Justicia no, socialismo


Trelew, entre los derechos humanos y la política revolucionaria

Mi participación en el libro Trelew. El informe. Arte, ciencia y lucha de clases: 1972 y después, de Ediciones ryr, publicado junto con Stella Grenat y Rosana López Rodriguez. Allí examinamos la Masacre de Trelew e incluimos el Informe sobre Trelew, editado por la COFFAPEG (Comisión de Familiares Presos Políticos, Estudiantiles y Gremiales), y un conjunto de intelectuales, artistas y poetas vinculados al Frente de Trabajadores de la cultura y al grupo de poesía Barrilete. Este homenaje, hoy casi inhallable, incluye textos y dibujos de Roberto Santoro, Ricardo Carpani, Vicente Zito Lema, Humberto Costantini, Haroldo Conti y Silvio Frondizi, entre otros. En mi artículo me concentro en discutir la política de derechos humanos y la demanda de «justicia».

“Las ideas dominantes de una época son las ideas de la clase dominante”

Carlos Marx

¿Por qué Trelew?

Durante todo el año 2007 una serie de homenajes, recordatorios y llamados a la “memoria” tuvieron como objeto privilegiado la masacre de Trelew, de la que se cumplían treinta y cinco años. No fueron pocos aquellos que, como la película estrenada en el 2004, se sumaron a las exigencias de “justicia” para las “víctimas” y castigo para los “culpables”. Fue por esa época que el equipo editorial de Razón y Revolución comenzó a trabajar con un proyecto imaginado años antes en torno al grupo de poesía nucleado en la revista Barrilete. Como queda dicho en el prólogo, los resultados fueron una serie de artículos para El Aromo, además de un trabajo más extenso publicado por el Anuario del CEICS y, centralmente, la edición de la obra poética completa de su alma mater, Roberto Santoro. En el camino, acumulamos materiales de todo tipo, entre ellos el Informe sobre Trelew. Hubiera sido fácil publicarlo entonces sin mayores aditamentos, aprovechando el clima. No quisimos. Queríamos primero avanzar en el conocimiento del grupo que lo había producido y ofrecerlo al lector, cuando se pudiera enmarcarlo correctamente. A poco de pensar esta edición nos resultó evidente que el cumplimiento de esa voluntad no se podía limitar a ese conocimiento elemental. Que había que desarrollar la descripción del hecho mismo y, por lo tanto, el cuadro más amplio del proceso social del que formó parte. Sólo así el texto recuperaría todo su brillo. Esa es la razón de la estructura tripartita de este estudio introductorio.

El clima imperante, entonces, respondía a la pregunta de este acápite de manera sencilla: hubo allí un crimen, hay que repararlo haciendo “justicia”. Continuaba lo que en su momento dio en llamarse la “narrativa humanitaria” y que examinaremos más abajo: los revolucionarios son “víctimas inocentes” que merecen el respeto de sus “derechos humanos”.[1] La consecuencia lógica de esta perspectiva es eliminar la lucha de clases en la que se enmarca el hecho y el lugar, material y simbólico, que en ella ocupó. Había, entonces, que dar una “batalla” por Trelew.

¿De qué proceso forma parte el hecho?

Hacia fines de los años ’60 el mundo entra en una crisis económica de largo plazo, provocada por la caída de la tasa de ganancia, luego del largo boom de la posguerra[2]. Esa crisis va a potenciar la que el imperialismo viene arrastrando a raíz de las luchas anticoloniales, la revolución cubana, el estancamiento en Vietnam y la crisis interna en los Estados Unidos y Europa. En la Argentina se va a superponer con una tendencia local tan o más poderosa, que busca la supervivencia del capitalismo local sobre la base de renovadas tasas de explotación. Es así que ya a antes de la caída de Perón, pero acelerándose luego, observamos una tendencia a la descomposición de las relaciones sociales y, por ende, a la crisis social y política. Crisis que ataca a todas las clases y las fuerza a entrar en la lucha buscando una nueva relación de fuerzas. No es casual que todo el mundo hable, en la época, de “revolución”. Esa larga crisis que se va incubando y que se expresa, entre otras cosas, en el fracaso de la democracia burguesa para constituirse en un régimen estable de dominación, va convocando a todas las fracciones sociales al combate. Un combate que alcanza un punto cualitativamente distinto en el año 1969, en el que las fracciones más poderosas de la burguesía se encuentran aisladas de las grandes masas. Ya no sólo se trata de la proscripción de la clase obrera a través de la proscripción del peronismo, sino también de amplias capas burguesas y pequeño-burguesas.[3]

Efectivamente, el marco general del cual el hecho forma parte es el proceso revolucionario que se inicia con el Cordobazo, en 1969, y se cierra con el golpe del 24 de marzo de 1976. Ese proceso puede dividirse en varias etapas. La primera va desde el Cordobazo hasta la caída de Cámpora y se distingue por el carácter ofensivo de las acciones populares (clase obrera y pequeña burguesía); la segunda, de la asunción de Perón hasta su muerte, definida por una relativa parálisis de las masas ante la acción del bonapartismo; la tercera, desde la muerte de Perón hasta el golpe, destacada por una renovada iniciativa de la clase obrera.

