Procesos de trabajo y política: un matrimonio forzado


Presentado y publicado inicialmente en las I Jornadas Internacionales de Investigación y Debate Político, celebradas en Buenos Aires en el año 2008, este trabajo busca combatir el determinismo técnico que surge de suponer que las modificaciones del proceso de trabajo tienen necesariamente consecuencias directas y unívocas en la conciencia de clase y en la política obrera. Pensado originalmente contra la Escuela de la regulación, su enfoque es válido para confrontar muchas otras posiciones más actuales. Por Eduardo Sartelli y Marina Kabat


Introducción

Hacia finales de los ’60 se renueva el interés de los marxistas por el estudio de los procesos de trabajo (pdt) y surgen distintas escuelas que se dedican a su análisis. La obra de Harry Braverman, se destaca por su desarrollo de la investigación y su fuerte énfasis polémico. El debate al que dio lugar centralizó gran parte de la discusión marxista sobre los cambios de los pdt. Su principal acierto fue entender la organización de los pdt como un elemento objetivo, dictado por la lógica del capital. Su error fundamental es el abandono de las categorías marxistas (cooperación simple, manufactura y gran industria) y su reemplazo por el concepto de taylorismo (al que, posteriormente, otros autores añadirán las nociones de fordismo y toyotismo). Sin embargo, los críticos aplaudieron a Braverman allí donde se equivocaba y, a la inversa, cuestionaron sus aciertos.  

Al igual que Braverman, la mayoría de los especialistas en la historia del trabajo subestimaron la importancia de conceptos como gran industria para comprender no sólo los cambios del pdt, sino la evolución misma del capital.[i] En cambio, cuestionaron el recorte realizado por Braverman, pues consideraron imposible estudiar la organización del trabajo sin atender a la lucha de clases. A su juicio, ella determina el pdt. A su vez, establecieron al lugar de trabajo como el centro de las disputas entre las clases. Todos parecían coincidir en que el pdt era una arena de combate directamente política.[ii] Por ese entonces, la rebelión del trabajo de los ’60 y ’70 volvía, en apariencia, más evidente la inmediatez política de los pdt.

Tomando sus errores y rechazando sus aciertos, los escritores posteriores a Braverman cometieron entonces dos falacias: abandono de los conceptos marxistas y la creencia de que la organización del trabajo es un elemento intrínsecamente político, un espacio donde los obreros tendrían tanta o más iniciativa que los capitalistas. Ambos errores se reforzaron mutuamente: como archivaron el concepto de manufactura[iii] no lograron darse cuenta que fueron los obreros manufactureros quienes protagonizaron esa rebelión del trabajo. En particular, no reconocieron a los obreros automotrices como trabajadores de la manufactura moderna. Cegados por conceptos imprecisos creyeron que pertenecían a la rama más avanzada en la organización del trabajo cuando, por el contrario, se trataba de obreros manuales. No comprendieron que su agitación respondía a la vieja y crónica rebelión del obrero manufacturero de la que hablaba Marx, rebelión que el capital aplasta con el desarrollo de la gran industria.

Con la gran industria el obrero pierde su autonomía. El pdt queda predeterminado por el sistema de máquinas. Precisamente, ese diseño ya objetivado en la maquinaria permite eliminar capataces o estudios detallados de tiempo y movimiento. Es decir,  puede eliminar las formas manufactureras de control.[iv] Quienes hablan de la incidencia de las luchas obreras en el pdt no se dan cuenta que las mismas sólo aceleran o demoran la mecanización, pero que no imponen un rumbo verdaderamente diferente al proceso. No cambian el sentido de las transformaciones. Los obreros no pueden incidir de un modo sustantivo y duradero en el diseño del pdt. En cambio, éste determina aspectos cruciales de la estructura de la clase obrera. El desarrollo de la gran industria aglutina a los obreros en grandes establecimientos, los homogeniza al destruir las viejas diferencias de oficio y modifica las relaciones familiares incorporando a la mujer al trabajo. Con el aumento de la productividad genera la formación de una sobrepoblación relativa (spr). En resumen,  dota a la clase obrera de sus características estructurales. Características que Braverman intentó acertadamente estudiar.

Decir que el pdt no es inmediatamente político no es economicismo. La lucha política es crucial, pero su espacio por excelencia es otro y su tarea central la construcción de un partido. Quienes defienden a ultranza el lugar de trabajo como espacio privilegiado de la política, suelen reducirla a las luchas meramente económicas de la clase, como se verá que ocurre con Toni Negri o David Montgomery.  En este plano se pueden conseguir victorias coyunturales, pero ninguna definitiva.

Los aciertos de Braverman

Trabajo y capital monopolista es un libro de combate. Por un lado, ataca la idea de que cada vez se requerían mayores calificaciones dentro del mundo laboral, demostrando el proceso de descalificación del obrero.[v] Combate también las visiones distorsionadas de la clase obrera que dividían entre blue collars y white collars, atribuyendo un status privilegiado a estos últimos o que incluso ubicaba a un sector de ellos dentro de la clase media o pequeña burguesía. Por ello, Braverman se preocupa por el movimiento interocupacional y los cambios de los trabajos hasta entonces considerados privilegiados. Considera prioritario “un cuadro de la clase obrera tal como existe, en la forma dada a la población trabajadora por el proceso de acumulación del capital.”(p. 40). Es decir, el estudio de la clase en sí. Braverman sabe que esto abre un tercer frente contra los subjetivistas (p. 41).  

Braverman reconoce la unidad del proceso de producción y de valorización. Éste último motoriza todos los cambios del pdt: el aumento de la productividad del trabajo es el fin de todos los cambios productivos: el empresario que ha comprado fuerza de trabajo (y no trabajo) busca obtener de ella la máxima cantidad de trabajo. Para ello debe controlarla. El control no aparece como un fin en sí mismo, sino que es un medio para una mayor explotación. Esto queda claramente formulado en el capítulo uno. Sin embargo, como veremos luego, otros elementos lo conducen a sobredimensionar el problema del control.

Braverman sigue, en base a un análisis crítico de los censos, el movimiento de obreros del empleo rural y manufacturero hacia nuevas actividades. Muestra cómo la misma masificación de estas actividades generaba la necesidad de abaratarlas. De esta manera, se iniciaban una serie de transformaciones de la organización del trabajo que, siguiendo los pasos antes desarrollados en las fábricas, terminan equiparando las condiciones laborales de estos nuevos empleados con los de los viejos operarios. Por ejemplo, cuando el trabajo de oficina cobró una dimensión suficiente, comenzó a aplicarse allí la división del trabajo y luego también la mecanización.

En su intento por conocer la estructura de la clase obrera Braverman analiza también la conformación de una spr. Cuando el problema del desempleo emergía, pero sin cobrar todavía la centralidad actual, Braverman analiza en forma exhaustiva su crecimiento. Cuestiona las mediciones oficiales y muestra que la spr supera ampliamente la contabilidad oficial de los desocupados. Este análisis se opone a las ideas convencionales sobre el fin del trabajo o la conceptualización de los desocupados como marginales. Braverman observa claramente cómo la spr es funcional dentro al capitalismo. Realiza un análisis teórico, que le permite mostrar el desempleo como una consecuencia natural de la mecanización y, en consecuencia, como un problema inherente del capitalismo.

