El origen del «relato». La ideología bonapartista del kirchnerismo como emergencia de un momento de la vida social argentina

Un esbozo de reconstrucción del proceso de formación de la ideología kirchnerista. Último capítulo de la compilación de investigaciones de docentes y alumnos de la cátedra que dirijo en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, coordinada con Marina Kabat. Publicada bajo el título Mentiras verdaderas. Ideología, nacionalismo y represión en Argentina (1916-2015), Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras, UBA, 2017.


Entre las ilusiones liberales acerca del funcionamiento de la vida política, una de las más alejadas de la realidad es aquella que pretende que el gobierno es el punto de llegada de un “proyecto”elaborado a priori. Los “actores” del “juego” político organizan un discurso coherente que responde al “bien común”. Ese discurso brota de ciertas perspectivas “filosóficas”, de un conjunto de valores ex ante, cuyo origen no tiene explicación. Los actores se lanzan a la lucha con ese bagaje conceptual, llegando a la posición que habilita realizar esos valores, el gobierno, luego de una compulsa más o menos racional cuyo jurado es el cuerpo ciudadano, el “pueblo”.

Esees el mito. La realidad es bien otra. De Maquiavelo a Marx sabemos perfectamente que la “política” es la actuación de intereses, no de valores. Que los intereses porten “valores” es otra discusión. Pero son aquellos y no éstos los ejes en torno a los cuales se organiza el “discurso” ideológico. Existe, sin llegar a los extremos que plantean Laclau y Mouffe (1987), un cierto desplazamiento entre “ideología” e intereses, de modo tal que un conjunto determinado de ellos puede servirse, alternativa o simultáneamente, de varias y hasta contradictorias formaciones ideológicas.Esas construcciones se organizan en el movimiento mismo, no lo preceden, sobre todo cuando hablamos de regímenes que se caracterizan por emerger en contextos de crisis del conjunto de la estructura política burguesa como es el bonapartismo. Pero esas organizaciones “momentáneas” trabajan con un material pre-existente, lo que hace creer a muchos que el “programa” ya está antes del “momento” constitutivo. En este texto examinaremos precisamente eso: cómo emerge, en el marco del ascenso bonapartista, la formación ideológica que ha dado en llamarse “relato kirchnerista”, que no estaba prefigurado en un programa a priori, pero que se construye con materiales pre-existentes.

El ascenso del bonapartismo kirchnerista

La crisis que alcanza su punto más alto en las jornadas de diciembre y enero de 2001-2002 da por tierra con todo un régimen político: la democracia burguesa instalada como salida de la dictadura militar. El conjunto de relaciones políticas que la organizaba, centrado en la alternancia de dos grandes partidos que ordenaban los intereses del conjunto de la población, la UCR y el peronismo, salta por los aires y da paso a una descomposición generalizada de tales relaciones. La crisis no llega a ser orgánica más que de modo incipiente y potencial, pero cumple con los criterios canónicos leninistas: los de arriba no pueden gobernar como venían haciéndolo; los de abajo, ya no soportan el yugo.

La escueta fórmula citada reúne las condiciones mínimas para el inicio de una crisis potencialmente revolucionaria y, en el caso que analizamos, tiene validez si insistimos en que la profundidad a la que llegó no perforó mucho más allá del sistema político. En efecto, aunque la emergencia del movimiento piquetero, del movimiento de fábricas ocupadas, del club del trueque, de la crisis del sistema financiero y las protestas de ahorristas y fenómenos por el estilo, anunciaban que el proceso continuaba hacia abajo, afectando incipientemente al conjunto de las relaciones sociales más básicas, resulta claro que es sobre todo la superestructura la que recibe el impacto más fuerte. No soporta la emergencia de un conjunto de intereses que se expresan todos juntos en una consigna poderosa en apariencia, pero que oculta, en su vaguedad, fuerzas que empujan en sentido contrario: “Que se vayan todos”. Para evitar que se produzca en el interior de ese vasto conglomerado un proceso de concentración hegemónica con un potencial desestabilizador aun mayor, resulta imprescindible a la burguesía la recomposición de un sistema de relaciones políticas capaz de absorber y canalizar esas energías sociales, separar y aislar las más disruptivas, cooptar las compatibles con la reconstrucción del dominio burgués y configurar un centro estable en torno al cual asentar la nueva hegemonía. Que ello resulte “necesario” al conjunto de la burguesía, no significa que no sea una fracción de ella misma la que tenga que imponérselo al resto contra su voluntad. Es decir, como resultado de una lucha en su interior.

Históricamente, la burguesía puede resolver una situación de este tipo de dos maneras: mediante un ataque frontal o mediante una maniobra dilatoria y absorbente. Para el primer tipo de solución se requiere de una unidad profunda de la clase hegemónica, ya sea mediante un acuerdo interno (normalmente, una dictadura) o por la imposición de una fuerza externa (el fascismo). El primero suele ser el resultado dela debilidad de las fuerzas “populares”. El segundo solo se impone en casos de extrema descomposición, ya no del sistema de relaciones políticas sino del Estado mismo. Ciertas formas de emergencia social requieren intervenciones “consensuales” y se producen normalmente cuando las fuerzas sociales antagónicas ya han sido derrotadas. Así, la democracia burguesa aparece ante el fracaso de experiencias “extremas”, cuando éstas ya han cumplido su función histórica de asegurar el dominio en su aspecto más represivo (como las dictaduras militares), o ante crisis políticas menores, que no llegan a conmover al conjunto del sistema político (Mayo del ‟68).

