse planteado en relación a los muertos de la Comuna de París o de la rebelión de Espartaco. Elegir este caso afecta el debate de un modo sutil, pero contundente. Nadie podrá, a partir de entonces, salir del efecto causado por las aparentemente ridículas muertes del “Pupi” y Groswald. Esa “carnalización” de la muerte en dos jóvenes concretos, idealistas, que alguna vez pensaron en cambiar el mundo y terminaron muertos por quienes compartían esos ideales, no abandona la escena del debate jamás.

No obstante, como se verá después, el tema no está ausente de La Astilla. El propio Srúbov ha visto a su propio padre ajusticiado por sus camaradas y no deja de preguntarse por ello. Si se quiere, es la forma más extrema de plantear el problema, aunque cuando se dice que “un hombre es todos los hombres”, esta cuestión particular de las características de la víctima carece de sentido.

Es difícil decir algo distinto y original habiéndose escrito tanto ya sobre el asunto. Simplemente digamos que aquí aparece, otra vez, la confrontación entre dos lógicas, la liberal, kantiana (el individuo es la última razón de ser del universo), frente a la social, marxista (el individuo es nada frente a lo social). Hay algo en la carta, sin embargo, que me resulta útil rescatar, porque, sin buscar un término medio, las enlaza a ambas:

“El principio que funda toda comunidad es el no matarás. No matarás al hombre porque todo hombre es sagrado y cada hombre es todos los hombres. (…) Sé, por otra parte, que el principio de no matar, así como el de amar al prójimo, son principios imposibles. Sé que la historia es en gran parte historia de dolor y muerte. Pero también sé que sostener ese principio imposible es lo único posible. Sin él no podría existir la sociedad humana. Asumir lo imposible como posible es sostener lo absoluto de cada hombre, desde el primero al último.”

Aquí, creo, se encuentra el nudo de La astilla. Debemos, por supuesto, asumir un contexto limitado para estas afirmaciones. Está claro que el “no matarás” funda la comunidad humana, al menos en un sentido general. También está claro que los “principios imposibles” lo son en una sociedad dominada por una violencia constitutiva, la sociedad de clases. Tomado en este marco, el final de la frase resume el problema del que trata la obra que el lector ha de leer en breve: la ética del revolucionario como la afirmación de un principio imposible como lo único posible para dar paso a una sociedad verdaderamente humana. De las consecuencias que sobre el individuo social acarrea la afirmación a rajatabla de ese principio. Srúbov es el individuo que corporiza esa exigencia: los otros chekistas no tienen problemas de conciencia. No piensan nunca en el límite y en la magnitud. En el límite: ¿hasta qué punto puedo ser yo, piensa Srúbov, el intérprete fiel de una necesidad histórica y hasta cuál no me transformo en un simple asesino? La magnitud: por más que quiero pensarlo como otra cosa, como la cabeza de un alfiler, esto que tengo aquí delante mío es un ser humano, igual que yo, cuyo destino está separado del mío por apenas un centímetro en una hoja de papel. Esta conciencia trágica es el origen de su locura y esta su limitación como chekista, aunque tal vez no como revolucionario: Zazubrin fue criticado por mostrar la debilidad del comisario bolchevique, una imagen que fue cultivada cuidadosamente por el partido. Pero lo que es bueno para el chekista tal vez no lo sea para el político. Haciendo abstracción de los intereses, finalmente, Stalin es un chekista al comando de la revolución.

Cerrando el álbum

Estas postales son solo eso. No una reflexión de conjunto sobre el problema de la violencia en la revolución, que en sí mismo exige una dedicación harto más intensa que la que ofrecemos aquí, sino la fijación de los términos histórico-ético-filosóficos en los que se mueve la problemática planteada por Zazubrin. Trotsky y Kautsky se mueven en el terreno inmediato a los hechos. La revolución está en marcha, la violencia se ejerce desde ambos bandos, es matar o morir. Merleau Ponty y Koestler en un estadio diferente: un Estado que decreta la muerte por necesidad histórica, en el mejor de los casos; una dictadura individual que se afirma a través del manejo de los cuerpos como cosas, en el peor. Como sea, aquí no hay dos bandos en igualdad de condiciones. Del Barco y sus objetores se encuentran en una situación distinta. Otra vez hay dos bandos, pero el ejercicio de la violencia se muestra como más irracional al producirse en el interior de uno de ellos. Se produce, además, de un modo casi trivial, ridículo si se lo mira desde la altura de la norma que se impone: si Stalin podía alegar la necesidad histórica que imponía una guerra mundial en ciernes, el grupo de Massetti flota en una atmósfera de delirio político.