Examinando cada período, vemos que cambia la composición social del sujeto predominante en las acciones. Si en la primera etapa el protagonista era el “pueblo” y el eje era la lucha contra la dictadura militar, tras la desmovilización relativa de la clase obrera durante el primer año de Perón en el poder, la tercera observa la desmovilización de la pequeña burguesía (su pasaje a masa pasiva bajo la dirección de la burguesía más concentrada, cada vez más alineada con el personal político que dará el golpe) y una resurrección de la insurgencia obrera, cuyo punto más alto es la huelga general de junio-julio de 1975.

En la primera etapa, la clase obrera marchará junto con otras fracciones sociales, aunque haya en su interior una línea estratégica que se plantea mucho más que el retorno del líder peronista. Sitrac-Sitram, el segundo Rosariazo y el Vivorazo, son puntos cruciales de este momento en el cual algunas fracciones de la clase obrera, en especial en Santa Fe y Córdoba, y en particular, en el mundo metalúrgico-automotriz, construyeron una fuerza social revolucionaria. La ofensiva burguesa arrinconará a estas fracciones y, sobre todo en la segunda etapa, promoverá su desarme progresivo. La caída de Sitrac-Sitram, del Smata Córdoba, el “Navarrazo” y el Operativo Serpiente Roja del Paraná, entre otras operaciones represivas, surten su efecto. A fines del año ’74 y comienzos del ’75 estas fracciones han sido controladas, mientras surge el activismo en otras zonas, en particular en el Conurbano bonaerense, lugar de nacimiento de las célebres Coordinadoras. A ellas se las bautizará como “guerrilla fabril” por desarrollar un elevadísimo grado de activismo y tener eje en las comisiones internas dominadas por agrupaciones de izquierda. Esta renovación de las fracciones obreras que lideran la lucha no debe ocultar, sin embargo, que la clase obrera está aislada de las otras fracciones y capas del pueblo, y que buena parte de su propia vanguardia ha sido, si no derrotada, al menos puesta bajo control.[4]

La estrategia de la burguesía, que consiste en destruir la fuerza revolucionaria en desarrollo, tiene dos vías de realización privilegiada. En primer lugar, se trata de romper la unidad del pueblo conseguida en su lucha contra la dictadura, separando a las fracciones burguesas que simpatizaban con las acciones de la fuerza revolucionaria en tanto ésta se confunde en la corriente anti-dictatorial. Para operar dicha separación y, como consecuencia lógica inmediata, sumar a dichas fracciones como soporte del Estado debilitado por la política de la Revolución Argentina, era necesario promover un cambio en la conducción del mismo. De acuerdo a cuál fuera el personal político que se hiciera cargo de la nueva etapa, tal maniobra debía bastar también para incorporar al Estado a las fracciones menos movilizadas de la clase obrera. Suena entonces la hora de la democracia; es también, la hora del peronismo. Este dispositivo democrático tiene, por lo tanto, la función de aislamiento y, en consecuencia, de desmoralización.

La segunda vía consistía en el inicio de una ofensiva militar contra el conjunto de dicha fuerza, a fin de derrotarla materialmente. Asume una forma pública (represión de las movilizaciones populares por la intervención de tropas, etc.) pero también clandestina, como consecuencia lógica de la retirada emprendida por las fuerzas militares. Era, además, la expresión del aprendizaje que la burguesía mundial ha realizado de las experiencias insurreccionales y guerrilleras (Vietnam, Argelia, etc.). La historia de los “desaparecidos” comienza a tejerse en este momento (aunque suele mencionarse como primer caso a Felipe Vallese): los casos Martins y Zenteno se suman a los militantes de FAL Baldú y Dellanave, los Verd, etc. Este ardittismo incipiente comenzará a desarrollarse a mayor escala cuando a agrupaciones como MANO se sumen otras mejor afincadas en el aparato del Estado, como el Comando Libertadores de América y la Triple A. Como todo ardittismo de un proceso exitoso de reconstrucción estatal, terminará resumiendo en el propio aparato del Estado, en los grupos de tareas del Proceso militar.[5]

La suerte de la primera vía, puesta en marcha con el Gran Acuerdo Nacional (GAN), resulta paradójica: en su despliegue se fagocitará a su creador, Lanusse, y a su principal beneficiario, Perón. El primero no logrará ni siquiera organizar una salida decente del gobierno ni condicionar a Perón. El segundo gana las elecciones sólo para descubrir que el problema en que se ha metido es poco menos que insoluble. La realización del golpe hará creer en el fracaso de la democracia burguesa, pero en realidad constituyó una pieza esencial que cumplió sus objetivos con total eficacia: separó a las fracciones liberales de la burguesía y sobre todo de la pequeña burguesía de las fuerzas revolucionarias, reafirmó la conciencia reformista en el seno de las masas menos movilizadas y dividió a la dirección de dicha fuerza. Montoneros se plegará al gobierno de Perón hasta que resulte ya demasiado obvio que había en marcha un proceso de aniquilamiento dirigido desde la propia Casa Rosada y que no había forma de evitar un enfrentamiento directo con su principal inquilino. El PRT seguirá combatiendo, pero al costo de alienarse aún más la voluntad de las fracciones menos movilizadas de la clase obrera y la pequeña burguesía, aunque sobre el final habrá ganado autoridad moral sobre el conjunto de la vanguardia. Incluso sufrirá divisiones provocadas por su actitud en la etapa “democrática: el ERP 22 de agosto se separará por su apoyo crítico al camporismo.[6]