Hay situaciones, por otro lado, que se encuentran a mitad de camino. En ellas, la crisis no llega a ser la del Estado como tal, pero síladelrégimen político. Limitadas, esas crisis tienen, sin embargo, una potencialidad mayor, porque los intereses sociales de las fuerzas enfrentadas no pueden ser organizados bajo la hegemonía de la clase dominante. La emergente, por su parte, no ha logrado, todavía desplegar toda su potencia. En este “empate” social, la política se reorganiza por medio de un régimen que, representando los intereses generales de la burguesía, debe reconocer en grado superlativo los más agudos intereses particulares del proletariado y sus aliados. Esta peculiaridad de origen le otorga al bonapartismo su carácter bifronte, pero también su autonomía frente a los protagonistas de ese empate (Marx, 1999). El bonapartista se eleva por encima de los contendientes, no depende estrictamente de ninguno de ellos y se apoya en unos para contener a los otros, en una danza interminable.

El personal político del bonapartismo expresa esta dualidad y autonomía: habiendo caído en desgracia el conjunto del personal político histórico, los bonapartistas provienen de los arrabales del sistema y del Estado, aventureros sin vínculos firmes con ningún agrupamiento social específico, con ideologías que en realidad son fragmentos recompuestos de las que caracterizan a las diferentes clases. Luis Bonaparte, Juan Domingo Perón, Hugo Chávez, corporizan esas cualidades casi a laperfección.

Todos los bonapartismos nacen de una crisis de características revolucionarias. La autonomía del bonapartista depende mucho de la magnitud de la crisis. Obviamente, también de los recursos que tenga para enfrentar la crisis. Pero los recursos no crean el bonapartismo. Dicho de otra manera, la idea según la cual la renta agraria explica el peronismo es absurda. El peronismo se explica por la lucha de clases. La existencia o no de recursos es aleatorio, entre otras cosas porque ellos pueden aparecer con relativa facilidad para financiar una experiencia breve en un país de tamaño menor como la Argentina, por ejemplo, mediante el endeudamiento. Además, la magnitud de los recursos necesarios depende mucho del estado de conciencia de las masas movilizadas, es decir, contra qué miden ellas sus demandas: las del ciclo 2001 son indudablemente bastante más modestas que las del que abre el Cordobazo. Es decir, no existe una “magnitud” de recursos a priori que resulten necesarios para sostener una experiencia bonapartista. Por último, los recursos pueden aparecer después del comienzo de la experiencia bonapartista. De hecho, el alza de la soja, el principal soporte del kirchnerismo, recién adquiere su rol relevante dos o tres años después de iniciado el gobierno de Néstor Kirchner.

El proceso que dio lugar al kirchnerismo ya fue contado en otro lado (Sartelli, 2007), aquí lo resumiremos en poco más de un párrafo. La Convertibilidad fue sostenida por una alianza social que tomó el nombre de “menemismo” y que se basada en un incremento de la capacidad de consumo del proletariado en activo en blanco perteneciente a los grandes sindicatos, la pequeña burguesía y las grandes empresas nacionales y extranjeras. El eje de la alianza fue la sobrevaluación del peso. En un comienzo la devaluación bajó los costos internos, sobre todo en términos de la fuerza de trabajo. La recesión inicial, comenzada a fines de 1988 y que se prolongó hasta 1992, creó el cuadro para la devaluación y la regimentación del movimiento obrero. Las privatizaciones y las inversiones extranjeras tuvieron el efecto de apurar la concentración de capital y aumentar la productividad interna, en particular en algunos sectores clave, como comunicaciones y energía. El endeudamiento atizó el fuego del mercado interno permitiendo el despliegue inicial de muchas “pymes” y una recuperación del mercado de trabajo. Una vez que el efecto devaluatorio se perdió, la sobrevaluación del tipo de cambio, que contrastaba con una productividad que no lograba acortar distancias con la reinante en el mercado mundial, dio paso a una segunda etapa donde la capacidad de compra internacional del peso (transformado en dólar por la Convertibilidad y abastecido por el ascenso de la deuda) abarató las importaciones. Tanto la concentración y centralización del capital operadas en relación o no con las privatizaciones como la competencia de la mercadería importada, dieron paso a una caída brutal del empleo y a un proceso de quiebras masivas de pequeñas y medianas empresas, igual que a una creciente extranjerización de la economía. Quienes tienen empleo mantienen un poder de compra muy elevado; quienes caen en la desocupación, entran a la miseria más absoluta; las empresas que importan se enriquecen; las que producen se encuentran con problemas de competitividad creciente, sobre todo las más débiles del mercado interno.