Las tres postales ofrecen el mismo resultado: la tensión entre el foco sobre el individuo y su “sacralidad”, versus la primacía de la totalidad histórica. Y se decantan por un lado o por el otro. Les resulta imposible convivir con esa tensión, tal como ella es. El tono práctico con el que Trotsky o Lenin resuelven el problema (o ellos o nosotros), no muy diferente del modo en que lo enfocará luego Merleau Ponty, reduciendo el drama de Bujarin a una batalla política en la que también son “ellos”, un ellos mediado por el cuerpo del acusado, o “nosotros”, un nosotros cuyo contenido no es ahora tan fácil de identificar, se afirma tímidamente en el debate Del Barco, pero está. Esta decantación pareciera querer sumergir el peso de los hechos y la presencia de la muerte en las aguas del olvido. Aquello que no se puede soportar, mejor olvidar. La línea que va de Kautsky a Del Barco, pasando por Koestler, prefiere concentrarse en el árbol que obtura la visión del bosque. Cae así en incontables contradicciones y no menores traiciones a la verdad histórica y a la realidad social.

La astilla, por el contrario, asume el problema por las dos puntas y se niega a decantarse por una de ellas, defendiendo, sin embargo, dialécticamente, uno de los términos. No es un término medio, es un término que conserva al otro para resolverse en una síntesis inacabada. La historia le ha dado la razón al chekista, al menos en su eficacia; resta ver si el político revolucionario puede imponerse a esa eficiencia propia de la política pura. En todo caso, siempre será un terreno pantanoso: si la solución Del Barco/Kautsky/Koestler arroja al niño con el agua sucia, la de Trotsky/Merlau Ponty/Massetti puede contribuir a crear aquello que precisamente se combate. Entre la locura y la revolución, el camino que elige Srúbov es el único posible.

3. Una reivindicación sorprendente y errónea

(o sorprendentemente errónea)

Entre las pocas cosas que se han escrito sobre Zazubrin en general y sobre La astilla en particular, hay una reivindicación actual muy sorprendente: el texto sería una anticipación al mismo tiempo que una denuncia del terror stalinista. En efecto, quien mejor expresa esta posición es Joanna Szypowska, la editora de la Trilogía de Siberia (que incluye La astilla):

“Al terminar la lectura de La trilogía siberiana de Vladimir Zazubrin resulta extraño que haya aún críticos que se preguntan en serio: ¿estaba su autor en contra o a favor de los rojos? Aunque pensándolo bien, la pregunta tiene su razón de ser. Zazubrin creía que estaba a favor; sin embargo, todo lo que escribía resultaba enormemente crítico.”[19]

Según la editora, el “humanismo” de Zazubrin le impedía acordar con su personaje, o mejor dicho, acordaba con el reproche que su padre, el de Srúbov, le hace al plantearle que no puede construirse una sociedad sin violencia a partir de la violencia: “La humanidad futura no aceptará el bienestar surgido de la sangre.” Así,

La astilla, novela que habla del terror rojo, nos presenta el destino del chequista muy distinto del de Zudin, el protagonista de la novela de Tarasov-Rodionov, Chocolate. A Zudin no le afecta fusilar a cientos de rehenes, enemigos de clase para vengar el asesinato de uno de los suyos. Acepta sin rechistar que él mismo deba ser fusilado con tal que su sacrificio contribuya a la victoria de la Revolución. El caso de Srúbov, el protagonista de La astilla, es muy diferente. Como sucedió con muchos otros verdugos de la Revolución, Srúbov no aguantó y se volvió loco.”