La segunda vía no será menos efectiva. Los “desaparecidos” y asesinados (entendidos éstos como aquellos cuyos cuerpos fueron recuperados) alcanzarán varios miles de casos antes de la llegada de Videla. Dirigentes sindicales, políticos, cuadros militares, serán objeto de la política de aniquilamiento que irá destruyendo molecularmente los puentes que las organizaciones revolucionarias han ido tejiendo con las fracciones más dinámicas de la clase obrera y la pequeña burguesía. Esa tarea dejará, además de bajas materiales cuantiosas, una magnitud mayor de bajas morales.[7]

La primera vía llegará a su mayor triunfo con su propio agotamiento, es decir, con el golpe. En el camino permitió a la fuerza de la contra-revolución, que expresaba a la burguesía nacional y extranjera más concentrada, acumular fuerzas, trazar alianzas, transformarse en dirigente y seleccionar el personal político adecuado para reoganizar el conjunto de la sociedad a su imagen y semejanza. El Proceso vendría a cumplir esta segunda parte de la tarea, que permitiría no sólo la liquidación de la fuerza revolucionaria sino el desarme de todas las demás fracciones burguesas y de las fracciones refomistas de la clase obrera. Las jornadas de junio-julio de 1975 fueron simultáneamente el canto del cisne de aquella fuerza revolucionaria y el toque de alarma sobre la necesidad de cortar la insurrección antes de que ésta volviera a desatarse. Todos los partidos burgueses entendieron el momento y su comprensión de la circunstancia se manifestó en la forma en que allanaron el camino al personal militar. No por casualidad será el radical Ricardo Balbín el encargado de pronunciar dos frases célebres que abren y cierran la etapa del aniquilamiento: aquella que alertaba sobre la “guerrilla fabril” y la que anunciaba que todos los desaparecidos estaban muertos. No por casualidad será el peronista Italo Luder el candidato del Pacto militar-sindical, cuando otro personal político deba venir en reemplazo del agotado durante la mencionada etapa.

Entonces, ¿qué lugar ocupa Trelew en este proceso? Resulta interesante notar la diferencia entre el documental Trelew, de Mariana Arruti y Gaviotas Blindadas, del grupo Mascaró. El primero es básicamente una descripción de la fuga, que omite el debate político en el interior de las organizaciones protagonistas y que no termina por explicar la razón por la cual se produjo la masacre. Si bien el segundo no abunda en el debate programático (un problema presente en la gran mayoría de estos documentales, como puede verse en Raymundo, sobre Raymundo Gleyser, de Ardito y Molina), por boca de Pedro Cazes Camarero aparece un elemento importante, bien conocido por todos aquellos que discuten los problemas estratégicos del período: Montoneros no apoya la fuga, porque su política va dirigida al GAN, es decir, a jugar en la “salida” democrática y el retorno de Perón. Dentro de la cárcel participa activamente, sin embargo, por la presencia de las FAR, a las que pretende incorporar a su organización. El juego del GAN es el que determina, también, la decisión del asesinato masivo: el gobierno militar no quiere que se le escape de las manos el proceso de “transición”. Una fuga exitosa de tal magnitud no sólo lo dejaría en ridículo sino que además mostraría una profunda debilidad política.

Trelew ocupa entonces un punto de inflexión en la política nacional y, por ende, en la política de los agrupamientos revolucionarios. Es el punto en el que la unidad de hecho entre las organizaciones y la relación estrecha con las masas populares va a romperse. No por el hecho “Trelew”, sino por el proceso del cual Trelew es expresión: un proceso revolucionario que la burguesía sólo puede parar aislando a las organizaciones revolucionarias del movimiento de masas y provocando la división en sus filas. El instrumento imprescindible es la democracia burguesa: una concesión aparente que permite reconstruir socialmente el aparato del Estado tambaleante por la vía de convocar a nuevas fracciones sociales a su gobierno. Para la que burguesía pudiera reconstruir esa relación con las masas bajo la forma de la soberanía ciudadana, era menester contar con un conjunto de cuadros políticos capaces de la tarea, garantizando los límites de la experiencia. Ningún cuadro mejor que aquel que representaba las esperanzas reformistas de las masas, Perón. Perón es el mayor cuadro político del reformismo argentino, lo que es lo mismo que decir que es la mejor barrera contra la fuerza revolucionaria formada tras el Cordobazo, fuerza de la cual él mismo es, parcialmente, dirección. Por eso su impacto sobre la política nacional no podría haber sido más impresionante. Trelew es, entonces, el punto más alto alcanzado de unidad de las fuerzas revolucionarias hasta el momento y de relación con las masas, en la etapa previa al retorno de Perón. El punto más alto de una línea que se “ameseta” hasta el Devotazo[8] y que entrará, a partir de allí y hasta las jornadas de junio-julio de 1975, en franco declive.