Se va formando, de esta manera, una alianza anti-Convertibilidad que va a darse como programa la devaluación, la recomposición del mercado interno yelsubsidio a la desocupación. Pero otros procesos confluyen con los económicos: la política sindical, sintetizada en el término “desregulación”; la de derechos humanos, concentrada en la amnistía; la descomposición de las relaciones políticas, expresada en la crisis del peronismo con las masas y en la corrupción política. Se completa así el programa con demandas que se formulan como “anti-neoliberalismo”, por el juicio y castigo al personal de la Dictadura y por la reforma de la Justicia, en particular de la Corte Suprema. Se trata de un programa que podríamos caracterizar como “republicano, nacional y popular”, acaudillado sobre todo por la burguesía mercado-internista más débil.Otro programa comienza a desarrollarse, aunque muy incipientemente, con características revolucionarias. Sus principales impulsares serán las fracciones más pauperizadas de la clase obrera, en particular, la capa de la población sobrante (“piquete”) y la pequeña burguesía (“cacerola”).La dirección inicial contra la Convertibilidad recaerá primero en la gran burguesía local (incluyendo sus expresiones agrarias) y sectores del capital extranjero, para ir pasando hacia fines del 2001 a los sectores más movilizados (el “movimiento piquetero” en sus dos alas, la reformista y la revolucionaria). Gran ausente del proceso es la fracción en activo de la clase obrera, sólo presente por los docentes y, en menor medida, los estatales.

La lucha contra la “Convertibilidad”, es decir, contra lo que ella representa, se mantiene en alza hasta bien entrado el 2002. No será hasta que el gobierno de Duhalde cree un nuevo cuadro económico, devaluación mediante, y social, con la expansión masiva de los diversos “planes”, la licuación de pasivos empresarios y la pesificación asimétrica, así como el rescate de los sectores más endeudados, que el movimiento tenderá a entrar en un reflujo relativo. Lo que Duhalde dejará sin hacer es la tarea que se extiende más allá de lo económico. El Kirchnerismo se armará, no tanto a partir de allí, basado en recursos todavía inexistentes a la escala que se verán más adelante, cuanto en relación a las otras “demandas”. La renovación de la Corte y la reapertura de los juicios de lesa humanidad, serán los sellos distintivos de los primeros momentos del bonapartismo en formación. El resto de los elementos (el nacionalismo, la política de medios, la ampliación del sistema de subsidios, etc.) se irán agregando lentamente y no llegarán a coagular en un relato coherente sino después del conflicto con el campo, en 2008. Es en ese momento que los sectores intelectuales, que hasta allí acompañaban implícitamente la política en marcha, se lanzan a su defensa abierta y se estructuran como su expresión ideológica. El evento más importante, en ese proceso, es el surgimiento de Carta Abierta. El “relato”, es decir, la ideología propia del bonapartismo, tomará fragmentos de los programas en lucha en la coyuntura anterior y se construirá sobre las debilidades ideológicas históricas de la izquierda argentina y las fortalezas de la vasta experiencia bonapartista de la burguesía “nacional”.

El arte, la cultura y la gestación del relato

Hemos visto que el bonapartismo es, básicamente, un dispositivo expropiador. Es decir, cumple una función conservadora. Lo peculiar de su intervención consiste en su emergencia “por izquierda”, como respuesta a las presiones de la crisis. Teniendo en cuenta que este es apenas un esbozo de un tema más vasto y que no podemos entrar en los detalles, nos concentraremos algunos elementos del “relato” K.

  1. La clase media y su necesidad de épica

La necesidad de un “vengador”, de una figura individual que encarne la rebeldía social, en un contexto de desestructuración política como la de los años ‟90, surge como un tema ideológico recurrente y poderoso.[1] Es el camino que va desde Matador, de los Cadillacs (1993), hasta Resistiré, la telenovela protagonizada por Celeste Cid y Pablo Echarri, pasando por Bandidos rurales, de León Gieco (2001). La “resistencia”, o su versión popular, el “aguante”, es el tópico dominante en esta ideología, muestra de un proceso político en el cual el conjunto de las fuerzas que se disputan la dirección del enfrentamiento contra la Convertibilidad no parecen tener confianza en acciones ofensivas. Es síntoma de un estado de conciencia que privilegia las acciones defensivas. Quizás la muestra pictórica de Pablo Suárez,El escaso margen, de 2003 sea el último testimonio de una mirada desesperada acerca del futuro, donde los personajes se aferran dramáticamente al borde de un abismo sin esperanza.2

Sin embargo, el proceso ya ha producido para entonces dos figuras que, icónicamente, sintetizan el sentido que va tomando el proceso luego del 2001: la imagen de Maximiliano Kosteki, de Diana Dowek, expuesta en la muestra de 2005, Artistas por Kosteki y Santillán; el éxito notable de la mini-serie Montecristo, en 2006, protagonizada por Paola Krum y Pablo Echarri.[2] En el primer caso, es la línea en la que va cerrándose la experiencia más importante del 2001, la del movimiento piquetero. El asesinato de Kosteki y Santillán marcó el fin del gobierno Duhalde y el inicio de la salida bonapartista. La pintura de Dowek muestra a Kosteki en situación de Cristo en la cruz, como el mártir de un movimiento que recién empieza, en tanto, Maxi, muerto, muestra color en sus mejillas. Está vivo, pero para las futuras generaciones. El segundo caso es la inversión del primero, es decir, la declaración de la muerte del Argentinazo, el nacimiento del bonapartismo que se impone.