Obviamente, esta lectura de la ficción es el correlato de una lectura de la realidad: “toda la disciplina del Ejército Rojo se basaba solo en los fusilamientos; no había lugar para la justicia, lo único que importaba era el resultado”. Con esta perspectiva, no es extraño que Zazubrin sea presentado como exactamente lo contrario de lo que fue: un revolucionario defensor de la revolución tal como es. Volveremos más abajo sobre este punto.

Esta inversión incomprensible del sentido de la literatura zazubriniana, es la que predomina en la actualidad, empujada por la ola de crítica derechista a la Revolución de Octubre. No resulta casual que, a poco de caído el Muro de Berlín y en medio del desplome de la URSS, La astilla, bajo el nombre de El chequista (Chekist), se proyecte cinematográficamente. En efecto, es en 1992 cuando la versión de Aleksandr Rogozhkin llega al cine, para decirnos, simplemente, que todo aquello fue, en realidad, una gran masacre organizada, sin sentido alguno, cuya consecuencia no puede ser sino la locura. La Reppublica, por su parte, comentando la edición italiana de La scheggia, señala que la novela se inscribe en la denuncia de la “mostruosità del progetto leninista di annientare l’ uomo vecchio nel nome della costruzione di un mitico uomo nuovo”. Así, Zazubrin/Srúbov demuestran que, finalmente, “l’uomo di marmo ha un cuore”, es decir, que el “progetto” debía fracasar simplemente porque era contrario a la naturaleza humana.[20] Indudablemente, hay aquí mucho de lo que Zamyatin va a desarrollar en Nosotros y que ha pasado a la iconografía soviética como ideal del bolchevique frío, racional y riguroso, cuya estampa más notable tal vez se encuentre en el Trotsky transfigurado en personaje de Doctor Zhivago. Y que, sin dudas, pasará a formar parte de la cultura americana de la Guerra Fría como representación del mal, sea éste el alemán impiadoso que se enfrenta al Sargento Saunders de Combate, o el extraterrestre carente de toda individualidad y que se mueve en función de un proyecto colectivo para el cual el individuo es nada, como en La invasión de los usurpadores de cuerpos, de Jack Finney, que tendrá larga fortuna en el cine. Un desconocido comentarista de la película de Rogozhkin señala que en “El Chekista, Alexander Rogoshkin presenta el que posiblemente es el retrato más sombrío, impresionante y duro del fanatismo criminal de los ideales comunistas hecho por el cine ruso.” Otro comentarista, ahora en Rebelión, sitio donde se supone la revolución debiera encontrar defensores, anota, comentando la edición de la Trilogía, que

“Zazubrin se complace en colocar contra las cuerdas a los personajes destacados de la vida soviética, y vemos que sobran argumentos para zamarrearlos y hacerlos caer. El mensaje era vital porque ponía de manifiesto que Ella llevaba crueldad y torpeza en su seno que al final podían comprometerlo todo.”

Y la única crítica que hace a una edición evidentemente anticomunista es la transcripción de los nombres rusos, que no se adapta a “las normas habituales”.[21] Es evidente que incluso un crítico afín encuentra dificultades de lectura de una obra que dice exactamente lo opuesto. No resulta difícil de comprender que Zazubrin debe ser rescatado de sus “rescatadores”. Es decir, que hay que reconstituir el sentido de su intervención literaria.

4. ¿Quién es Zazubrin y qué es La astilla?