¿Por qué perdimos?

La pregunta alude a un resultado y a un posicionamiento. A un resultado, porque el proceso revolucionario, del cual Trelew es un punto nodal, terminó en un fracaso. La contra-revolución triunfó, con el resultado que todos conocemos. A un posicionamiento, porque esa derrota es nuestra derrota, aún cuando podamos no coincidir con los programas de los agrupamientos que dirigieron a la fuerza revolucionaria en la etapa (algo lógico, entre otras cosas, porque esa fuerza distó de tener un comando unificado).

El análisis de la derrota es una necesidad estratégica, obviamente, pero no ha recibido toda la atención que se merece.[9] Ciertamente, los partidos (o lo que quedó de ellos) han hecho sus balances; no ha faltado tampoco el de los historiadores.[10] Sin embargo, resta todavía un análisis definitivo. No será este el lugar en el que nos propondremos una tarea semejante para la que tal vez no estemos preparados todavía, pero sí el de indicar una serie de problemas que habría que examinar con más detalle: en primer lugar, el problema más general de la crisis de conciencia de la clase obrera argentina; la crisis de la dirección política revolucionaria mundial; las características de la estrategia revolucionaria en la Argentina; la forma en que la burguesía argentina procesa su estrategia y la impone en sus filas.[11]

Sobre el primer punto, no hay mucho que decir, aunque sí mucho por investigar. El grueso de la clase obrera argentina se mantuvo fiel, hasta un momento muy avanzado del proceso, a la estrategia reformista que corporizaba mejor que nadie Perón. A pesar del gran desarrollo que tuvo la fracción revolucionaria, no pudo superar un estadio incipiente que se desplegó con poca coordinación en el espacio y en el tiempo (cuando la vanguardia obrera de Córdoba y Rosario estaba en su mejor momento, poco se movía en el conurbano bonaerense; cuando el cinturón fabril de Buenos Aires despertó a la lucha a gran escala, el resto del país ya había caído víctima de la represión).

El problema de la dirección política revolucionaria mundial no es tomado en cuenta por los historiadores del período, aunque sí por los protagonistas.[12] El problema del estalinismo y su influencia en la derrota de las fuerzas revolucionarias a lo largo de todo el planeta no debe subestimarse. Tampoco deben subestimarse las limitaciones del maoísmo y el guevarismo para liderar un proceso revolucionario más amplio, en particular, para aportar soluciones estratégicas distintas de la propia.

El de la estrategia adoptada es otro tema objeto de aguda discusión, entonces y hoy, aunque todavía no ha recibido un análisis sistemático. Básicamente, el debate se corta en dos entre los “insurreccionalistas”, por un lado, y los partidarios de la “lucha armada”, por otro.[13] Indudablemente, los defensores de la segunda opción dominaron la etapa, beneficiados del indudable prestigio que esa estrategia había alcanzado a nivel mundial. La discusión entonces debe centrarse en si esta era la estrategia adecuada a la etapa y a la Argentina. Dicho de otro modo, si una estrategia que presupone la quiebra espacial del poder del Estado y una mayoría de población rural, podía aplicarse a la Argentina de los ’70. Por otro lado, debe cuestionarse la viabilidad de un “ejército popular” urbano, que por su propia naturaleza aleja a los combatientes de la masa del proletariado (a diferencia del rural, que mantiene una relación simbiótica con la masa campesina), justo en el momento en que el partido debe disputar su conducción a la burguesía.

El problema de la estrategia no se agota, sin embargo, en la relación “insurrección”-“fuerza armada”, sino que también se extiende a la relación con la dirección dominante en el seno de las masas en el momento. Dicho de otra manera, cómo proceder con el peronismo. Y aquí el gran interrogantes es en qué medida quienes identificaron al peronismo como el canal necesario de la revolución, es decir, las diversas variantes del entrismo hasta Montoneros, no contribuyeron a elevar al verdugo que los derrotaría. Este problema está presente en todos los hechos que protagoniza esta fuerza revolucionaria en todo el período.[14]

Reconociendo todo lo que falta para poder arribar a una respuesta definitiva, podemos abordar el interrogante planteado en este acápite de la siguiente manera: en una coyuntura revolucionaria mundial en la que la clase obrera no fue protagonista (y que, por lo tanto, no podía ofrecer alternativas estratégicas), un proletariado dominado por el reformismo inició una crisis de conciencia que le permitió crear una vanguardia cuya dirección sólo pudo provenir de la pequeña burguesía radicalizada por una experiencia estratégica proveniente del campesinado. Al mismo tiempo, esa dirección se debatía contra la experiencia de su propio origen de clase, marcado por el antagonismo en relación a la clase obrera corporizada por la antinomia peronismo-antiperonismo. Esta última arrimó a buena parte de esa generación a las filas del peronismo de izquierda o a las variantes del entrismo. Durante una etapa, la que comienza a cerrarse con Trelew, todos estos elementos van juntos, facilitando las tareas de los revolucionarios. El GAN y Perón van a penetrar por sus contradicciones, mostrando sus límites.