En efecto, Montecristo resultó en un impacto de público inesperado, mostrando que algo en su historia reflejaba cierto consenso ideológico en el ambiente. Su protagonista, Echarri, devendría luego en actor “militante” del kirchnerismo. La historia es conocida: alguien vuelve para vengarse de una injusticia. En este caso, un “desaparecido”. Igual que en la idea original de Alejandro Dumas, este vengador no actúa por sí mismo, como el sanguinario Rodolfo de Gerolstein, de Eugenio Sue. Su máxima es “confiar y esperar”. Y es, finalmente, el Estado quien hace “justicia”, eliminando, con su intervención, toda la tensión dramática contenida en una violencia que nunca se desata. En efecto, el personaje de Echarri termina siendo un gesto impotente: amenaza pero no actúa, aprieta pero no ahorca. Esta nueva confianza en un sistema político asediado poco tiempo atrás por el “que se vayan todos”, es una muestra del avance del nuevo consenso bonapartista y su construcción “por izquierda”.Se clausura, con la cooptación de los organismos de derechos humanos, la épica de la lucha de HIJOS, Abuelas, Madres y tantos otros. El Estado ahora hará su tarea: la ESMA transformada en Centro Cultural dedicado a la “memoria”; Hebe de Bonafini, su universidad y sus “Sueños compartidos”; el cuadro de Videla y la reapertura de los juicios, componen una estrategia que no necesita de recursos económicos y no se explica por ellos. Va a resultar, sin embargo, un “capital” invaluable a la hora de armar un aparato cultural cuando el “conflicto del campo” ponga en entredicho la alianza bonapartista.

2. El conflicto con el campo y el nacimiento del aparato

El aparato cultural bonapartista no se despliega a pleno (y por lo tanto, el relato) hasta el conflicto que opuso al Gobierno con las diversas fracciones agrarias en 2008. Es allí que nace el agrupamiento que va a sintetizar el “relato” y a darle “brillo” intelectual.Veamos cómo caracteriza la primera Carta abierta la naturaleza del hecho y las consecuencias que de allí se derivan, desde su óptica, para los intelectuales argentinos. 

El conflicto es definido como un enfrentamiento entre el poder dominante y un gobierno que expresa a la toda la “ciudadanía”:

“Como en otras circunstancias de nuestra crónica contemporánea, hoy asistimos en nuestro país a una dura confrontación entre sectores económicos, políticos e ideológicos históricamente dominantes y un gobierno democrático que intenta determinadas reformas en la distribución de la renta y estrategias de intervención en la economía.”[3]

Por supuesto, se vivía un “clima destituyente”, es decir, una tentativa de “golpismo”. Para Carta abierta, se buscaba clausurar, nuevamente, lo “político”. Es este “golpe” de nuevo tipo el que “ha movilizado a integrantes de los mundos políticos e intelectuales, preocupados por la suerte de una democracia a la que aquellos sectores buscan limitar y domesticar”. En particular, destaca el leivmotif que los intelectuales kirchneristas gustarán repetir de aquí en adelante, el “papel fundamental los medios masivos de comunicación más concentrados”. Los “medios” estructuran “la realidad”, generan “el sentido y las interpretaciones” y definen “la verdad”. Dicho de otro modo, son todopoderosos. Se forja aquí un dispositivo clave en lo que más abajo llamaremos “autismo” del relato: dado que los medios siempre mienten, cualquier cosa que se diga que coincida con dichos medios es, automáticamente mentira. De un modo un poco más sofisticado, se insistirá en el rol “político” de los medios y, por ende, interesado. La presencia de “interés” elimina la posibilidad de “verdad”. El “relato” se blinda al transformar la realidad en “espectáculo”. Se fija al mismo tiempo una agenda política-mediática: desarmar la concentración “mediática” enemiga y construir una estructura simétrica oficial, a fin de “librar, en sentido plenamente político, una batalla cultural al respecto”. 

La primera Carta abierta es muy explícita, valga la paradoja, en su implícito llamado a cerrar filas con el Gobierno. Digo implícita porque no se dice, todavía, “Cristina Conducción”: la relación de los grandes grupos intelectuales con el kirchnerismo está recién empezando. O mejor dicho: como un amor clandestino, aprovecha un evento fortuito pero favorable, para preparar el terreno propicio para el anuncio de un matrimonio sorpresivo. Se recurre, entonces, al circunloquio, al eufemismo, al acercamiento sin contacto: 

“Es necesario crear nuevos lenguajes, abrir los espacios de actuación y de interpelación indispensables, discutir y participar en la lenta constitución de un nuevo y complejo sujeto político popular, a partir de concretas rupturas con el modelo neoliberal de país. La relación entre la realidad política y el mundo intelectual no ha sido especialmente alentada desde el gobierno nacional y las políticas estatales no han considerado la importancia, complejidad y carácter político que tiene la producción cultural. En una situación global de creciente autonomía de los actores del proceso de producción de símbolos sociales, ideas e ideologías, se producen abusivas lógicas massmediáticas que redefinen todos los aspectos de la vida social, así como las operaciones de las estéticas de masas reconvirtiendo y sojuzgando los mundos de lo social, de lo político, del arte, de los saberes y conocimientos. Son sociedades cuya complejidad política y cultural exige, en la defensa de posturas, creencias y proyectos democráticos y populares, una decisiva intervención intelectual, comunicacional, informativa y estética en el plano de los imaginarios sociales.”

Dicho de otro modo, son los intelectuales los que están exigiendo su lugar en la constelación K.