Es necesario, a fin de entender la novela y a su autor, recordar algunas cosas básicas. Por empezar, que Zazubrin es un revolucionario que ha comprometido su vida repetidas veces por la causa y que le ha tocado militar en un lugar particularmente convulsivo, como Siberia. Allí las cosas se han visto siempre de una manera más marcial que en otras partes, donde la revolución sufrió menos el ataque contra-revolucionario. Es en esta Siberia, que ocupa un espacio simbólico especial en la vida rusa[22], donde la confrontación es más sangrienta. Describiendo la trama de otro de los relatos que componen la Trilogía siberiana, su editora señala, haciendo referencia al “bandidismo rojo”, La verdad pálida, que

“Es justamente en este momento histórico [la introducción de la NEP] cuando transcurre la acción de La verdad pálida. A partir de la primavera de 1921 el bandidismo rojo fue alimentándose de una nueva corriente de descontento que tenía una base económica aún más profunda. Los bandidos rojos provenían de la capa social más pobre del campo. Hasta la introducción de la NEP este grupo estaba siendo mantenido por el Estado, que distribuía entre ellos los excesos de los alimentos que quedaban de la razviorska [la requisa compulsiva propia del comunismo de guerra]. A cambio, estos mismos hombres constituían el apoyo del poder soviético en el campo. Así en el verano de 1921 los actos de fuerza y los asesinatos obra de los bandidos rojos tomaron un carácter masivo. En estas circunstancias el juicio y condena de Averianov [el protagonista de La verdad pálida, un funcionario honesto engañado por unos sinvergüenzas] se ven desde un prisma diferente. Por un lado, son imprescindibles para aplacar el descontento de las masas del campesinado pobre, base del sistema; por otro, el mismo odio hacia el ‘sangriento (y rojo) tigre’ es también muestra de la incomprensión hacia la política de la NEP. Incomprensión que en el relato de Zazubrin no se limita a la masa inculta. Todo el alegato del novelista Zuyev, que actúa como acusador público en el juicio, es una ferviente crítica de la NEP.”[23]

Szypowska, una vez más, no saca las consecuencias de lo que expone: Zazubrin no solo ha participado de la revolución en uno de los lugares donde ella se bate con más saña, sino que defiende el período en el cual ese enfrentamiento se hizo del modo más frontal, el comunismo de guerra. Es decir, el período durante el cual la Cheka actuó con mayor intensidad. No hace falta demasiado para ver que si Zazubrin no era trotskista, andaba por allí. Un trotskista que no se arrepiente de esos métodos ni acepta la nueva realidad impuesta por la NEP. Se entiende ahora que intentara publicar La astilla en Krasnaia Nov, la revista “trotskista” dirigida por Voronski, y que la orientación que le imprime a Los fuegos de Siberia, aquella que dirige junto con Valerián Pravdujin, sea notablemente “voronskiana”. Se entiende también su amistad con Gorki y el patronazgo que éste ejerce con él, se entiende que haya entrado al servicio del stalinismo durante la Revolución cultural y que haya caído en los Juicios de Moscú, junto con todos los opositores al liderazgo stalinista. Su trayectoria no es diferente a la de un Rakovsky, por ejemplo.

¿Qué es La astilla, entonces? Una apología de la Cheka que entraña una profunda admiración por su protagonista. En modo alguno es una “distopía”, como quiere una analista superficial, que mezcla y confunde obras tan disímiles como Ciudad conquistada, de Víctor Serge, Chocolate, de Rodionov o La astilla.[24] Si la primera puede caer en dicha categoría, las dos últimas con toda seguridad, no. No se trata, en la novela de Zazubrin, de la descripción de un mundo dominado por el terror o por un orden execrable, como en Nosotros. El terror que describe Zazubrin no es por el resultado de la acción, sino por la necesidad de esa acción misma. Bien leída, La astilla no acusa a los fusiladores sino a los fusilados. La locura que domina finalmente a Srúbov es la consecuencia de lo que debe hacer por culpa de quienes no aceptan la revolución. Zazubrin está diciendo: esto no sería necesario si los dominadores pudieran deponer voluntariamente sus armas apenas escucharan el llamado de la razón. No abdica de la revolución, todo lo contrario, se somete a ella, que es una fuerza superior a los individuos. Y esa potencia que todo lo arrastra, no solo genera destrucción entre sus enemigos, sino entre sus propios defensores. Como Saturno, devora a sus propios hijos. Precisamente, por eso, Srúbov es un héroe trágico en el sentido griego: va conscientemente al encuentro de su destino aunque eso le cueste su propia existencia. Para ello era necesario que ese estilo, corto, duro, sin muchos miramientos, un realismo acerado e impertinente, expusiera su tema con toda crueldad. Un libro de páginas pesadas, de calor intenso, verdaderamente incómodo de leer.