Sin esa debilidad frente al peronismo y con una estrategia que privilegiara la inserción en las masas, ¿habríamos ganado? Es imposible saberlo, en particular porque una parte de la vanguardia, esa que llamamos “insurreccionalista”, tuvo un desarrollo menor en los barrios y en las fábricas, a pesar del privilegio otorgado a estas tareas. Es indudable que en la vanguardia obrera, la “lucha armada” tenía un indudable prestigio. Se ha sostenido que las principales organizaciones armadas no eran sólo eso y que dedicaban muchos esfuerzos a la penetración en las fábricas, lo que es completamente cierto. También se ha dicho que la relación de Montoneros con Perón no tenía nada de ingenua, lo que también es cierto. Pero resulta muy difícil de explicar que mientras se desarrollaba la mayor insurrección obrera de la historia argentina, la huelga general junio-julio, Santucho estuviera en Tucumán preocupado por la guerrilla rural. Algo tan inexplicable como la posición de Montoneros, que llegó a participar de “operativos cívico-militares” con el Ejército, en nombre de la construcción del “socialismo nacional” bajo la dirección de Perón[15].

Obviamente, si alguien pierde es que alguien gana. La burguesía también tenía sus estrategias y, a diferencia del proletariado, tenía una dirección internacional clara, con una experiencia inmediata en procesos como el argentino. Una burguesía preparada y unificada gracias a la coyuntura que abren el GAN y Perón, con los instrumentos adecuados intactos, tenía todo para vencer.

¿Qué hay detrás de la memoria?

Trelew, salvo para las grandes masas, no requiere ninguna operación de rescate. Forma parte ya de la cultura de la izquierda argentina. Sí exige, sin embargo, una operación de ese tipo en relación a la ciencia y contra la “memoria”. “Recordar” se ha vuelto una manía, supuestamente contra el “olvido”. Se trata de un slogan repetido hasta el cansancio: “hay que tener memoria”. Sin embargo, no es un gran descubrimiento señalar que “memorias” hay muchas, pero verdad una sola, aunque los posmodernos insistan en negarla.[16]

Se ha escrito mucho sobre las “políticas de la memoria” y no es éste el lugar de la crítica exhaustiva a las innumerables aristas que el tema contiene.[17] Sí nos interesa exponer su naturaleza de “dispositivo” en la construcción de la posguerra por la contrarrevolución. Porque lo que comienza con el GAN es el largo camino de la burguesía hacia la recuperación de la hegemonía perdida. La construcción de la hegemonía presupone un momento de máxima violencia, fundante del nuevo orden, pero no se completa si el triunfador no somete al vencido en el plano “moral e intelectual”, es decir, si no lo convence de lo equivocado de su acción y de la justicia de su castigo. La gestión de la “memoria” es, entonces, crucial para la culminación del proceso contrarrevolucionario. En esa tarea colaboran incluso intelectuales que se suponen de izquierda y enemigos acérrimos de todo lo que “huela” a “milico”.

El mejor ejemplo es un texto que se propone incluso la crítica de la propia historia de la memoria, siguiendo la evolución de los significados del Nunca más.[18] Aunque su autor, Emilio Crenzel, es particularmente crítico de su significado original y analiza con lucidez la lucha interna en la CONADEP y las contradicciones entre el Informe y el prólogo que lo presenta, resulta ciego al análisis de clase, terminando en una reivindicación implícita del trabajo de la Comisión sin advertir que, aun en su forma más avanzada, se trata siempre de la presentación que la burguesía ha elaborado del asunto. Crenzel, por ejemplo, señala que el golpe del ’76 tiene consenso en la población y enumera los apoyos explícitos de los partidos políticos, de la prensa y de la burocracia sindical. Sin embargo, no parece comprender que lo que describe es un conjunto de instituciones del mundo burgués: los partidos políticos burgueses (lo que no cambia porque se mencione a partidos supuestamente “obreros”, como el socialismo y el partido comunista), la burguesía en la clase obrera (la burocracia sindical) o la opinión pública burguesa (los periódicos). Es decir, lo que se describe de semejante manera es el grado de consenso interno en la burguesía que ha conseguido el golpe, la medida en que una fracción de la misma logró acaudillar el proceso contrarrevolucionario e imponer su propio personal político. Cuando se habla de los otros “informes” que jalonan la historia de las denuncias, el autor percibe que su factura es distinta y que la denuncia de las “violaciones” a los derechos humanos en, por ejemplo, el Proceso a la explotación y la represión en la Argentina[19], desde su título indica otra forma de encarar el problema: no se reclaman “derechos” fantasmales sino que se condena la represión y esa condena va acompañada de una denuncia de la explotación capitalista. Sin embargo, no parece darse cuenta de que la diferencia no obedece a un clima de época o a un “cambio cultural” sino a que la clase que “informa” es otra: en el Proceso a la explotación… es la clase obrera, en el Nunca más, la burguesía. Ese mismo cambio se observa en relación a la naturaleza de la actividad: de la acusación al capitalismo a los “derechos humanos”.

