Los bronces y la vida


Publicado hace casi 30 años en Clarín, refleja los problemas que tienen los docentes de Historia, cuando deciden ejercer su profesión con dignidad y sin temor a las palabras. ¿Belgrano era gay?

Por Eduardo Sartelli

¿Qué preguntan los alumnos de secundaria? Hay dos casos recurrentes: 1) la vida privada del bronce: «¿Belgrano era homosexual?»; 2) la «verdad» sobre la historia reciente: «¿Quiénes eran y qué querían los subversivos?» Pero la más temida por los profesores es: 3) «¿Para qué sirve la historia?».

Es fácil contestar la primera: el cuadro fue pintado mucho después por alguien que no conoció al personaje, y además no importa porque las virtudes políticas no están atadas a las opciones sexuales. Las del segundo tipo, si el profesor no esquiva los temas incómodos y tiene los conocimientos suficientes (normalmente no los tiene porque se supone que los últimos 20 años caen fuera de su competencia…), tampoco ofrece más problemas que enfrentar las iras de un adulto que grita, a quien quiera escucharlo, que el «zurdito» del profesor le «llena la cabeza» a su hijo.

La tercera es un verdadero dolor de cabeza. La historia «del secundario», les digo a mis alumnos, sólo existe para negarse a sí misma. Para que los alumnos se aburran y la consideren banal y descartable, porque nunca trata de nada que tenga que ver con sus vidas. En consecuencia, nunca tratarán de entender la sociedad en que viven recurriendo a ella. No encontrarán auxilio en libros de historia para los problemas políticos que se les plantea.

La historia del secundario, insisto, se neutraliza a sí misma. El potencial revolucionario de la reflexión sobre el lugar que se ocupa en la sociedad, esencial para defender lo que se quiere y para cambiar lo que no se quiere, muere por la misma mano que debió insuflarle vida.

Un buen profesor de historia debe enseñar a leer el diario. A entender en dónde y por qué estamos como estamos. Es una pregunta que quema porque cuestiona la función del docente. Si uno eligió una posición de combate en torno a esta pregunta, las otras se responderán solas. Porque lo que los alumnos preguntan tiene que ver con lo que no se quiere que se les responda: del Proceso y de los militares, pero también de la miseria en la que vivimos y otras realidades que atraviesan el conjunto de la historia humana: la esclavitud, la explotación feudal. Es decir, de lo que podemos cambiar.

Los jóvenes intuyen lo que todos intuimos: tras la apacible página del «manual» se esconde el secreto más terrible, el que explicaría lo que, a falta de poder entender, el profesor obliga a memorizar. De allí surge la inquietante sensación de que el mundo no es como parece, de que nos están escamoteando algo verdaderamente grave. Preguntas en apariencia soeces, remiten a la contradictoria necesidad de conocer aquello que acecha en la oscuridad.

Responder a esta pregunta equivale a quemar las naves. Una vez pasado ese umbral, no se puede retroceder: ha de contar todo aunque más de una vez le cueste el trabajo.

Porque no se puede narrar «apaciblemente» la historia del apocalipsis. Ante las preguntas que queman un buen docente tiene la obligación de arrimar leña al fuego. Se habrá transformado para padres y autoridades en un profesor indeseable. Pero sus alumnos se lo agradecerán.


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