Podemos entender, entonces, por qué fue censurado a pesar de que quienes podían juzgarlo con conocimiento de causa lo aprobaban. En efecto, Zazubrin fue censurado por sus compañeros: ya sea porque se prefería no enfrentar la verdad (los revolucionarios no dudan ni tienen problemas de conciencia, tal parece la opinión de cuadros menores o encargados de la censura con la que, como verá el lector, intenta lidiar el prologuista frustrado de una edición que no fue, Valerián Pravdujin) o porque no convenía que se reconociera que se hacían cosas cuya necesidad el común de la gente no entendería (sentido en el que se supone se expresó Dzerzinsky, el jefe fundador de la Cheka), era mejor que la novela no viera la luz del día. Demasiado o demasiado poco bolchevique, según se la viera, La astilla debió esperar siete décadas, solo para volver a ser censurada. Por un lado, quienes hoy lo presentan como lo contrario de lo que es. Los liberales de buenas conciencias, aquellos a los que fustigaba Merleau Ponty, los que no pueden hacerse cargo de sus propias mentiras y prefieren un mundo imaginario que los beneficia, mientras el mundo real es un infierno para las grandes masas. Para estos, la censura es sencilla: basta dejar hablar al libro fuera de su contexto, un marco poco conocido y virtualmente inaccesible salvo para los especialistas. Por otro, los intelectuales que se pretenden revolucionarios pero no se animan a reconocer las necesidades de la vida histórica. Aquellos que transformaron a Trotsky, por ejemplo, o a Guevara, otro ejemplo, en santos de estampita. Esta alianza liberal/trostko/guevarista, ejerce una censura, si se quiere, peor que la que recibió Zazubrin en vida.

Para unos y para otros, lo que resulta difícil no censurar es el hecho que elige Zazubrin como objeto de arte y que La astilla retrata de modo inigualable: la Revolución. En última instancia, detrás de los dilemas de la violencia en la transformación social o de las paradojas de su relación con el individuo, aquello que Zazubrin elige no es ni más ni menos que la Revolución, pero no como nos gustaría que fuera, no como debiera ser, no como podría ser, sino como lo que es. Que los filisteos digan ahora lo que quieran. No importa. Se trata de mirar a la cara a la Revolución, tal como es.


En sentido estricto, quien quiera ahondar en Zazubrin y su obra tiene muy poco para ver, al margen de lo ya citado en el cuerpo de nuestro prólogo. Para quien quiera profundizar en el contexto de la política cultural bolchevique en relación al proceso revolucionario y a las luchas internas, véase nuestra introducción a Literatura y revolución, de Trotsky:

López Rodriguez, Rosana y Sartelli, Eduardo: “Un largo y sinuoso surco rojo. Trotsky, la literatura y la revolución”, en Trotsky, León: Literatura y revolución, Ediciones ryr, Buenos Aires, 2015.

Al final de dicha introducción encontrará una extensa bibliografía sobre literatura y arte rusos del período revolucionario.

La represión a los intelectuales en la URSS ha dado lugar a toda una biblioteca. Acá remitimos, además del ya citado libro de Vitali Shentalinski, los dos siguientes del mismo autor:

Denuncia contra Sócrates, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2006.

De los archivos literarios del KGB, Anaya&Mario Muchnik, Barcelona, 1994.

Una perspectiva simpática a la revolución, pero no menos crítica, por parte de quien fue el campeón de la lucha contra los juicios de Moscú, es

Serge, Victor: Memorias de mundos desaparecidos, Siglo XXI, México, 2002.

Obviamente, sobre la toma del poder y la situación que llevó allí a los bolcheviques, nada mejor que

Trotsky, León: Historia de la Revolución Rusa, Ediciones ryr, Buenos Aires, 2007.

y, otra vez,

Serge, Victor: El año I de la revolución, Ediciones ryr, Buenos Aires, 2011.