Los errores Braverman

Lamentablemente, la obra de Braverman adolece de algunos problemas conceptuales. Nos referimos a su modo de entender la historia de los cambios del trabajo. Braverman demuestra un profundo conocimiento empírico de estas transformaciones, como queda evidenciado en las innumerables descripciones de las diferentes ramas: frigoríficos, industria del mueble, de la construcción, confección, metalúrgica. Al mismo tiempo, muestra una gran familiaridad con los capítulos de El Capital destinados al análisis de los pdt. En muchos pasajes pareciera que es sólo cuestión de un paso lógico desarrollar los conceptos marxistas para dar una explicación más coherente de la realidad que describe. Sin embargo, Braverman no da ese paso. Al contrario, pareciera eludir permanentemente esos conceptos. Así, en el cap. 2 uno creería que reseña las características de la cooperación simple, pero esa categoría nunca aparece. En su lugar Braverman prefiere hablar de los antecedentes de la administración científica. Luego, describe las características atrasadas de la industria de la confección que responde perfectamente a la categoría de manufactura moderna. Braverman tampoco emplea ese concepto, sino que lo reemplaza por el de “etapa de racionalización primitiva”.[vi] Braverman analiza las transformaciones contemporáneas del pdt como una historia de la administración y gerencia capitalista, al tiempo que descarta, sin justificarlo los conceptos marxistas.  

¿Qué motiva este cambio respecto a los estudios marxistas clásicos? Braverman, es influido fuertemente por la obra de Baran y Sweezy. [vii]  Con ellos considera que, desde finales del siglo XIX, el capitalismo ingresó en una nueva etapa, la era monopolista. Se propone, entonces, explicar la forma que asume el trabajo en esta nueva etapa.  Quizás por ello Braverman tiende a conceptualizar todos los cambios como novedades absolutas.[viii]

Braverman considera que los momentos analizados por Marx bajo los conceptos de manufactura y gran industria son etapas pretéritas ya superadas. Esto recién es planteado con claridad en el capítulo nueve. Allí alude a la aparición de la manufactura y su posterior pasaje a la gran industria como un proceso pasado. La manufactura sería el trabajo manual que precede a la revolución industrial y habría implicado un cambio en la organización del trabajo. Luego con la gran industria cambian los instrumentos de trabajo. Tras esto, plantea:

 “Ahora bien a la siguiente pregunta –cómo es transformado el pdt por la revolución científico técnica- no se le puede dar semejante respuesta unitaria. Esto se debe a que el enfoque científico y de la administración patronal acerca del pdt en el último siglo abarca todos estos aspectos: fuerza de trabajo, los instrumentos del trabajo, los materiales de trabajo y los productos del trabajo…” p. 200

Braverman naturaliza a tal punto la idea de que la era monopólica y la revolución científico técnica constituyen una nueva etapa, que no dedica ningún párrafo adicional a tratar de demostrarlo. Ninguna otra frase se dedica a explicar por qué la gran industria estaría superada. Por otra parte, tampoco parece llamarle la atención que los elementos que él considera propios de esta nueva etapa ya estaban presentes en las anteriores. La única novedad sería la mezcla, el desarrollo simultáneo de todos esos elementos. Sin embargo, esa mezcla sólo surge del error conceptual de Braverman.

Para comprender esto es necesario recordar que, cuando desde el marxismo se habla de la manufactura o de la gran industria como etapas históricas, se refiere al período donde una u otra predominan. Es decir, el conjunto de la producción puede haber alcanzado la forma de gran industria, pero ciertas ramas económicas encontrarse aún en la manufactura o la cooperación simple. Por ejemplo, la docencia o la enfermería mantienen incluso hoy rasgos propios de la cooperación simple y recién se está avanzando en el desarrollo de tendencias manufactureras, es decir recién ahora se está imponiendo una mayor división del trabajo dentro de estas actividades. Braverman describe en ciertas ramas el pasaje a la manufactura y en otras, el tránsito hacia la gran industria, pero no acierta en la conceptualización de cada uno de los casos, confundiendo ambos movimientos en un solo concepto “administración científico patronal”. Como consecuencia de esta indiferenciación no se reconoce, es más se subvierte, la importancia de estos distintos elementos. Puede decirse que Braverman sobredimensiona el peso de la división del trabajo al tiempo que subestima la importancia de la mecanización.

En el capítulo 3  explica los efectos de la división del trabajo y la acción del principio de Babbage y prácticamente resume todos los planteos de Marx sobre la manufactura sin darle ese nombre. Pero no retoma ninguno de los elementos que Marx menciona como límites de la manufactura, ni explica cómo la división del trabajo prepara el terreno para la mecanización. Más allá de una cuestión nominal, lo importante aquí es que no concibe cierta forma de división del trabajo, como un producto histórico, con límites engendrados por su propio desarrollo. Esto se ve reforzado con la eliminación del concepto de gran industria. Las tendencias propias de la manufactura que Braverman retrata tras el nombre de taylorismo son  transformados en principios inherentes del capitalismo. De este modo, Braverman afirma: “El primer principio innovador del modo capitalista de producción fue la división del trabajo en las manufacturas, y en una u otra forma la división del trabajo ha seguido siendo el principio fundamental de la organización industrial…” (p. 90) A su vez, del principio de Babbage dice que es la “fuerza subyacente que gobierna todas las formas de trabajo en la sociedad capitalista…”[ix] (p. 103)  y el modo más común de abaratar la fuerza de trabajo (p. 104).

Hay razones de distinta índole para que Braverman sobreestime la división del trabajo devaluando la importancia de la mecanización y de la gran industria. Tanto su investigación empírica como sus prejuicios teóricos lo conducen a ello. La concepción monopolista que comparte con Baran Sweezy es incompatible con las características y la dinámica propias de la gran industria. Marx, a partir del análisis de las ramas más avanzadas de su época, concibe a la gran industria como un régimen que, bajo la presión de la competencia y merced al concurso de la ciencia, revoluciona constantemente el pdt.

La concepción monopolista supone la extinción de la competencia y, con ella, el fin del estímulo para la innovación. De hecho, Baran y Sweezy parecen creer que los avances científicos y, sobre todo su empleo en la producción, han tendido a estancarse. Según esta concepción, el desarrollo técnico y los cambios tienden, por lo menos, a ralentizarse. Braverman parece compartir esta visión: no presta casi importancia al modo en que la maquinaria revoluciona las fuerzas productivas. Poco dice del aumento de productividad que ellas generan. En cambio, destaca su utilidad para el control. La maquinaria permitiría a la gerencia obtener el mismo control que los procedimientos tayloristas, pero por otros medios. Así, Braverman se concentra en una de las funciones secundarias de la maquinaria –el control-, al tiempo que pasa por alto la principal, a saber: la ruptura de las bases subjetivas del pdt y con ello la liberación de las fuerzas productivas, el incremento de la productividad.

