Beethoven, Vivaldi, Hegel y Marx


Por Eduardo Sartelli

Estaba yo, como siempre, distraído. En la elaboración de La Cajita II hay muchas cosas que pensé que tenía bien soldadas y que ahora, que me pongo, encuentro débiles. Y uno se obliga a revisar. Re-lectura completa de los tres tomos de El Capital, no solo para refrescar puntos aquí y allá, sino para concentrarme en un problema, el de las transferencias de valor, a los efectos de entender de otro modo que la conspiración del destino y la necesidad necesaria, la dependencia y el imperialismo, el funcionamiento de la economía argentina. Ese problema es una derivación de EL PROBLEMA de la economía marxista, la transformación de valores en precios: cómo, partiendo de valores individuales se llega al trabajo socialmente necesario, es decir, los precios de producción. En La Cajita I lo explico, aunque sin detalle, porque allí me interesa mostrar al lector algo muy específico, es decir, que la economía marxista es mucho más compleja de lo que cualquier ignorante liberotario puede imaginar.

En estando en esto, como siempre, me distraigo, porque la línea Harvey, Heinrich, Fine&Harris, etc., me pone de mal humor. Sospecho que tienden a confundir trabajo abstracto y socialmente necesario: “el mercado despoja a los tipos de trabajo individuales de su individualidad y los hace conmensurables en tanto que trabajo abstracto”, dicen F&H en la p. 42 de Para releer El Capital. Pero, lo que se opone a trabajo abstracto es “concreto”. Debiera decir: “el mercado despoja a los tipos de trabajo de su individualidad a través del patrón del trabajo socialmente necesario”. O: “el mercado despoja a los tipos de trabajo concretos de su concretitud y los hace conmensurables en tanto que trabajo abstracto”. El pasaje de concreto a abstracto hace que el trabajo particular resulte conmensurable. El pasaje de individual a socialmente necesario hace que se nivele la tasa de ganancia, que cada capitalista reciba el valor que le corresponde y cada mercancía el valor que realmente tiene. Todo el resto de la página 42 está mal. Por ejemplo:

“Para que el precio de producción sea una forma de valor se necesita una transformación: transformación que proceda de un nivel de abstracción a otro o, de otra manera, que capte la integración de la producción, el cambio y la distribución.”

No: no son niveles de abstracción sino cambios de forma. Por eso se llama “transformación”. El valor no es más abstracto, es más social.

Así que me hacen enojar y me distraigo. Y como sucede en esos casos, hay como una melodía de fondo que me empieza a sonar, como si fuera un pajarito que golpea la ventana. No me queda otra que prestarle atención, porque me parece que es la estructura de El Capital la que, o ha mareado a los mencionados o me ha mareado a mí. Y ahí me viene que la estructura de El Capital, algo que alguien ya debe haber junado, porque cada vez que tengo una idea que me parece genial ya hubo otra que la pensó, es la misma que la de la Fenomenología del espíritu: el análisis de lo inmediatamente real a sus componentes más elementales; la reconstrucción del orden de las estructuras elementales en abstracción de la totalidad, que se irá incorporando en las siguientes etapas. En una segunda etapa, se abstrae, todavía la totalidad y se supone dada la primera. De tal manera, supuesto y abstracción se transforman en la contradicción que va a moverse al tercer paso, donde vemos a la totalidad absorber como supuestas las etapas anteriores. El tercer paso es la verdad del objeto: la exposición del conjunto, junto con el camino que ha llevado allí. Por eso, me parece que las Teorías de la plusvalía son un libro innecesario, o tal vez, el inicio de un nuevo movimiento, que quizás lleve a otra serie. Pero seguro, esto es una tontería o ya se le ocurrió a alguien. O las dos cosas.

Mientras tanto, me distraigo, como siempre y me aparto de la lectura, porque me doy cuenta que la melodía que me está “molestando” es el comienzo de la 6ta Sinfonía. Luego, busco la versión de Baremboim y la West-Eastern Divan Orchestra y empiezo a escucharla y me asalta una duda: ¿por qué me suena (o me resuena) la Primavera de Vivaldi? Voy de nuevo a Youtube y la pongo, cualquier versión. Y ahí está: no sé qué, pero algo en común hay. Las escucho y me parece que hay como una diferencia cualitativa: Beethoven tiene una “historia” y Vivaldi no. No es totalmente cierto, porque los tres movimientos de la Primavera describen un ciclo. Pero es eso, un ciclo. No es una historia: siempre que llovió, paró. Un virtuosismo de la repetición. Variación sin drama. Drama es lo que corresponde a Beethoven. Drama es El Capital, la Fenomenología del espíritu. Una historia abierta. Ahora ya me parece que las grandes obras de Beethoven tienen la misma estructura de la Fenomenología y El Capital.

Seguro estoy siendo injusto con el Barroco, del cual me aparecen ofertas en la columna derecha de la página, entre las cuales aparece un video del buen amigo Altozano, esta vez sobre Chopin y la tuberculosis. Y ya me distraje de nuevo, porque Chopin es el individuo que se siente abandonado a la buena de quién sabe. Algo le pasó a ese individuo de la Tercera, de la Quinta, que cree que va a llevarse el mundo por delante, que todavía en la Sexta está feliz, tiene una alegría desbordante, que no es la alegría contenida de la Primavera. Porque la alegría de la Primavera es como me decía mi vieja cuando yo me reía demasiado (a su juicio) y la molestaba, sobre todo cuando ella miraba la novela. En ese momento mi vieja me decía: “esa alegría trae llanto”. Y yo no sabía si era una observación del orden de lo metafísico o si se refería a algo muy pedestre que yo no entendía. Evidentemente, era esto último, porque cuando se cansaba venía el sopapo y a callar, porque la Muchacha italiana había venido para casarse y no podía ser que mi risa desproporcionada matara el talento lacrimógeno de la pobre Alejandra da Passano. Así que, evidentemente, mi risa traía llanto, era muy barroca.

Así que, me distraigo con Altozano y su cuento sobre el pobre polaco atormentado por la tuberculosis y vuelvo sobre la misma idea: a este muchacho, el individuo de la Revolución Francesa, algo le pasó. Ya con la Novena nos vemos arrastrados a una “alegría” universal como esperanza, es decir, como algo que no es en acto, que no está aquí. Tal vez sí en el futuro. Ahora, no. De modo que este pobre polaco, atormentado por las gotas de lluvia que se cuelan por el techo y la enfermedad que avanza, está como en sus cosas. Todavía le queda una aventura, la del nacionalismo tardío a la italiana. Todavía podría ser un héroe del Risorgimento, a la Garibaldi. Pero es polaco y no le toca una tan exitosa como esa. Así que, esa estructura de El Capital se aleja del mundo real, porque el individuo ya no está para nuevas hazañas, para hacer Historia. Salvo que se haga socialista, claro. Bueno, todo esto, para decir que se afilien a Vía Socialista.


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