Ellos tienen algo para darle y enseñarle. También algo que reclamarle: la inclusión de “lo político emancipatorio”. Lo “emancipatorio” no es aquí esgrimido en relación al dominio social como tal, al capital como sistema, sino en contra de “la lógica neoliberal hegemónica durante los años noventa”. En este sentido, Carta Abierta ejerce la crítica y el reproche:

“Creemos indispensable señalar los límites y retrasos del gobierno en aplicar políticas redistributivas de clara reforma social. Pero al mismo tiempo reconocemos y destacamos su indiscutible responsabilidad y firmeza al instalar tales cuestiones redistributivas como núcleo de los debates y de la acción política desde el poder real que ejerce y conduce al país (no desde la mera teoría), situando tal tema como centro neurálgico del conflicto contra sectores concentrados del poder económico.”

La primera Carta será respondida rápidamente con la visita de Néstor a la asamblea de la flamante organización, hecho que formalizará la unión. La naturaleza “democrática” del discurso inicial, destinado a un agrupamiento amplio no partidario ni gubernamental, logró cooptar firmas que sucumbieron a esta primera versión del “relato”: el “golpe” del poder económico-mediático contra el gobierno democrático.[4] La segunda carta ya es parte de la estrategia política kirchnerista que es, al mismo tiempo, la construcción del aparato material que va a servir como fuente de ingresos de las masas crecientes de “intelectuales” que acudirán en tropel a partir de la nueva realidad “laboral” creada por la Ley de Medios. Las siguientes “cartas” expresan el creciente nivel de subordinación de esos intelectuales que se proponían apoyar “críticamente” la experiencia política en marcha. Más largas, más barrocas, más confusas, más insustanciales, cada manifestación pública del colectivo traduce más que la capacidad crítica de quienes lo integran, la facilidad con la que han sido cooptados. Importante es, para lo que nos interesa aquí, destacar que esto no fue pensado ex ante. Es el resultado de la lucha de clases y de la larga e histórica subordinación de los intelectuales de “izquierda” o “progresistas”, al peronismo. 

3. La muerte de Néstor como catalizador de la épica ausente

Si algo le faltaba al relato en formación era un mártir. Una figura que resumiera en su muerte el valor ideológico y propagandístico del “sacrificio”. El deceso de Néstor Kirchner vino a completar el círculo que empieza en el cálculo político, se proyecta en la construcción discursiva y se fija en la estructura de sentimientos de una época y una población dada. Que la canonización vino bastante después de la muerte y no en forma inmediata, se puede apreciar en un hecho fortuito pero significativo. Meses antes, el entierro de Sandro, el popular cantante enfermo y retirado, gestó, sin ninguna organización previa, una manifestación espontánea que superó por lejos la que acompañó el cortejo fúnebre del ex presidente. Es varios meses después de su muerte que su esposa logrará soldar la idea de que la “juventud” se había acercado a despedir a quien la había “convocado”, sacándola de la apatía política.

Esta asociación con la juventud tiene múltiples connotaciones y consecuencias: por un lado, permite reforzar la reconstrucción de la historia que el kirchnerismo promueve: la generación de los ‟70, los “jóvenes” de entonces, estaban ahora en el poder (idea establecida desde el inicio de la gestión del presidente muerto como parte de la cooptación de los organismos de derechos humanos) y tendían un puente con la nueva generación “militante”. De los montoneros a La Cámpora, los “jóvenes” serán, a partir de aquí, la base ideológica necesaria para una estructura política propia, separada del

Partido Justicialista y dirigida verticalmente, muy alejada de la perspectiva original de la “transversalidad”. La Cámpora será el vínculo que el ahora “cristinismo” tejerá más estrechamente con la única base no disputada ni por el PJ ni por la estructura sindical: la población sobrante, el mundo de los planes sociales. Curiosamente, la menos autónoma, la más estatal de todas las estructuras políticas kirchneristas, aparecerá ideológicamente como la más “genuina” y “espontánea”.

En esta estrategia que consiste básicamente en invertir la historia (quienes se enriquecieron durante el Proceso militar son ahora la “juventud maravillosa” reaparecida), el kirchnerismo se presenta, Ernesto Laclau mediante, como el “empoderador” de la juventud y el “reconstructor” de la “política”. Néstor es, entonces, por la misma maniobra por la cual Juan Domingo Perón borraba setenta años de historia de luchas obreras y se erguía en el creador ex nihilo de los “derechos” obreros, el despertador de la Nación dormida. Que la “nación” no dormía, se demuestra simplemente con evocar la intensa crisis política y la lucha consecuente de la clase obrera e incluso de la pequeña burguesía en los diez años previos a la llegada del nuevo “salvador”. Por el contrario, el relato K pretende que el 2001 no existió y que la lucha comenzó, en realidad, dos años después. Así, el expropiador de las energías políticas del Argentinazo aparece como el “empoderador” de los débiles. Néstor como “súper héroe”: aquello que Montecristo exigía, se corporiza en el Nestornauta. Esta vinculación con una figura de los ‟70 es recurrente en todos los tópicos del “relato”: CámporaLa Cámpora/Oesterheld-Néstor/Walsh-Carta Abierta. Faltaba que Néstor adquiriera ese plusvalor ideológico que da la ausencia: la foto icónica de su esposa sola ante el féretro lo transforma en “Él” y, por propiedad transitiva a ella en “Ella”. El poder emotivo de las imágenes difícilmente pueda ser exagerado.