Incluso dentro de capítulos sobre maquinaria y ciencia Braverman dedica largos pasajes a la división del trabajo. Braverman siguiendo a Marx plantea que el capital busca desplazar el trabajo como elemento subjetivo de la producción. En una nota al pie, comenta cómo Marx en los Grundrisse plantea que este desplazamiento se logra cuando se alcanza un sistema de máquinas completamente automático (lo que equivale a un régimen de gran industria plenamente desarrollado, aunque Braverman eluda nuevamente este concepto). Braverman reconoce que el confinamiento del obrero al nivel de un mecanismo de la producción está “indudablemente asociado en forma exclusiva a la maquinaria.”p.204 Ipso facto plantea que los sucesores de Taylor mediante sus estudios del tiempo y movimiento descomponen el trabajo en sus elementos mínimos y concluye que, cin ello,  la gerencia desplaza el trabajo como elemento subjetivo y lo transforma en un objeto. En síntesis,  Braverman realiza un largo recorrido que comienza con la cita de Marx y el reconocimiento de que la objetivación del trabajo esta ligado en forma exclusiva al régimen de gran industria, para terminar afirmando exactamente lo contrario: que la objetivación también se produce mediante la división del trabajo manual, más adelante refutaremos esta tesis.

En un artículo podemos encontrar nuevas contradicciones. [x] Por un lado, considera, a la división de tareas como el mecanismo más importante para abaratar la fuerza de trabajo. Indica que “la tendencia de la forma capitalista de producción  desde hace uno 250 o 200 años a la actualidad apunta a dividir sistemáticamente el proceso laboral en operaciones simplificadas que se enseñan al trabajador como tareas concretas…” (p.54). Acto seguido señala que la mayoría piensa equivocadamente que esto se debe a la ciencia y al avance tecnológico. Señala que esta división puede surgir antes de que haya máquinas y da el clásico ejemplo de la manufactura de alfileres descripta por Adam Smith. Muestra al mismo tiempo cómo la tecnología tiende a anular esta división del trabajo. “La tecnología moderna tiene una tendencia poderosa a romper las antiguas divisiones laborales reunificando los procesos de producción.” Como prueba da el ejemplo de la fabricación actual de alfileres por una máquina automática.¿Si la automatización tiende a anular la división del trabajo y ésta se concentra en los baches que todavía no se mecanizaron, puede afirmarse que la división del trabajo sigue siendo la principal tendencia del capitalismo o la principal forma de abaratar el trabajo?

Braverman está a la puerta de la respuesta correcta, pero no la cruza. Creemos que su adscripción a la teoría monopolista le impedía sacar las conclusiones obvias: en las ramas que han alcanzado la madurez el pdt no respeta una división determinada del trabajo, sino que todos los procedimientos y pasos se revolucionan continuamente siguiendo criterios objetivos, basados en los avances de la ciencia y de la técnica. La división del trabajo es el principal mecanismo para abaratar la fuerza de trabajo sólo en ramas nuevas o de tardía mecanización: automotrices, oficinas (o de reciente pasaje al ámbito mercantil, como sucede hoy en medicina en ciertos países). Pero la mecanización es una arma mucho más potente.

Braverman al concentrar sus investigaciones en ramas nuevas (con el respetable objetivo de estudiar las proletarización de ciertos técnicos y profesionales) termina reforzando sus prejuicios teóricos. Analiza los cambios del trabajo entre oficinistas, técnicos gráficos y otros trabajadores similares. Esto hace que también su investigación empírica sobredimensiones la división del trabajo. Muy distintas serían sus conclusiones de haberse concentrado en la tempranamente automatizada industria textil o en la molinería por citar sólo un par de ejemplos.

Esta atención hacia ramas no mecanizadas, en especial la automotriz,[xi] fue promovida en parte por el contexto de las luchas obreras. Como argumentaremos más adelante, los conflictos obreros de la década del sesenta pueden calificarse como la rebelión de los obreros manufactureros. Fueron los obreros de ramas aún no completamente mecanizadas quienes encabezaron las distintas formas de protesta por la organización del trabajo y, por eso, todas las miradas recayeron sobre ellos. Hoy ocurre lo mismo con trabajadores docentes o los enfermeros. Actividades no mecanizadas en las que se busca alcanzar una mayor productividad y cuyos trabajadores luchan contra estos cambios. 

La mayor capacidad explicativa de los conceptos marxistas

a. La formulación clásica

La cooperación simple implica la reunión de un número mayor de trabajadores que efectúan las mismas tareas. En cambio, bajo la manufactura el trabajo continúa siendo manual, pero se fragmenta en distintas operaciones. Los obreros y las herramientas se especializan para realizar siempre las mismas tareas. La división del trabajo es permanente, vitalicia. Los sistemas salariales se organizan de acuerdo al principio de Babbage.

Bajo la manufactura, el trabajo conserva su carácter subjetivo. Se organiza en base a las antiguas formas de trabajo artesanales. Su fragmentación reduce las habilidades de cada obrero, pero no la de ellos en forma colectiva. No anula esa base subjetiva ni la remplaza por un nuevo fundamento objetivo, como ocurrirá en la gran industria. Como la producción se desarrolla aún sobre una base subjetiva y el obrero colectivo conserva sus calificaciones, el pdt puede ser reproducido por los obreros y sus herramientas. Esto puede ocurrir tanto en forma individual (un obrero que se independiza y monta su propio taller) o colectivamente, por medio de cooperativas.

La gran industria surge a partir de las tendencias de la manufactura –la especialización del trabajo y de las herramientas- pero las niega en un movimiento dialéctico. Objetiva el trabajo en un sistema de máquinas concebido en completa abstracción de las capacidades obreras y de las antiguas formas de trabajo. Se inventan nuevos sistemas y materiales. La división del trabajo es completamente reorganizada: muchas veces vuelven a reunirse procesos que se habían dividido bajo la manufactura, en otros se producen nuevas divisiones, pero que ya no se corresponden con los pasos del viejo sistema artesanal.

No rigen las leyes que gobernaban la manufactura: la división vitalicia del trabajo pierde razón de ser. Aunque pueda mantenerse, ya no es una necesidad del sistema: la rotación entre puestos –en términos regulacionistas, la polifuncionalidad- tiene un mayor campo de acción. Por otra parte, mientras que la manufactura con su abanico de diferentes tareas con requisitos diferenciales (distintos niveles de capacitación, fuerza, etc.) da lugar al reinado del principio de Babbage; bajo la gran industria todas las calificaciones tienden a igualarse en su punto más bajo. Esta tendencia a la equiparación salarial restringe la utilidad del principio de Babbage y tiende a imponerse una división más simple entre los operarios de las máquinas principales y sus auxiliares.

La aparición de la gran industria representa la transformación principal en los cambios del pdt. Implica el pasaje de la subsunción formal a la subsunción real del trabajo. Con la gran industria el mismo pdt define al obrero como tal. A cierto nivel técnico el obrero no puede trabajar por su cuenta. Desde entonces deja de estar ligado al capital sólo por la relación salarial y queda atado a su condición por el lazo mucho más sólido de las condiciones técnicas de producción. Un trabajador de una refinería de petróleo no puede soñar con trabajar en esa rama por su cuenta, como sí podía hacerlo un carpintero o un zapatero a principios de siglo veinte.  