Es precisamente la política de derechos humanos la que ha permitido a la burguesía reconstruir la hegemonía perdida reconstruyendo el consenso acerca de la democracia. Transformar los resultados de la guerra civil en violación a los derechos humanos es la forma que asume la estrategia burguesa para sacarse de encima un personal político desgastado, cuya continuidad, tras la guerra de Malvinas, es un peligro para la dominación de clase. Para eso es necesario separarlo del gobierno del Estado, proceso que asume la forma de “transición a la democracia”. La burguesía estaba dividida en relación a la forma definitiva de dicha transición: el peronismo, lo que queda de él, es decir el ala “derecha”, que ha participado de la represión (a tal punto que su candidato a presidente, Ítalo Lúder es el firmante del decreto de “aniquilación de la guerrilla”) se postula como el partido del orden. Hasta tal punto llega su vocación “ordenadora” que se declara dispuesto a aceptar la autoamnistía militar. El ala “democrática” de la burguesía, sorprendentemente encabezada por el radicalismo, apuesta a una salida aparentemente más “radical”, proclamando su voluntad de juzgar a las “juntas”, haciendo saber que no quiere ir más allá. Es decir, se trata de reemplazar un personal político sin condenarlo (peronismo) o condenándolo pero sin extender dicha condena más allá de las cabezas visibles. Sólo eso le permitió a Alfonsín arrastrar a buena parte de los restos de la fuerza derrotada, sobre todo la que se reorganizó como “organismos de Derechos Humanos”. La maniobra le permitió a la burguesía conservar intacto el aparato del Estado, personal administrativo clave de la burocracia central, sistema judicial y fuerzas represivas incluidas, mientras se provocó una nueva división en los restos de la fuerza revolucionaria. Las leyes de Obediencia debida y Punto final cerraron el episodio en lo que a la “burguesía democrática” interesaba. Será Menem el que liquide esta parte de la historia con los indultos. El juicio a las juntas, la CONADEP y el Nunca más, no importa sus contradicciones, hicieron posible este resultado.

En efecto, las contradicciones entre la voluntad restrictiva del gobierno alfonsinista (juzgar sólo a las juntas) y el de los miembros más comprometidos de los organismos de DDHH que participaron de la Comisión (juzgar a todos los que formaron parte del aparato represivo), no excluían un punto de partida común, el de clase: la dimensión de los colaboracionistas (los políticos burgueses que participaron del gobierno militar, lo que incluía centenares de radicales y peronistas) y de los beneficiados económicamente (la totalidad de la gran burguesía local y extranjera) no sería objeto de investigación. La dimensión que privilegiaban informes como el Proceso a la explotación… o el Informe sobre Trelew de la COFAPPEG, que aquí editamos, ha desaparecido.

Crenzel deja ver que esta conclusión del proceso de reconstrucción hegemónica burguesa está implícita en la evolución de las mismas organizaciones de DDHH, lo que es completamente cierto. Pero no acierta a señalar que es la derrota de la fuerza revolucionaria la que deja en sus restos la tarea de lograr algo, al menos el rescate de los que queden vivos, la libertad de los presos, lo que sea. Noble, loable, valiente tarea. De esa situación se aprovecha la burguesía ya en época del Proceso (recuérdese el informe de la OEA, que Crenzel reconoce de mucha influencia en el Nunca más) para forzar al movimiento a entrar por las horcas caudinas del imperialismo y su “solución”. Por eso varios de los organismos y los intelectuales que apostaron por esta vía se verán de nuevo en la oposición a mitad del Alfonsinismo y continuarán en esa posición durante todo el menemismo. Crenzel mostrará cómo, a raíz del indulto menemista, una sensación de derrota y desmovilización se impondrá sobre los restos de la fuerza vencida, pero no ve, como producto de la ausencia de un análisis de clase, que lo que la sacará de ese estado es la relación que teje con una nueva fuerza social en ascenso, del cual los piqueteros son su emergencia más visible. Este movimiento de DDHH “recargado”, que se atreve a reivindicar la lucha de aquella fuerza revolucionaria de la que ahora es la heredera “moral” en la figura de la agrupación H.I.J.O.S., opera la función de traspasarla a la nueva. Pero es el contenido profundamente burgués de la lucha por los DDHH, la despolitización que produce, la que la hace fácilmente captable por un nuevo personal político burgués que tiene ahora otra tarea: reconstruir el Estado frente a una nueva impugnación, la del Argentinazo. El kirchnerismo ha sido construido, en parte, sobre esa base. Si los organismos de derechos humanos quieren dejar de cumplir este rol, necesitan romper con la burguesía y volver a la relación privilegiada con la clase obrera. Sólo así podrían reclamar, con justicia, la herencia de los ’70.

