Por Eduardo Sartelli
Analizando el ciclo del capital productivo, Marx señala la existencia de un desfasaje en el proceso de circulación del capital y el aniquilamiento de la mercancía producida, es decir, su consumo. Ese desfasaje se produce entre el capital mercantil (no como función sino ahora como otra rama de la actividad económica) y el capital industrial. En un punto de la circulación productiva del capital, la mercancía producida, M’, que representa un valor superior, porque contiene plusvalía, a la mercancía punto de partida, M (y también un valor de uso distinto, obviamente), el capital pasa a la función mercantil, como capital mercantil, para convertir a M’ en D’, que es un capital monetario superior, porque contiene plusvalía, a D, el que inició el ciclo. Este D’ (el dinero realizado por el capital industrial en función mercantil) se convertirá inevitablemente en “nuevo” D en alguna magnitud, como punto de inicio del nuevo ciclo: igual a D original, en la reproducción simple, equivaliendo la plusvalía al rédito; mayor a D original, en la reproducción ampliada, en tanto mp (medios de producción) resulta ahora inferior a mp’, porque este último incluye plusvalía capitalizada. En este punto, la circulación del capital productivo continúa su marcha, con independencia de que el capital propiamente mercantil pueda sacar de la circulación a las mercancías compradas, que entran así en el campo del consumo (productivo o final, da lo mismo). Este desfasaje comienza sin que el capital industrial lo perciba:
“Mientras se venda el producto, desde el punto de vista del productor capitalista todo se desarrolla normalmente. El ciclo del valor de capital que representa, no se interrumpe. Y si se amplía este proceso, lo cual implica consumo productivo de los medios de producción, esta reproducción del capital puede ir acompañada de un consumo (y, por tanto, demanda) individual ampliado por parte de los obreros, puesto que viene introducido y mediado por el consumo productivo. De este modo, la producción de plusvalía y, con ella el consumo individual del capitalista pueden crecer, todo el proceso de producción puede hallarse en el estado más floreciente, y, sin embargo, una gran parte de las mercancías sólo puede haber entrado en apariencia dentro del consumo, mientras que en realidad quedan invendidas en manos de los revendedores, de hecho, pues se hallan todavía en el mercado. Ahora bien, una oleada de mercancías sigue a otra, hasta que por último se comprueba que la oleada anterior solo ha sido absorbida por el consumo en apariencia. Los capitales mercantiles se disputan mutuamente su lugar en el mercado. Los rezagados, para vender, venden por debajo del precio. Las oleadas anteriores aún no se han liquidado cuando vencen los plazos para pagarlas. Sus poseedores tienen que declararse insolventes o vender a cualquier precio para poder pagar. Estas ventas no tienen absolutamente nada que ver con la demanda de pago, con la necesidad absoluta de convertir las mercancías en dinero. Entonces estalla la crisis. Esta se manifiesta no en la reducción inmediata de la demanda consuntiva, de la demanda para el consumo individual, sino en la reducción del intercambio de capital por capital, del proceso de reproducción del capital.” (El Capital, tomo 2, p. 93 de la edición de Akal)
Es esta lógica de funcionamiento de la circulación del capital la que le permite a Marx poner en pie la primera premisa de una teoría de la crisis que se desarrollará en el tomo III: la crisis adviene con la no realización del valor, es decir, su pasaje definitivo a la esfera del consumo, su aniquilación como uso del valor, precisamente, de uso. Esta premisa no es la teoría misma de la crisis, sino solo eso: una premisa. Dicho de otro modo, la crisis se va a manifestar como subconsumo (en otro momento de la exposición aparecerá, cuando se hable de la desproporción entre sectores, como sobreproducción), pero no es de subconsumo.
De modo que aquí el subconsumo es solo la forma en que la crisis aparecerá frente a nosotros y se manifestará como deflación. Los productores, desesperados, intentarán vender cada vez más bajo. La intervención voluntaria (la voluntad de un Estado) de una moneda falsificable legalmente, es decir, la emisión monetaria no respaldada en el conjunto de la actividad económica, dará a la crisis la apariencia de estanflación: superficialmente parecerá que los precios suben mientras la actividad económica se desploma, pero en realidad lo que sucede es el progresivo desaparecer de esa moneda espúrea, que no representa valores reales. En el caso argentino, la inflación es en la moneda que desaparece progresivamente (el peso), pero la deflación se expresa en el ascenso del dólar. El país se vuelve muy caro para sus habitantes pesificados, pero muy barato para los extranjeros dolarizados. De allí la corrida hacia el dólar sistemática, permanente y, por momentos, desesperada: todos quieren escapar de una moneda que se evapora. El abaratamiento del país en términos de moneda real, es decir, la violenta deflación que se produce en el mundo de la economía real, allí donde rige la moneda real, en nuestro caso, el dólar, simplemente traduce el menor valor de la fuerza de trabajo local o, lo que es lo mismo, el ajuste de su valor real a precios internacionales. De allí que toda devaluación simplemente reconoce esta desvalorización, o lo que es lo mismo, este empobrecimiento generalizado de la población.
Como sea, este subconsumo simplemente es la expresión inmediata de un proceso que pasa en otro lado (la caída de la tasa de ganancia), que termina estallando como resultado inesperado por las deficiencias de la planificación capitalista. Si hubiera un planificador central y propiedad colectiva, este proceso nunca podría producirse más que marginalmente. En tanto ausencia de planificador central y presencia de propiedad privada, la planificación capitalista solo opera a nivel de empresa, condicionada por la anarquía del mercado: no sé si lo que produje va a ser vendido porque la decisión productiva fue tomada sobre la base de un insumo cognitivo pasado, mientras la realización del valor se consuma en un escenario desconocido hasta el momento mismo de su efectivización, donde se encontrarán muchas decisiones aisladas que convergen en tiempo y espacio. Cuando la realización del valor no se consume, el capitalista volverá a su casa a ajustar las tuercas, a modificar su planificación, pero ya es tarde, para la sociedad y, probablemente, también para el capitalista individual.
La planificación capitalista es una planificación ex post, es decir, solo trata de reparar, contener, convivir con una catástrofe que ya se ha producido. A esto, los apologistas del sistema suelen llamarlo “destrucción creativa”, pero es, en realidad, destrucción inútil, innecesaria, excesiva. Como consecuencia, el sistema productivo capitalista, no solo ofrece resultados subóptimos en términos sociales, sino, más interesante aún para la discusión puramente económica, en términos inmediatamente económicos. Por mucho que el capitalismo sea el más productivo de los sistemas productivos hasta ahora inventados, no tiene mucho para ofrecer frente al socialismo, es decir, la planificación ex ante. Algo que la Argentina necesita urgentemente, claro que eso supone una transformación de las condiciones sociales que construyen su economía: la propiedad colectiva. Hasta tanto no se arriesgue a la transformación necesaria, será destino perseguir de atrás a la catástrofe que siempre se nos adelanta.