 A su vez, la gran industria rompe todas las trabas anteriores al desarrollo de las fuerzas productivas. Se independiza de las formas de trabajo artesanales. La productividad se dispara. En vez del estudio del obrero y sus movimientos se analizan los pasos técnicos del proceso productivo y se busca una solución objetiva mediante el empleo de la ciencia y de la técnica. Uno de las pruebas de este sensacional avance de las fuerzas productivas es el acortamiento de los tiempos productivos. Dentro del proceso de producción existen momentos que no pertenecen al pdt. Toda instancia dentro del proceso productivo donde la materia prima no recibe un tratamiento por parte del obrero no pertenece al pdt. De ahí surge la diferencia entre el  tiempo del pdt y el del tiempo de producción. Esos momentos del proceso de producción que no pertenecen al pdt son en general etapas muertas del ciclo donde se aguarda el desarrollo de algunos procesos naturales tales como el crecimiento de la cosecha o la fermentación del alcohol, el estacionamiento de algunos alimentos etc. La gran industria violenta estos tiempos y disminuye progresivamente la diferencia entre proceso de producción y pdt, reduciendo el período en el cual no se le agrega valor al producto. Esto puede verse en la doble cosecha lograda mediante las semillas híbridas, en la reducción del tiempo de curtido mediante el uso de nuevos productos químicos, el uso de humedeceros y secadores mecánicos en distintas industrias o los cambios ocurridos en la producción de vinos, quesos y otros productos alimentarios, así como en el secado de madera. 

La transición entre manufactura y gran industria se da bajo la forma de manufactura moderna a partir de la incorporación de algunas máquinas como elementos aislados dentro de la producción. Mientras no se conforme un sistema de máquinas, no se rompe con el principio manufacturero y los obreros manuales pueden mediante su presión imponer restricciones al conjunto del sistema. Por ejemplo, pautar plazos de aprendizajes o impedir  el ingreso del empleo femenino. 

Cada rama industrial atraviesa estas instancias. Naturalmente las actividades nuevas son al principio las más rezagadas. Esto explica que las automotrices a mediados del siglo veinte no hubieran alcanzado el estadio de gran industria que los textiles tenían desde mucho antes. Un segundo factor es la naturaleza del bien a industrializar. El pdt es el resultado del trabajo humano sobre la naturaleza. En cada caso la misma opone diferente resistencia a su transformación.

b. Los conceptos marxistas frente a los regulacionistas

Los conceptos marxistas son más útiles que los regulacionistas (taylorismo-fordismo y toyotismo) por su mayor precisión. Ella se debe a que las categorías marxistas se definen por rasgos sustanciales que representan diferencias cualitativas reales entre un régimen de trabajo y otro. Por el contrario, los conceptos regulacionistas,  no incluyen ninguna definición de la base técnica del trabajo, o toman de ella sólo elementos subordinados.  

Por empezar el taylorismo, no implica una base técnica específica. En términos estrictos no es posible asimilar el taylorismo a alguna etapa determinada en la organización de los procesos de trabajo. Por el contrario, pareciera que su aplicación fuera factible, dentro del capitalismo, sobre cualquier base técnica, hecho del cual el mismo Taylor se jactaba. De esta forma, al ser compatible con cualquier etapa técnica del desarrollo capitalista, el taylorismo resulta, en principio, una categoría poco útil a la hora de historizar los procesos de trabajo.

Pero, si observamos dónde las prácticas tayloristas tuvieron un mayor desarrollo real y analizamos sus características centrales encontraremos que éstas se corresponden con la manufactura.  El taylorismo tuvo una base de aplicación más amplia entre los trabajos manuales.  Esto junto con la parcelación del trabajo y el vasto empleo de escalas salariales basadas en el principio de Babbage constituyen elementos típicos de la manufactura. El taylorismo puede entenderse como la expresión de las tendencias manufactureras en su punto máximo de desarrollo, así como una corriente ideológica que difundió estos principios.

A esta misma conclusión nos conduce el estudio de las preocupaciones propias del taylorismo: en primer lugar, enajenar la pericia de los obreros y disminuir la importancia del factor subjetivo en la producción. Estos problemas, que desaparecen en la gran industria, demandan antes gigantescas energías al capital. De ahí todos los esfuerzos empresariales para lograr el control del pdt, en los que Braverman pone tanto énfasis. Bajo el taylorismo se intenta denodadamente, a través de la administración técnica-gerencial, lo que la mecanización del proceso productivo, y más aún su automatización, lograrían fácilmente.

Lo mismo ocurre con los restantes principios taylorianos. El segundo establece la necesidad de remover del taller el trabajo cerebral y concentrarlo en la gerencia, o sea, disociar la concepción y la ejecución del trabajo. Por último, el tercero indica el uso del conocimiento del pdt reunido por la gerencia para controlar cada paso de éste a través de la especificación de las tareas, indicando lo que debe hacerse, cómo y en qué tiempo.

En la gran industria ya se ha consumado el divorcio entre la concepción y la ejecución del trabajo. Esto se manifiesta, fundamentalmente, en el lugar ocupado por la ciencia en la configuración del proceso productivo. Del mismo modo, el ritmo de trabajo y las operaciones que ha de realizar el obrero están regidos por las máquinas y sus movimientos, a las que el obrero debe adaptarse. En este contexto sería superflua la tarjeta escrita de instrucción o cualquier otra forma de especificar la tarea; más aún si se trata de un sistema de máquinas automático.  

La gerencia intenta substraer los aspectos subjetivos del trabajo del control de los obreros, pero, esto no equivale a removerlos.  Frente a este problema, el taylorismo representa una vez más la respuesta más avanzada que la manufactura puede brindar: intenta, por medio del estudio de los movimientos del obrero especificar sus tareas, predeterminando la forma y el tiempo de completar el trabajo, pero al hacer esto, choca con sus propios límites. Porque, aún cuando todas las tareas fuesen especificadas y estas directivas pudieran ser cumplidas exactamente en todos sus detalles, el elemento subjetivo del trabajo no se habría eliminado: si bien el obrero se adapta a esas indicaciones, antes se debe estudiar las capacidades de los obreros, sus movimientos en el trabajo, hasta su desgaste por cansancio físico o psicológico. Recién entonces se halla en condiciones de reorganizar el pdt, pero sobre la base de los conocimientos que ha recabado sobre este elemento subjetivo. Marx explica cómo esto cambiará con el pasaje del régimen de manufactura al de gran industria:  “Si bien el obrero ha quedado incorporado al proceso, también es cierto que previamente el proceso ha tenido que adaptarse al obrero. En la producción fundada en la maquinaria queda suprimido este principio subjetivo de la división del trabajo”[xii]Vemos aquí, nuevamente, cómo los problemas que el taylorismo intenta resolver son acuciantes para la etapa manufacturera, e irrelevantes para la gran industria.