4. La estandarización del relato

La reconstrucción del conjunto de la historia argentina quedará, a partir de 2010, en manos de un personaje particular,Zamba. El “dibujito” animado tendrá una función en extremo productiva: por empezar, expone un relato de la vida de la “patria” desde un ángulo nacionalista ingenuo; por otro lado, carece de toda reflexión seria sobre las luchas sociales y políticas. Es la historia vista desde un ángulo democrático burgués con un toque de progresismo muy al gusto kirchnerista, por más que uno de sus creadores, el historiador Gabriel Di Meglio, presencia habitual en los medios K, pretenda separarse de la construcción del “relato”.

Pensado para niños, Zamba formará parte del intento no completado de “kirchnerizar” la educación, proponiéndose como “alternativa” a la historiografía liberal de la cual, sin embargo, es deudora toda la pequeña burguesía intelectual que pobló los espacios creados por la Ley de Medios. Con la excusa de interesar “a los niños”, se explican los grandes procesos históricos por medio de simplificaciones extremas. Así, por dar un solo ejemplo, el Proceso Militar es el resultado de gente mala que quiere hacer el mal simplemente por hacerlo. 

La historiografía “Zamba” no era, sin embargo, original. No solo exponía los pobres resultados de la historiografía académica de los últimos veinte años, sino que, en el fondo, no era más que una versión “dibujada” del “relato” histórico más popular del período, el de Felipe Pigna. Fue éste el que preparó el terreno, el sentido común del “nacionalismo soft” y centro-izquierdista que el kirchnerismo supo aprovechar y potenciar. Y una vez más, no fue un resultado “pensado” ex ante: el bonapartismo lo creó a partir de lo que había en plaza. La extrema simplificación de Zamba fue la estandarización de aquello que ya se había expuesto en los best-sellers de Pigna.

5. Las contradicciones del relato, entre la justificación y el autismo

Antes de terminar con esta filigrana, es importante mostrar los dispositivos con los cuales se clausuraban las obvias fisuras del relato kirchnerista. Podemos mencionar dos de ellos, sin excluir otros. El primero es la “justificación”. El mejor (y más triste) ejemplo es el conjunto de expresiones con los cuales los intelectuales afines al gobierno intentaron despegarlo de su obvia vinculación con el asesinato de Mariano Ferreyra. El segundo, el “autismo”, que expondremos aquí mediante el análisis de Terrenal, la obra de teatro de Mauricio Kartun.

La muerte de Mariano Ferreyra, el militante del Partido Obrero asesinado en medio de una protesta a favor de los trabajadores ferroviarios tercerizados, a manos de la estructura sindical defendida pocos días antes por la propia presidenta de la república, resultó ser un episodio político de primer nivel. Que esa estructura sindical y que esos personajes eran socios políticos del gobierno con más de una vinculación directa con el poder, no era nada que debiera probarse. Precisamente por eso, el caso golpeaba al kirchnerismo en su corazón ideológico: la burocracia sindical que participó de la Triple A, del Proceso Militar y del Menemismo, esa misma estructura, mataba, en nombre de negocios propios, a militantes de izquierda. Peor aún, a jóvenes militantes. Esa fuga evidente de sentido del relato debía ser cerrada de alguna manera.[5]La primera forma fue culpar a la víctima:

“¿Se busca desestabilizar y perjudicar al gobierno? ¿Se busca sugestionar a las clases medias sobre el creciente caos en que se transforma de modo paulatino la convivencia social? ¿Se busca quebrar la alianza estratégica entre gobierno y CGT? ¿Se busca todo eso junto? Se busca. En el relato de los medios monopólicos, el esquema primario sería algo así como „tanta crispación provoca sangre en las calles‟. (…) Esos actores sociales con anclaje en lo popular y democrático, que pueden demandar reivindicaciones de intensidad más o menos razonable o atendible, son, no obstante, “mano de obra tercerizada” de sus reales enemigos de clase”.[6]

Mariano era, entonces, nada más y nada menos que un idiota útil de la “derecha” desestabilizadora. Eduardo de la Serna, del Movimiento de Sacerdotes en Opción por los Pobres agregó:

“La izquierda, como siempre, grita, protesta, y se levanta, buscando muertos por los que después „llorar‟ y reclamar levantando también ellos sus banderas. Obvio: „el muerto‟ queda allí, en el medio, mientras los impolutos reclaman justicia y exigen que se calme el dolor interminable de los muertos que ellos mismos –quizás– provocaron.”8