En realidad las herederas actuales de organizaciones como el Foro de Buenos Aires o la COFAPPEG son la CORREPI, CEPRODH o APPEL. En efecto, las organizaciones de los ’70 ligaban su tarea al proceso general de lucha. No se trataba de hacer “memoria” o “justicia”, sino de combatir al enemigo, al que sólo podía derrotárselo despojándolo de su poder social. Hoy, reclamar “justicia” y defender al kirchnerismo es lo mismo que reivindicar a los enemigos de clase.

El valor de la ciencia en la lucha del proletariado

Para realizar esa labor de rescate de la que hablamos más arriba, es menester abandonar el terreno de la ideología burguesa, construida para mejor servir a la contra-revolución y recuperar los objetivos reales de aquella fuerza revolucionaria que protagonizó, entre otras cosas, Trelew. Y lo que un análisis científico debe hacer es explicar, no “recordar”. Explicar que la única democracia posible en la sociedad capitalista es la democracia burguesa, que no es más que la dictadura (predominio económico y social ) de la burguesía bajo otra forma. Que el objetivo de aquella fuerza era el socialismo, es decir, la eliminación de la sociedad de clases. Que cuando se habla de derechos humanos se cae en la trampa de la legalidad burguesa, que no son más que abstracciones frente al monopolio de la violencia por los dueños del capital y que, cuando se lucha contra la represión del Estado capitalista, se batalla por arrancarle ese monopolio a la clase que lo domina. Que no es bajo la forma del individuo y sus “derechos” imaginarios que se logrará nada sino con la organización del partido de los explotados y una perspectiva de clase plasmada en un programa y una estrategia. Que podemos meter presos a todos los responsables directos de las “violaciones”, pero mientras la clase dominante siga en su lugar, nada sustantivo habrá cambiado.

En conclusión, no es “memoria” lo que tenemos que hacer con Trelew, sino explicarlo como ejemplo e instrumento: una operación de rescate de prisioneros que, de no ser por un malentendido absurdo, sería considerado hoy una verdadera genialidad militar. Y como la forma en que un grupo de audaces con programa, organización y determinación le infringen una terrible derrota al Estado burgués en su conjunto. Como el Informe sobre Trelew deja claro, para los militantes heroicos, la única reivindicación posible es la realización de su programa. Dicho de manera directa: justicia no, socialismo.


[1]Sobre la “narrativa humanitaria” véase el texto que comentaremos más adelante, Crenzel, Emilio: La historia política del Nunca Más, Siglo XXI, Bs. As., 2008

[2]Véase nuestro La cajita infeliz, Ediciones ryr, Bs. As., 2007

[3]Entre los textos que describen el período, pueden consultarse AAVV: Orígenes y desarrollo de la guerra civil en la Argentina (1966-1976), Eudeba, Bs. As., 1998; y Balvé, Beba y Beatriz Balvé: El ’69. Huelga política de masas, Ediciones ryr, Bs. As., 2005. También, Sartelli, Eduardo: La plaza es nuestra, Ediciones ryr, Bs. As., 2006.

[4]Para los hechos aquí narrados véase Hechos y protagonistas de las luchas obreras argentinas, Editorial experiencias, marzo 1985, sobre la lucha de Villa Constitución y el operativo Serpiente roja; Brennan, James: El Cordobazo, Sudamericana, Bs. As., 1996, para Tosco, Salamanca y el Navarrazo y Löbbe, Héctor: La guerrilla fabril, Ediciones ryr, Bs. As., 2009, para las coordinadoras de zona norte. Para Sitrac-Sitram, Flores, Gregorio: Lecciones de batalla, Ediciones ryr, Bs. As., 2006

[5]Sobre el fenómeno del “arditismo”, véase Gramsci, Antonio: Quaderni del Carcere, Einaudi, Trento, 2007, volume primo, p. 120-121. El arditismo (de “ardito”, ardiente, atrevido, audaz), es decir, el uso de pequeños escuadras especiales para tareas puntuales que requieren de capacidad técnica, es una táctica para emplear la lucha ilegal por parte de una clase que tiene bloqueada, políticamente, la posibilidad de utilizar en forma abierta el aparato represivo del Estado. El arditismo presupone, sin embargo, la aquiescencia del Estado y es, además, una forma de reconstrucción del mismo. En la historia europea, el fascismo y el nazismo tuvieron su etapa de arditismo; en Argentina, fuera de este período, se desta la Liga Patriótica, durante el primer gobierno de Irigoyen. Sobre las primeras “desapariciones”, véase Foro de Buenos Aires por la Vigencia de los Derechos Humanos: Proceso a la explotación y a la represión en la Argentina, Bs. As., 1973. MANO es el comando que se atribuye la desaparición de Martins y Zenteno. Sobre el Comando Libertadores de América y la Triple A, véase Larraquy, Marcelo: López Rega, Sudamericana, Bs. As., 2004 y Anzorena, Oscar: Tiempo de violencia y utopía, Contrapunto, Bs. As., 1988

[6]Sobre la política del PRT en esta etapa véase la colección de documentos A vencer o morir, compilados por Daniel De Santis (Eudeba, Bs. As., 1998), tomo 1, cap. 9.