Cuando el empresario intenta apropiarse de los saberes del obrero y los devuelve en migajas, no transforma realmente la base del proceso. Ésta sigue siendo el  trabajo artesanal sólo que fragmentado. El obrero individual se descalifica, pero el obrero colectivo no. Por el contrario, en la gran industria se descalifica al obrero colectivo y esto no surge de una apropiación de los saberes de los trabajadores –que se vuelven obsoletos para el capital-, sino de un desarrollo autónomo de la ciencia. Un ejemplo es el proceso de vulcanizado en las fábricas de calzado durante la década del ‘20 y del ‘30: gracias al empleo de nuevos materiales, entre ellos el caucho, mediante un proceso químico y en forma mecánica, se pegan automáticamente partes del calzado que antes eran cosidas. El proceso no guarda ningún punto de contacto con el método anterior. Aquí la gerencia no estudió a los trabajadores, no se apropio de sus saberes, sino que desarrolló en forma independiente otros conocimientos necesarios para el nuevo procedimiento. Lo mismo ocurrió cuando 30 años después se empleara un nuevo sistema el “inyectado”. No hay una apropiación de saberes obreros sino un continuo revolucionarse de los procesos mediante el desarrollo de la ciencia y de la técnica.  

La noción de Fordismo es menos precisa que la de taylorismo. Por una parte, comúnmente se la asocia a un conjunto de factores completamente ajenos al pdt como el Estado de Bienestar, o la negociación mediante convenios colectivos de incrementos salariales  a cambio de una mayor productividad. Sin embargo, nada esto tiene que ver con el pdt, con lo que el obrero hace dentro de la producción. Pero los problemas persisten si nos circunscribimos a los componentes técnicos del concepto. Refiriéndose sólo al pdt, Aglietta define al fordismo como la sumatoria de taylorismo y cadena de montaje.[xiii] Cabe preguntarse si la cadena es un elemento radicalmente nuevo que revoluciona las bases del pdt o si su introducción representa un cambio secundario. Es decir, si es correcto demarcar una nueva etapa en la organización del trabajo en base a la aparición de la cadena de montaje.  

Si observamos el pdt de las ramas donde se introduce la cadena, en especial en la paradigmática industria automotriz encontramos que las labores del obrero continúan siendo manuales. Lo único que se ha mecanizado es el transporte de las piezas de un puesto a otro. Esta modificación no altera las calificaciones, la estructura salarial, ni la composición de la clase obrera. Los obreros mantienen sus pericias. Como éstas son diferentes para cada puesto, rige la escala jerárquica propia del principio de Babbage. No se ha simplificado el trabajo al punto de igualarlo: no cualquiera puede hacer cualquier tarea. Así, Robert Linhart al ingresar en la firma Citroen a fines de los ‘60, debe probar tres puestos antes de que se le asigne uno en el que pudiera cubrir el cupo mínimo de producción. Linhart pensó inicialmente que esto se debía a su escasa pericia manual propia de un estudiante proletarizado, pero sus compañeros de trabajo le contaron que esto ocurría con todos los ingresantes. Como en toda manufactura, es preciso seleccionar bien los trabajadores adecuados para cada tarea particular.[xiv]

Por otra parte, la cadena de montaje misma no es una novedad absoluta. Tiene como antecedentes una serie de mecanismos que responden a los problemas propios de la manufactura: el aislamiento de las tareas y la necesidad de un transporte eficiente entre las distintas secciones.[xv]

Si el trabajo de la mayoría de los obreros continua siendo manual y la cadena de montaje mecaniza sólo el transporte, la industria automotriz de los sesenta debe ser considerada una manufactura moderna. Consideramos este concepto más adecuado que el de fordismo porque permite resaltar las características centrales del trabajo, a saber su falta de mecanización. Por el contrario, la noción de “fordismo” diluye este rasgo. Al punto de pasar inadvertido para la mayoría de los estudiosos. En esto Braverman resulta más acertado que la corriente regulacionista: no ve al fordismo como algo radicalmente distinto, ni desconoce el carácter manual de estos trabajos.  

Finalmente, la noción de toyotismo es igualmente imprecisa. Por una parte incluye elementos ajenos al pdt como pautas gerenciales (just in time), normas de contratación (gran parte de la flexibilidad laboral) y formas de relacionarse con proveedores. En lo que respecta al pdt se trataría de  automatización, eliminación de la cinta de montaje, trabajo en grupos-nuevas formas de control,  polivalencia.

La automatización es, como lo señalara Marx, una de las principales tendencias de la gran industria. Por su parte, como la cadena de montaje es una necesidad de la manufactura moderna, es lógico que ya no sea indispensable bajo la gran industria. A su vez, en la gran industria en gran medida las formas primarias de control están objetivadas en la maquinaria y su ritmo automatizado, por ello para la gran industria el viejo sistema de capataces y otras formas de control manufactureras no resultan perentorias. Por el contrario, la gran industria es compatible con diversas formas de control del trabajo, entre ellas el trabajo en equipos. Finalmente la polivalencia o polifuncionalidad es una tendencia de la gran industria: mientras la manufactura exigía la especialización vitalicia del obrero, la gran industria al nivelar hacia abajo las calificaciones y no requerir habilidades o saberes especiales de los trabajadores abre las puertas hacia la polifuncionalidad. De esta manera, los principales rasgos del denominado toyotismo, a nivel del pdt se corresponden  con las tendencias fundamentales de la gran industria.

c. La rebelión del trabajo en los sesenta

Los obreros automotrices que lideraron durante los ‘60 la rebelión del trabajo pertenecen a la manufactura moderna. Las características de este régimen de trabajo explican el margen que tenían para desarrollar sus luchas. Efectivamente había un margen de control obrero sobre el trabajo, aunque no se debía a las razones que los radicales aducen. Respondía a que toda la organización de trabajo mantenía su base subjetiva y que el control no había sido objetivado en un sistema de máquinas.

Los trabajadores calificados retienen un mayor grado de control. Linhart describe el caso de 3 húngaros de Citroen que se habían organizado para, por turnos, trabajar de a dos mientras el tercero descansaba. Se trataba de obreros calificados que montaban piezas de cerrajería. Por su parte, en la firma Fiat en la Argentina los obreros de control de calidad de las piezas disponían de amplia libertad pues sus patrones no sabían el tiempo que demandaban sus tareas altamente calificadas. Hoy, prueba de las consecuencias de la gran industria, el trabajo está automatizado y ya no se puede regular su ritmo.

Pero la lucha de los obreros manufactureros sólo eclosiona en el contexto de alza de lucha de clases. Es decir, es un proceso que no se da en forma “autónoma” en la fábrica, sino que responde a un proceso político más general. Proceso en el que organizaciones políticas mayores están en juego.[xvi] La experiencia relatada por Linhart es la de un estudiante proletarizado que ingresa a la fábrica y organiza una huelga importante. Esta experiencia fue reproducida por miles de militantes. En la Argentina, las luchas relacionadas con el pdt se dieron de la mano del ascenso de los sindicatos clasistas que, junto con otras fracciones de la clase obrera y de la pequeña burguesía radicalizada, conformaron una fuerza social revolucionaria que desafió al capitalismo en esta región de Latinoamérica. Quizás, donde no se produjeron movimientos políticos de tal magnitud resulte lógico que se magnifique las resistencias cotidianas del trabajador, sin embargo éstas no pueden conformar el horizonte político de la izquierda revolucionaria. La misma experiencia europea muestra la intrascendencia de estas “luchas cotidianas por el control”. La actividad de los 3 húngaros de Citroen, era conocida y tolerada por la empresa, para la cual la misma era incluso funcional. El grupo sólo fue sancionado después de molestar verdaderamente a la empresa habiendo formado parte de la organización de la huelga relatada por Linhart.