Los jóvenes del PO, como Mariano, según este sinvergüenza, “juegan a la política, antes de tener su próxima tarjeta de American Express y ser gerentes de multinacionales”. No hacía más que repetir a su presidenta, que en uno de sus tweets acusó a los compañeros de Mariano de usar su muerte “para que los reincorporen” y a su partido, de estar más preocupado por la prensa que por el joven asesinado. La idea de que Ferreyra no era un militante político consciente sino un pobre tonto manipulado, es un argumento compartido por casi todos los intelectuales kirchneristas que aquí examinamos. El tono de condescendencia paternalista con la que “gente grande” exculpa al “pobre chico engañado y/o inexperto” sólo le agrega más miseria a un argumento ya de por sí miserable. Eduardo Anguita esbozó una segunda línea de defensa: Néstor y Cristina no están comprometidos con los asesinos. Es más, defendió aBoudou y Sileoni por las fotos con Favale, descartándolas con el típico argumento menemista de la “casualidad”. Jorge Giles, por su parte, prefirió enfocarse en el uso político del cadáver por la oposición, mientras Eduardo Blaustein reprochaba a Clarín su silencio en relación al asesinato de Kosteki y Santillán, que contrastaba con sus “llamativos gritos” por el de Ferreyra. Como si la patota armada de un sindicato oficialista fuera en realidad un conjunto de transeúntes enojados, Luis Bruchstein, por su parte, acusaba a los medios opositores de ser responsables de azuzar contra los piqueteros que obstruyen el tránsito: “El hombre que esgrimió la pistola sentía legitimado por ese discurso el odio que le hizo apretar el gatillo”.AlfredoZaiatprefirió endilgarle el crimen a la herencia del menemismo. Ricardo Forster resumió en un solo párrafo este conjunto de ofensas a la inteligencia:

“Sindicalistas canallas, empresarios explotadores, un sistema que perpetúa la precarización laboral, medios de comunicación que de una manera cínica presentan como héroes y virtuosos a aquellos que, ayer nomás, mostraban como violentos piqueteros que amenazaban la paz social y a los que había que poner un límite. Políticos de la oposición que buscan montarse sobre la muerte de Mariano para engrosar sus posibilidades electorales apelando a una retórica impúdica e hipócrita. Marcas y señales de un momento difícil para la democracia, de un momento que nos recuerda la fragilidad de la que todavía no alcanzamos a salir pese a lo mucho que se viene haciendo desde 2003.”[7]

Obviamente, los hechos debían ser reconstruidos para que calzaran con la perspectiva oficial: Cristina nunca se reunió con Pedraza, ni se puso la gorrita verde, ni elogió su modelo sindical; de ninguna manera se envió nunca la gendarmería contra nadie; ni mucho menosa los piqueteros de Santa Cruz; el video del entonces gobernador pingüino exhortando a sus militantes a pegarle a los manifestantes no existió jamás. El sociólogo AritzRecalde, que defiende la “sociología del Tercer Mundo”, realizó una obra maestra de la reconstrucción del hecho: el crimen fue una maniobra contra el gobierno y la CGT, porque, ambos, defienden los ingresos de los trabajadores, son paladines de la democracia en América Latina y adalides de la lucha contra la patria financiera y los monopolios mediáticos. Recalde no se contenta con defender a Moyano, sino que en la defensa entra también Pedraza. ¿La prueba? Mariano Ferreyra no era nadie en la estructura del poder en la Unión Ferroviaria, por lo tanto, se trata más bien de una “acción política y psicológica” que de un “exceso”. Se le olvida que, si es así, tal “acción” partió del interior mismo de la CGT y de uno de los principales socios de Moyano y del gobierno, Pedraza. Para Recalde, el Partido Obrero y otras organizaciones de izquierda son, otra vez, idiotas útiles de las grandes corporaciones, minúsculas y sin representatividad.

Otro defensor de la burocracia sindical, Julio Godio, sostuvo que la muerte de Mariano era “absurda y cruel”, pero que había “que tener la cabeza muy fría para no confundir las cosas. En la manifestación luego del asesinato, se gritó en la calle contra la burocracia sindical. Pero las relaciones con ese aparato sindical permitieron muchos cambios a partir del 2003.” Por supuesto, no había que “entrar en el juego en el que ciertos sectores quieren colocar al Gobierno o a la CGT como responsables de lo qué pasó”. Para Godio fue “valiente” la actitud de Moyano de llamar a los trabajadores tercerizados por fuera de la Unión Ferrroviaria. Está bien, “porque si no, estos trabajadores van a volver a protestar”. Y es mejor que se encargue Moyano del asunto porque si no, lo toma el PO, “interesado en fortalecerse”.[8]

Resulta difícil ver en esta secuencia de disparates, barbaridades y estupideces otra cosa que la voluntad consciente de evitar la lógica más elemental y de barrer bajo la alfombra los hechos reales. Resulta difícil entender esto como otra cosa que una maniobra consciente de confusión de la “opinión pública”, no muy diferente de la que se acusaba a los “medios hegemónicos”. Hay otra forma de hacer lo mismo, pero esta vez por la vía de ignorar la realidad misma. 

En efecto, la actitud que observamos en Terrenal es lo que llamamos clausura por autismo.[9]

Mauricio Kartun, justamente celebrado autor teatral y fervoroso defensor del kirchnerismo, expone allí una recreación de la acumulación originaria en tono lafarguiano con desviaciones anarquistas. Como sea, el papel de Caín, el capital, no podría ser mejor definido ni desarrollado. Se esperaría del escritor una posición política furiosamente anti-capitalista, pero no. Aunque cierta confusión conceptual podría explicar las razones subyacentes, Kartun no es el único caso de intelectuales que se reivindican parte de una izquierda “anti-sistema” y terminan apoyando a un gobierno de un carácter burgués tan acusado como el kirchnerista. Se podría decir todavía más: dada la naturaleza bonapartista del kirchnerismo, su carácter aventurero y descompuesto que en un país en decadencia histórica como la Argentina no puede dar sino una lumpen-burguesía, su Caín es progresista en tanto agente del desarrollo de las fuerzas productivas. Dicho de otro modo, si Kartun no debiera, por la ideología que dice profesar, apoyar a ningún gobierno burgués, mucho menos a éste, que está compuesto básicamente de seudo-burgueses cuya capacidad de acumulación es nula y cuyo lugar en el proceso de acumulación es puramente parasitario y destructivo.