Siempre es importante contar con una perspectiva muy diferente a la que uno sostiene. Ello permite balancear mejor las propias ideas. Para ello,

Figes, Orlando: La Revolución rusa, Edhasa, Barcelona, 2000.

Sobre los procesos de Moscú y otros procesos en el mundo comunista:

Kriegel, Annie: Los grandes procesos en los sistemas comunistas, Alianza, Madrid, 1973.

Serge, Victor: El caso Tuláyev, Ediciones del Equilibrista, México, 1993.

La violencia revolucionaria en relación al comunismo y la historia del movimiento socialista:

Badiou, Alain: La filosofía frente al comunismo, Siglo XXI, Buenos Aires, 2016.

Badiou, Alain: El siglo, Manantial, Buenos Aires, 2005.

Lefort, Claude: La complicación, Prometeo, Buenos Aires, 2013.

Zizek, Slavoj: En defensa de causas perdidas, Akal, Madrid, 2011.

Zizek, Slavoj: Sobre la violencia, Paidós, Buenos Aires, 2009.

Para una comparación entre las revoluciones rusa y francesa acerca del terror y la violencia,

Mayer, Arno: Las Furias: violencia y terror en las revoluciones francesa y rusa, Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 2014.

El fenómeno revolucionario puede ser pensado desde otros puntos de vista, más cercanos a la perspectiva liberal, que los marxistas suelen desdeñar pero que resulta un excelente ejercicio leer. Véase:

Arendt, Hannah: Sobre la revolución, Alianza, Madrid, 2004.

Merleau-Ponty ha dado lugar a una profusa literatura en Argentina. Recomendamos:

De Souza Chauí, Marilena: Merleau-Ponty. La experiencia del pensamiento, Colihue, Buenos Aires, 1999.

Eiff, Leonardo: Merleau Ponty, filósofo de lo político, UNGS, Buenos Aires, 2014.

Sobre el debate en torno a sus posiciones políticas y su propia autocrítica:

Aron, Raymond: Marxism and the Existentialists, Clarion Book, New York, 1970.

Lefort, Claude: Merleau-Ponty y lo político, Prometeo, Buenos Aires, 2012.

Merleau-Ponty, Maurice: Las aventuras de la dialéctica, Leviatán, Buenos Aires, 1957.

Sartre, Jean Paul: Problemas del marxismo, Losada, Buenos Aires, 1965.

Acerca de la relación entre violencia y revolución en Argentina, desde una perspectiva que no comparto pero que ayuda a comprender ciertas formas de pensar el problema,

Vezzetti, Hugo: Sobre la violencia revolucionaria, Siglo XXI, Buenos Aires, 2009.

Sobre el EGP,

Rot, Gabriel: Los orígenes perdidos de la guerrilla en la Argentina, El cielo por asalto, Buenos Aires, 2000.

Un texto situado en la época, de uno de los participantes del debate Del Barco es

Rozitchner, León: Moral burguesa y revolución, Ediciones Procyón, Buenos Aires, 1963.


[1]Todo lo que sigue ha sido tomado del “Prólogo” de Joanna Szypowska para la edición de Zazubrin, Vladimir: Trilogía siberiana, Círculo d’Escritores Olvidados, Madrid, 2015, del prólogo a la edición italiana de Vitale, Serena: “Un racconto-fantasma”, en Zazubrin, Vladimir: La Scheggia, Adelphi, Milano, 1990 y de Shentalinski, Vitali: Crimen sin castigo. Últimos descubrimientos en los archivos literarios del KGB, Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2007.

[2]Citado en Szypowska, op. cit., p. 26.

[3]Véase nuestro prólogo a Literatura y Revolución, de León Trotsky citado en la bibliografía al final de esta introducción.

[4]Kautsky, Carlos: Terrorismo y comunismo, Biblioteca Nueva, Madrid, s/f, p. 7.