Los casos actuales de luchas obreras por la defensa del control de trabajo pertenecen también a sectores manufactureros como los son los enfermeros o  los maestros. Los otros trabajadores no luchan por un poder que ya perdieron. La única manera de recuperarlo es colectivamente a través de la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción.

5. Las falacias de la crítica politicista

Como señalamos, la mayoría de los estudios posteriores cuestionaron a Braverman sus aciertos. De este modo, se le ha objetado por no mirar el lugar de trabajo como un espacio de lucha. AsíDavid Montgomery[xvii] señala que. “…se le ha prestado mucha menos atención a la otra cara de la moneda: el centro del trabajo como lugar de desafío concertado de los trabajadores …” (p.191) Bajo este supuesto intenta demostrar que los obreros resistieron e incluso vencieron momentáneamente al movimiento por la organización científica del trabajo en Estados Unidos. Sostiene que la organización del trabajo no responde a un determinismo tecnológico, sino a la lucha de clases. Así, la organización científica sería una respuesta a las iniciativas obreras previas. Si esto fuera así los cambios de la organización del trabajo no debieran seguir ningún patrón, ninguna legalidad. Sin embargo el paso a la manufactura primero y a la gran industria después, ha sido y continua siendo el camino obligado que todos los sectores económicos transitan en los distintos países, más allá de los zigzagueos coyunturales que la lucha de clases les imprime.[xviii]    

La obra de Montgomery ha tenido gran repercusión y es citada permanentemente como parte central de la evidencia que demostraría el carácter político del pdt y la capacidad de iniciativa y control obrero en el lugar de trabajo. Sin embargo, se trata de una obra débil, conformada por una recolección de ensayos apenas articulados. A nivel conceptual el principal problema radica en la ambigüedad del concepto de control obrero.

Apenas uno intenta establecer más concretamente cuáles eran las luchas por el “control” encuentra que éstas no son más que demandas sindicales: imposición de normas laborales, el reconocimiento sindical, el despido de los capataces impopulares, la regulación de las suspensiones de empleo o de los despidos, las acciones solidarias. Montgomery señala tres fuentes distintas del control obrero del trabajo. La autonomía del artesano, las regulaciones sindicales y la solidaridad. De una u otra manera todas tendrían una base, aunque fuera simbólica, en la primera. Los obreros a los que Montgomery llama artesanos pertenecen a una segunda o tercera generación industrial. No manejan el conjunto del oficio. Son especialistas, como sopladores de vidrio o armadores de calzado (p. 144.) Se trata entonces, en términos marxistas, de obreros manufactureros. Según  Montgomery, ellos tendrían una amplia autonomía en la forma de ejecutar su trabajo. Pero se trata de tareas ya bastante parceladas. Esa parcelación queda, desde un principio, por fuera de la “autonomía” con que el supuesto artesano autorregulaba su trabajo. Un trabajo como el armado del calzado no daba demasiado lugar a la autonomía obrera. 

Un segundo punto es que Montgomery hace hincapié en la autonomía de los artesanos para dirigir su propio trabajo y el de sus ayudantes y no en la falta de ella por parte de estos últimos. Del mismo modo, si bien da ejemplos de la actitud reaccionaria de los artesanos al rechazar el empleo femenino, minimiza esto en su idealización del artesanado. Cree que la legislación sindical separa los elementos positivos y negativos del artesanado y que surge como una continuación o explicitación de las reglas artesanales. Sin embargo, en  puntos cruciales representaba una ruptura con ellas, como en la limitación o prohibición de la contratación de ayudantes por parte del obrero. A pesar de la evidencia que él mismo presenta, no ve el carácter reaccionario del obrero de oficio y la necesidad de superarlo para dotar a la clase obrera de más homogeneidad y unidad en la acción.

Montgomery no llega a comprender que en muchos trabajos la paga a destajo implicaba ya una determinación externa respecto a la organización del trabajo. La tarifa del pago por pieza se establece en función del trabajo socialmente necesario, es decir del tiempo promedio en que una tarea es realizada. Para garantizar su subsistencia el obrero debe trabajar a dicha velocidad. No sólo eso: si ese tiempo social supone un determinado nivel de división del trabajo, el obrero domiciliario o quien trabaja a cargo de una cuadrilla deberá reproducir esa división del trabajo. Un estudio de las formas de división del trabajo dentro de las familias que trabajan a domicilio muestra un patrón muy repetido, esta falta de originalidad está dada por una compulsión externa al obrero cristalizada en la tarifa del pago por pieza.

Montgomery habla de autonomía cuando el trabajo ya está parcelado por el capitalista y, a pesar de que el tiempo de trabajo socialmente necesario computado en el destajo opera como una coacción externa hacia el empleo de ciertas formas de división del trabajo por parte del mismo obrero y su familia. Esta coacción impulsa al obrero a obrar contra su propia integridad física algo que no haría de trabajar en forma verdaderamente autónoma.[xix] Para defender la noción de autonomía Montgomery no solo debe pasar por alto estas cuestiones, también fuerza conclusiones de evidencia que demuestra lo contrario de lo que él quisiera. Así, señala que los inmigrantes “autorregulaban” su ritmo de trabajo, en especial, disminuyéndolo hacia el final de su jornada de 12 horas. Montgomery que no quiere pensar al trabajo solo como un espacio de alienación, termina por idealizarlo, transformando el mero cansancio físico en una prueba de “autonomía” del trabajador.

Esto no es todo, según Montgomery, la acción más común mediante la cual el obrero inmigrante ejercía  “control” sobre su trabajo era el abandono del mismo. Pero, abandonar algo es todo lo contrario de controlarlo. El abandono del trabajo prueba que las armas de la microresistencia obrera no son tan eficientes. Como relata Braverman, el agobio de la situación laboral de la que se busca escapar es tal que muchos ni siquiera van a buscar la paga.    

A Montgomery se le pueden hacer los mismos cuestionamientos que muchos le han formulado a Burawoy. Ambos equiparan las posibilidades de obreros y patrones poniéndolos casi en un plano de igualdad. La fábrica deja de ser entendida como el dominio del despotismo del capital, sino que es un espacio libre a las iniciativas de ambas partes. Para colmo, estas acciones dentro del lugar del trabajo se estudian en completa abstracción de lo que ocurre fuera. Así como cabe preguntarle a Burawoy en qué contexto los obreros consienten, a Montgomery le cabe la pregunta de en qué momento los obreros resisten con más fuerza. ¿No resulta llamativo que las demandas de control obrero surjan a finales de la década del 10 y a finales de los sesenta?