Una parte nada desdeñable del universo intelectual K padece de verdadero autismo político: por reacción a aquello que se odia (el menemismo, los grupos económicos, Clarín, la televisión, etc., etc.), todo lo que se le oponga es bueno. Y si eso que se les opone tiene la energía suficiente como para hacer algo, aunque ello no sea más que simbólico, tanto mejor. Estos intelectuales kirchneristas son los más perniciosos, porque son los que con más energía construyen la imagen izquierdista del bonapartismo. Contra ellos, por lo general, no valen argumentos “a lo Carrió”: Kartun no precisaba al kirchnerismo para revelarse como un autor consagrado ni para acumular fortunas que no tiene y no desea. Es su convencimiento genuino de la nobleza de la causa lo que más colabora en ennoblecer aquello que carece de toda nobleza: el bonapartismo pasa por revolución… No es en la conveniencia crematística ni en nada por el estilo donde hay que buscar la explicación a este fenómeno, sino en las debilidades políticas e intelectuales de la izquierda argentina, en particular de ese arco que va del Partido Comunista al anarquismo, que padece el “síndrome” del 17 de Octubre. Esa “enfermedad” contraída en 1945, obliga a muchos intelectuales temerosos de quedarse al margen de la “historia” a aceptar como buena una copia deforme, y a combatir como delirante al original, cuya realización exige mucho más templanza y dedicación. Buena parte de la izquierda intelectual kirchnerista se reclutó en estas filas. Para sostener lo insostenible conceptual y empíricamente, incapaz de mentir y buscar subterfugios, esta fracción intelectual mira para otro lado ante las contradicciones obvias e insiste con un discurso que no tiene ningún correlato con la vida real.

Relato y realidad: la autonomía de lo ideológico y el momento bonapartista

En este texto hemos tratado de mostrar que el “relato” no estaba antes del bonapartismo. En realidad, el kichnerismo trabajó con materiales preexistentes. Su fortaleza sería inexplicable sin los resultados de la lucha de clases, su peculiar conjugación con las tradiciones políticas de la izquierda argentina y las condiciones culturales específicas de la pequeña burguesía en la coyuntura. Todo ello se conjuga en un momento, una situación específica en un punto concreto del tiempo social. El relato kirchnerista se construyó en un momento caracterizado por un empate social, una crisis de la democracia burguesay una relativa fortaleza del Estado capitalista, mientras emergía una fuerza con potencialidades revolucionarias, pero con profundas debilidades ideológicas históricas de cara a las estrategias burguesas de conciliación de clases. En ese momento, un personal ajeno al centro del sistema político organiza, con esos materiales, una formación ideológica (el “relato”) que toma todos los temas con los que la izquierda argentina ha capitulado ante el peronismo, los adecúa a las emergencias de la lucha de clases reciente nacional e internacional y les da un soporte institucional.

Bibliografía

Eco, U. (1998). El superhombre de masas. Barcelona, Editorial Lumen.

Laclau, E. y Mouffe, Ch. (1987).Hegemonía y estrategia socialista. Madrid, Siglo XXI.

Marx, K. (1999).El dieciocho brumario de Luis Bonaparte. Buenos Aires, CS Ediciones.

Sartelli, E. (2007).La plaza es nuestra. Buenos Aires, Ediciones ryr.

Sartelli, E. (2010). La mala conciencia de las buenas personas. Los intelectuales kirchneristas y la muerte de Mariano Ferreyra. En El Aromo, núm. 57.

Sartelli, N. (2004). Arte, artista y devenir de la lucha de clases. A propósito de El escaso margen, de Pablo Suárez.En Razón y Revolución, núm. 13. Sartelli, N. (2005). Lo caliente, lo frío, lo tibio. A propósito de la muestra Artistas por Santillán y Kosteki y el Salón Nacional 2005. En El Aromo, núm. 24.


[1] La aparición del “súper héroe” en contextos de este tipo ha sido ampliamente estudiada. Véase Eco (1998). 2Véase Sartelli (2004).

[2] Sobre la muestra de Dowek, véase Sartelli (2005).

[3] Todas las citas a continuación pertenecen a la primera Carta abierta, fácil de encontrar en Internet.

[4] Entre los firmantes que tal vez luego quisieron borrar su firma, se encontraba gente como Federico Andahazi o Eduardo Grüner.

[5] Reproducimos aquí en parte el análisis hecho en (Sartelli, 2010).

[6] Demetrio Iramain, en Tiempo Argentino, 23 de octubre de 2010. 8Tiempo Argentino, 24 de Octubre de 2010.

[7] BAE, 26/10/10.

[8] Véase entrevista en Newsweek, 4/11/10.

[9] Véase el análisis de la obra que hace Giselle Vinokur en el capítulo 13 de este volumen.

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