[5]No es este el lugar para establecer justicia o injusticia en relación a estas ideas de Kautsky. Dejemos asentado, al pasar, que aquellos que recuerdan al Marx liberal previo a 1848, que se oponía a la censura oficial, se suelen olvidar de aquel que, ante la caída de Viena, señalaba: “Las matanzas ineficaces hechas desde junio a octubre, los cruentos sacrificios de febrero y marzo, el canibalismo de la revolución, convencerá a los pueblos de que sólo hay un medio de acortar, simplificar y concentrar la agonía homicida de la antigua sociedad y el nacimiento sangriento de la nueva sociedad; no hay más que un medio: el terrorismo revolucionario.” Citado por Kautsky, op. cit., p. 66.

[6]Marx, Carlos y Federico Engels: Correspondencia, Cartago, Bs. As., 1987, p. 253-254.

[7]Kautsky, op. cit., p. 113.

[8]Trotsky, León: Terrorismo y comunismo, Akal, Madrid, 2009, p. 171.

[9]Véase nuestra edición de Literatura y revolución, citado en la bibliografía final.

[10]Trotsky, Terrorismo…, op. cit., p. 152.

[11]Stonor Saunders, Frances: La CIA y la guerra fría cultural, Debate, Madrid, 2001, p. 93. El IRD era el Departamento de Investigación de la Información, creado en 1948 por el gobierno británico de Attlee para atacar al comunismo, como sección del Foreign Office.

[12]Koestler, Arthur: La escritura invisible (Autobiografía, vol. 2), Debate, Madrid, 2000, p. 434.

[13]Sobre el debate que el libro generó en Francia y las respuestas comunistas, véase Caute, David: El comunismo y los intelectuales franceses (1914-1966), Oikos-Tau, Barcelona, 1969, capítulo III.

[14]Merleau Ponty, Maurice: Humanismo y terror, La pleyade, Buenos Aires, 1968, p. 7. No viene aquí al caso, pero este notable libro será el receptáculo de ideas que su autor abandonará poco después. Véase su Las aventuras de la dialéctica, Ediciones Leviatán, Bs. As., 1957.

[15]Koestler, op. cit., p. 447, cita a pie de página.

[16]Ibid., p. 442.

[17]El texto de la carta se descarga fácilmente de internet en www.fmmeducacion.com.ar.

[18]Entre los participantes, se enumeran Carlos Keshishián, Alberto Parisí, Luis E. Rodeiro, Ricardo Panzetta, Daniel Avalos, Hernán Tejerina, Diego Tatián, Christian Ferrer, Héctor Schmucler, Jorge Jinkis, Juan Bautista Ritvo, Eduardo Grüner, Pablo Castro, Roque Farrán, Juan Pablo Lafosse, Sebastián Hernaiz, Elsa Kalish, Emanuel Rodríguez, Eleuterio Fernandez Huidobro, Nicolás Casullo, José Amorín, Oscar Terán, Tomás Abraham, León Rozitchner, Horacio Tarcus, y un largo etcétera. La compilación mencionada es No matar: sobre la responsabilidad, Universidad de Córdoba-El Cíclope, Córdoba, 2007.

[19]Szypowska, Joanna: “Epílogo”, en Zazubrin, Vladimir: Trilogía siberiana, Círculo d’Escritores Olvidados, Madrid, 2015, p. 223.

[20]En el mismo sentido, se expresa Serena Vitale en el epílogo a la edición italiana ya citada.

[21]Aller, Jesús: “Reseña de Trilogía siberiana de Vladimir Zazubrin”, en Rebelion.org.

[22]Sobre Siberia como espacio simbólico, véase Sartelli, Eduardo: “Una estrella errante. Aleksandr Bogdánov, la ficción, la ciencia y la revolución”, en Bogdánov, Aleksandr: Estrella roja, Ediciones ryr, Buenos Aires, 2017.

[23]Szypowska, op. cit.

[24]Véase Gottlieb, Erika: Dystopian Fiction East and West. Universe of Terror and Trial, McGill-Queen’s University Press, Quebec, 2001, cap. 6.

Publicado en Krasnaia Nov.

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