Como corolario, Montgomery separa y aleja el problema del “control obrero” de la izquierda y lo asocia nada menos que al Estado. Paradójico camino éste que comienza por la reivindicación de la autonomía y culmina en el Estado, pero, no es un caso aislado.[xx] Montgomery plantea que la IWW al concentrase en los problemas de los obreros descalificados desdeñaba la tradición de autonomía de los artesanos, que posponía el problema del control obrero hasta después de la revolución. Como contrapartida, en el tercer capítulo concluye que en el siglo XX la cuestión del control obrero y el Estado llegaron a estar inseparablemente entrelazadas. Naturalmente esa asociación debía tener su punto culmine en el New Deal. A pesar de describir las medidas represivas que lo acompañan, dice que “inicialmente ofrecía considerables mejoras (aunque limitadas) a la lucha de los trabajadores por el control” (p. 209).

Montgomery, al igual que Holloway,[xxi] con su descripción de ofensivas y contraofensivas muestra que las luchas laborales por si mismas no aseguran nada permanente. Pero igual se contenta con un horizonte de resistencia eterna. Sin embargo, ni Montgomery ni Holloway plantean nada más allá de estas luchas aisladas, sindicales, que asegure una victoria más permanente y elimine la alienación del trabajo.[xxii]

Conclusiones:

El pdt no es inmediatamente político. Las principales fuerzas que lo determinan son económicas y técnicas. Económicas: la unidad del proceso de producción y del proceso de valorización y, por ende, la compulsión generada por la competencia son los principales motores que impulsan el incremento de la productividad del trabajo. Técnicas: porque esa mayor productividad del trabajo se consigue por dos vías centrales: la división del trabajo y la mecanización. Las luchas obreras pueden acelerar o frenar este proceso (tal como ya lo ilustrara Marx en El Capital), pero no alteran sus características elementales.

El pdt tiene consecuencias políticas específicas que deben señalarse pero no sobredimensionarse, a saber: el pasaje a la manufactura y posteriormente a la gran industria reúne a los trabajadores en grandes fábricas[xxiii] y favorece así su acción común. El desarrollo de la gran industria favorece también la homogenización de los trabajadores, gestando la base para el pasaje de los sindicatos de oficio a sindicatos de rama. La forma que asume el pdt determina diferentes potencialidades para las luchas en el lugar de trabajo. Los trabajadores que no han perdido aun su carácter manufacturero ejercen todavía un mayor control sobre el trabajo y tienen más capacidad para enfrentar al capital en este terreno. De esta manera, la rebelión del trabajo en los sesenta fue protagonizada por obreros manufactureros (automotrices), tal como sucede hoy con enfermeros y docentes. Aún en estos casos el pdt no es el único determinante, puesto que estas rebeliones se extienden siempre en contextos de avances de la lucha de clases y no en los momentos de reflujo.

Quienes defienden la universalidad de la capacidad de control obrero sobre el trabajo tienden a embellecer la realidad laboral. Caen en el sindicalismo y el estatismo y ubican a las luchas por la regulación (control) obrero del trabajo capitalista en el centro de la escena política. En ello radica su profundo economicismo: la restricción de las luchas a su nivel sindical o económico. El mismo es acompañado por un fuerte determinismo tecnológico que parece suponer que las nuevas formas de organización del trabajo gestarán por si solas los nuevos movimientos de resistencia. El dominio de estas corrientes sólo puede explicarse por el período de reflujo de la lucha de clases, pero hoy la apertura de un nuevo ciclo revolucionario, que ya se manifiesta en Latinoamérica requiere volver a las bases del marxismo y volver a luchar ya no por el control obrero de la producción capitalista, sino por el poder obrero y la construcción del socialismo.


[i]Brigthon Labour Process Group (BLPG) constituye una de las pocas excepciones. Este colectivo revalorizó los conceptos marxistas y enfatizó acertadamente la importancia del desarrollo de la gran industria como la transformación fundamental en los procesos de trabajo. BLPG: “The capitalist Labour Process”, en C&C, nº 1, primavera de 1977.

[ii]Sheila Cohen critica correctamente ha quienes plantean que el pdt es político porque implica el problema del control. Señala que este control siempre se define vagamente y que esconde el problema de la explotación. Pero Cohen cree que el pdt es político porque allí tiene lugar la explotación. Consideramos que el lugar donde se desarrolla la explotación no determina el espacio donde ha de darse la batalla contra el sistema social que la genera. Sólo una lucha que trascienda la fábrica y las demandas y organizaciones sindicales podrá eliminarla. No es extraño que Cohen malinterprete el Qué hacer de Lenin –una obra escrita para defender la necesidad de un partido y la insuficiencia de la política sindical- forzando una cita contra el espíritu de la obra. Cohen, Sheila: “A labour process to nowhere?”, New Left Review, nº 165, sept-oct, 1987

[iii] Quienes continuaron usando los conceptos marxistas o no hacían investigación empírica (BLPG) o, como en el caso de Toni Negri, empleaban el léxico marxista sin una profundización teórica ni evidencia empírica. Así, Negri plantea que el taylorismo equivale a gran industria (Del obrero masa al obrero social. Entrevista sobre el obrerismo, Anagrama, Barcelona, 1980, p. 105). En otro momento plantea que en la gran industria aumentan las calificaciones obreras (“Valor y deseo o el poder del trabajo en los tiempos de la globalización”, en Rodaballo, nº 6/7 otoño invierno de 1997). Cada afirmación es incorrecta en si misma y ambas resultan incongruentes entre sí, pues llevan a la conclusión de que el taylorismo aumenta las calificaciones del obrero. Esta incongruencia muestra la liviandad teórica de Negri.

[iv] Friedman plantea equivocadamente que Marx presupone un creciente desarrollo del control managerial directo bajo el capitalismo. Con esto demuestra su desconocimiento del marxismo que pretende criticar. Friedman, Andy: “Responsible Autonomy versus Direct Control over Labour Process”, en: CyC, nº 1, primavera de 1977.Como veremos, Braverman al sobreestimar el peso y las posibilidades de desarrollo histórico de la manufactura, que el llama taylorismo, sobreestima las formas de control asociadas a ella. Por el contrario, Marx muestra que las formas de control varían de la manufactura a la gran industria.

[v] Quienes critican la tesis del deskilling han aportado sólo argumentos efímeros: ellos se les han vuelto en contra a medida que avanza la descalificación en las actividades que creían calificadas. Defendemos la tesis de la descalificación en un dossier editado por los autores en Razón y Revolución nº 7, verano de 2001.

[vi] Para un análisis marxista de la industria de la confección: A. F. Rainee: “Combined and uneven development in rthe clothing industry: the effects on competition and acumulation” en CyC, nº 22, spring 1984 y Pascucci Silvina: Costureras, monjas y anarquistas. Trabajo femenino, iglesia y lucha de clases en la industria del vestido (Bs. Aires, 1890-1940), Bs. Aires, Ediciones RyR, 2006.

[vii] Concordamos con Rowlinson y Hasard (RyH) en que los principales errores de Braverman se deben a la influencia de Baran y Sweezy. Sin embargo, discrepamos acerca de cuáles son esos errores. Creemos, además, que la investigación empírica aportada por Braverman puede ser reconceptualizada desde categorías marxistas y que sus principales tesis, la degradación del trabajo y la tendencia a la descalificación son ciertas. R.y H., por su parte, no aportan ninguna evidencia en contrario. Ry H: “Economiscs, politics, and Labor Process Theory”, en CyC, nº 53, verano de 1994.

[viii] También considera novedosos hechos que no lo son. Por ejemplo, la asociación entre pago por pieza y control del trabajo fragmentado que ya había sido notada y explicada por Marx: el destajo puede aplicar más ampliamente donde ya se ha subdividido el trabajo porque ello permite una medición más exacta, difícil cuando el obrero realiza una gran variedad de operaciones. Otra falsa novedad que Braverman atribuye al capitalismo monopólico es la relación entre cambios del trabajo y mercado mundial. Braverman describe cómo grandes compañías que revolucionaron el pdt requirieron del mercado mundial para desarrollarse. Sin embargo, Marx ya había demostrado que la gran industria, por su gran producción requiere del mercado mundial.

[ix] Como veremos, otras son las leyes salariales que dominan la gran industria.

[x] Braverman, Harry: “La degradación del trabajo en el siglo XX”, en Monthly Review vol. 34, nº 1, mayo de 1982, reeditado en Monthly Review, Editorial Revolución, Madrid, 1983, p. 53.

[xi] Queremos destacar cómo, a pesar de no conceptualizarlos del todo correctamente, Braverman conoce la materialidad de los procesos de trabajo sobre los que escribe. Reconoce que la industria automotriz se caracteriza por el empleo manual. Es consciente de que no se trata de la rama tecnológicamente más avanzada. En cambio los regulacionistas al dejar de centrarse en los procesos de trabajo (mirando más pautas gerenciales y de comercialización, regulaciones estatales o luchas obreras) no reconocen ya los elementos centrales de los procesos de trabajo. Así comúnmente confunden las ramas más atrasadas con la vanguardia de la organización laboral capitalista.

[xii] Marx, El Capital, Op. Cit. p.462. Marx contrapone la división que realiza el obrero, propia de la manufactura, al análisis del proceso productivo en sí, propio de la gran industria, donde éste se divide en sus componentes objetivos, que se resuelven por medio de la ciencia.

[xiii] Aglietta, Michael: Regulación y crisis del capitalismo, Siglo XXI, México, 1988, pp. 95 y 96. Para dar otro ejemplo, de lo que es un problema generalizado, Coriat tampoco hace referencia al carácter manual o mecanizado del trabajo al definir el fordismo. El mismo sería la producción masiva de productos estandarizados, compartiría los rasgos del taylorismo, pero tendría dos elementos nuevos: el sistema de cintas transportadoras, la estandarización y nuevas técnicas de ensamble. Ver, Coriat, Benjamín: “La restructuración de la línea de ensamblaje: una nueva economía del tiempo y el control” en CyC, nº 11, verano de 1980.

[xiv] Linhart, Robert: De cadenas y de hombres, SXXI, México, 1979.

[xv]“Para establecer y conservar el nexo entre las funciones aisladas, se vuelve imprescindible transportar continuamente el artículo de unas manos a otras y de un proceso a otro. Desde el punto de vista de la gran industria, se presenta esto como una limitación característica, costosa e inmanente al principio de la manufactura.” Marx, Karl: El capital, Op. Cit.,p. 419. A pesar de faltar más de 50 años para que la cadena de montaje fuera creada, Marx casi previó su invención. Esto demuestra la solidez de su concepción de las etapas del trabajo, que le permitió deducir la necesidad de perfeccionar un sistema mecánico de transporte de materiales.

[xvi] El avance de la lucha de clases puede arrastrar al personal de control hacia el campo obrero. En industrias manufactureras el control no está objetivado, sino que depende todo un cuerpo de supervisores y capataces. Con el ascenso de la lucha de clases parte del mismo podía ponerse del lado de los obreros. Así es como en la Argentina de los ‘60 los ingenieros de Fiat enseñaron a los obreros cómo medir la velocidad de la cadena y evitar que ésta corriera más rápido de lo pactado. Harare, Ianina: “Los obreros automotrices y sus luchas contra la intensificación del trabajo, (1970-1975)”, en Razón y Revolución, nº 17, 2º semestre de 2007.

[xvii] Montgomery, David: El control obrero en Estados Unidos. Historia sobre las luchas del trabajo, la tecnología y las luchas obreras. España, Ministerio de Trabajo y Seguridad, 1985 (1ª ed. en inglés, 1979, Cambridge University Press).

[xviii] Por ejemplo, en la industria gráfica y del calzado en la Argentina es posible discernir la coyuntura influenciada por la lucha obrera y el largo plazo donde se impone la lógica del capital. Kabat, Marina: Del taller a la fábrica, Ediciones ryr, Bs. As., 2005 y Bil, Damián: Descalificados. Proceso de trabajo y clase obrera en la rama gráfica (1880-1940), Bs. Aires, Ediciones RyR, 2007.

[xix] La paga a destajo obliga al obrero a descuidar su propia seguridad si quiere obtener un ingreso mínimo. Tres films retratan esto claramente, la Tormenta Perfecta, La clase obrera va al paraíso y Germinal. El obrero a destajo descuida en la mina, no pone vigas porque pierde tiempo en una tarea por la cual no recibe nada, pescadores que retornan a pesar de la tormenta por obtener un salario más alto, un obrero italiano manipula piezas de una máquina en movimiento para ganar más. Ninguna de éstas es una decisión autónoma como no lo es la extensión de la jornada laboral de los obreros domiciliarios pagados a destajo.

[xx] Negri, tras plantear que las demandas salariales equivalían a una lucha por el poder, en los 70 se radicaliza bajo la influencia de …Keynes (Del obrero masa… op. cit.)

[xxi] En “La rosa roja del Nissam” (Cuadernos del Sur, nº 7, 4/1988) Holloway plantea que no debemos lamentarnos por la explotación y el dominio del capital que él describe, dado que el mismo fue una respuesta a las luchas obreras. Parece llamarnos simplemente a esperar que nuevas luchas emerjan espontáneamente de las nuevas formas de dominación y organización del trabajo. El elemento político activo está completamente ausente, se trata de un burdo determinismo tecnológico. Por otro lado está presente la misma resignación propia de Montgomery, frente al balance de luchas previas no hay ninguna preocupación de por qué se perdió –algo que parece haber sido casi inevitable- o cómo se puede triunfar, sino la simple esperanza en una resistencia perenne.

[xxii] Precisamente, como no parece confiar en nuestro triunfo, Montgomery recomienda acciones menores que no generen una fuerte reacción. Así considera la resistencia artesanal más efectiva que las luchas sindicales, pues estas en muchos casos sólo lograron provocar la contraofensiva burguesa.

[xxiii] Esto que Marx señala ya en el Manifiesto comunista es sobredimensionado por Tony Negri quien habla de “autovalorización” , porque los trabajadores aprovechan las condiciones que crea el capital para comunicarse más entre sí.


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