[7]Se entiende por baja “moral” la pérdida de un combatiente no por razones físicas (heridas graves, muerte, etc.) sino por incapacidad sicológica (es decir, política) de seguir combatiendo.

[8]Se llama “Devotazo” a la manifestación frente a la cárcel de Devoto que, el día de la asunción de Cámpora, logró la liberación de todos los detenidos allí.

[9]Lo mejor al respecto sigue siendo Marín, Juan Carlos: Los hechos armados, CICSO, Bs. As., 1984

[10]Sobre los balances, véase entre muchos otros, el debate entre Daniel De Santis, Eleuterio Fernández Huidobro y Luis Mattini sobre la experiencia del PRT y Tupamaros. De Santis, Daniel: Entre Tupas y Perros, Ediciones ryr, Bs. As., 2009. Del mismo PRT, véase Pozzi, Pablo: Por las sendas argentinas. El PRT-ERP, Eudeba, Bs. As., 2001. Un balance de las políticas de la izquierda de la época, en Werner, Ruth y Facundo Aguirre: Insurgencia obrera en la Argentina. 1969-1976, IPS, Bs. As., 2007. Un “balance” implícito se encuentra también en “Argentine. Entre populisme et militarisme”, número especial de Les Temps Modernes, juillet-aout, 1981, nº 420-421. Naturalmente, abundan los textos partidarios, así como también los escritos de sobrevivientes del período. Véase, sólo como ejemplo, Mattini, Luis: Hombres y mujeres del PRT-ERP, La Campana, Bs. As., 1995; Santucho, Julio: Los últimos guevaristas, Puntosur, Bs. As., 1988; Gasparini, Juan: Montoneros. Final de cuentas, De la campana, La Plata, 1999 y Gorriarán Merlo, Enrique: Memorias, Planeta, Bs. As., 2003. Obviamente, también hay balances “del otro lado”. Véase Díaz Bessone, Ramón Genaro: Guerra revolucionaria en la Argentina (1959-1978), Fraterna, Bs. As., 1986.

[11]Un avance en ese sentido puede verse en AA.VV.: “¿Por qué perdimos?”, en Razón y Revolución n° 12, verano de 2004, la respuesta en Izaguirre, Inés et al: “Hagamos historia. Respuesta a “¿Por qué perdimos?”“, en Razón y Revolución n° 13, invierno de 2004, y la réplica en AA.VV.: “Hagamos ciencia. Una respuesta fraternal a los compañeros del Proyecto Genocidio en Argentina”, en ídem.

[12]Un análisis lúcido y temprano en tal sentido se encuentra en Altamira, Jorge: “Continuidad y vigencia histórica del marxismo leninismo”, en Teoría marxista y estrategia política, Ediciones Rumbos, Bs. As., 1998.

[13]Se suele olvidar, por la importancia que tuvieron en el período, que además de Montoneros y PRT-ERP existieron muchas organizaciones armadas (GOR, OCPO, FAR, FAP, FAL, etc.) y que fuera de ellas hay una izquierda muy importante que persigue otra estrategia (Política obrera, PST, PCR, etc.).

[14]Para el “entrismo” de la corriente de Nahuel Moreno, Palabra Obrera, véase Camarero, Hernán: “Una experiencia de la izquierda en el movimiento obrero. El trotskismo frente a la crisis del peronismo y la resistencia de los trabajadores (1954-1957), en Razón y Revolución n° 3, invierno de 1997 y Castelo, Fernando: “El entrismo morenista y sus caracterizaciones”, en Razón y Revolución n° 6, otoño de 2000. Sobre Montoneros y la relación con Perón, Gillespie, Richard: Soldados de Perón, Grijalbo, Bs. As., 1987.

[15]La experiencia montonera se llamó Operativo Dorrego. Consistió en el trabajo conjunto entre militantes montoneros y efectivos del Ejército en tareas de ayuda a la población bonaerense afectada por las inundaciones. Anzorena, op. cit.

[16]Este tipo de perspectivas suele ser dominante en revistas como Lucha armada o Políticas de la memoria.

[17]Izaguirre, Inés: “La política de la memoria y la memoria de la política en Argentina”, en Razón y Revolución, nº 4, otoño de 1998. También Crenzel, op. cit. y da Silva Catela, Ludmila y Elizabeth Jelin: Los archivos de la represión: documentos, memoria y verdad, Siglo XXI, Madrid, 2002.

[18]Nos referimos al texto de Crenzel ya citado.

[19]Op. cit.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *