Hombres y mujeres “cuyos nombres ignórase”. El trabajo rural y el mito de la Pampa pródiga, 1880-1930

Una primera síntesis del capítulo seis de La sal de la tierra. Clase obrera y lucha de clases en el agro pampeano, 1870-1950, que verá la luz (espero…) este 2021 en la Colección CEICS de Ediciones ryr. Originalmente publicado en Razón y Revolución n° 14, primavera de 2005, reconstruye las condiciones de existencia de los obreros rurales pampeanos, mostrando la trastienda de la “pampa pródiga” y derribando el mito que pretende que en el campo “el trabajo es salud”.


“Bebíamos agua filtrada, o mineral; leche hervida; no comíamos verduras crudas si no eran de procedencia conocida. Cuando llegábamos a algún hotel, en viaje por Europa, mi madre desinfectaba con alcohol los lavatorios, tinas, bidet, de los baños, antes de que los usáramos. Poco importaba que el hotel fuera, como era, de primera categoría. La categoría de nuestra limpieza e higiene superaba siempre la del hotel. En nuestro primer y segundo viaje a Europa, nos embarcamos con vacas (dos) y gallinas (varias). Y sábanas.”1

“Rosario, dic. 21 -Comunican de Morteros que en la vecina colonia Bartolina debido a la carencia de agua en las calderas, ha explotado hoy el motor de la máquina trilladora del señor José Del Bosco.  A consecuencia de la explosión fallecieron cuatro peones, cuyos nombres ignórase, entre ellos un hijo de Del Bosco. Además hay varios heridos porque los pedazos del motor arrojados con violencia, fueron a parar a dos cuadras del sitio en que se hallaba la trilladora.”2

Introducción

En la historiografía sobre el “modelo agro-exportador” es muy común oír hablar de los problemas de la “modernización”. Las ciudades crecen y ese ímpetu genera “problemas”: malas condiciones de vida, habitación, trabajo y salud. Se trata sólo de pasajeros desacoples entre la “normalidad” y el “progreso”. Lo que esta visión de la historia (que podríamos llamar la “falacia desarrollista”) oculta es la explotación social: la génesis de los “problemas” no se encuentra en el crecimiento “vertiginoso”, sino en las relaciones sociales en las que hombres y mujeres viven, las relaciones asalariadas, el capitalismo. ¿De dónde se concluye que porque el crecimiento sea veloz necesariamente deban sufrir sus constructores y no quienes los emplean? Basta comprobar que esos mismos problemas se plantean en la misma sociedad en momentos en que el crecimiento no existe o disminuye sensiblemente, para demostrar la falsedad de la falacia desarrollista. El absurdo de la explicación se completa cuando recordamos que la razón que el desarrollismo encuentra en el origen de la pobreza y la miseria es el “escaso crecimiento”. Con lo cual, el crecimiento parece ser perverso en sí mismo: si es mucho, sus desacoples producen “inevitables trastornos”; si es poco, ¡cómo no tener problemas en una sociedad estancada! Parece ser que sólo una sociedad avanzada en lento crecimiento puede solucionar los problemas más elementales de la humanidad.

La sociedad capitalista funciona de esta manera. Los “resultados” son siempre los mismos, aunque a veces se perciban más fácilmente. Para que unos puedan viajar por el mundo y disfrutar de las bellezas de la vida, es necesario, en la sociedad capitalista (nunca nos cansaremos de aclararlo), que otros vivan sumergidos en el océano tempestuoso del duro e ingrato trabajo cotidiano. Así es el progreso capitalista. Por otro lado, quienes critican en abstracto el “progreso”, dan por sentado que sólo es posible el progreso capitalista, con lo que se ven conducidos a rechazar todo avance tecnológico o económico, recayendo en utopías reaccionarias (como el campesinismo o, parcialmente, el movimiento ecologista). Aunque parezcan lo opuesto a los apologistas del capitalismo, coinciden en que no existe otro progreso que no sea el capitalista. La concepción es la misma, sólo que mientras unos cuestionan sus miserias, otros las justifican. Por el contrario, la crítica al “progreso” capitalista debe mostrar que es posible el avance de la humanidad hacia mejores y mayores niveles de vida y cultura para todos sin estos “costos”. Que el “progreso” puede realizarse sin contradicciones y sin “sacrificar” generaciones enteras de seres humanos a la miseria y la muerte. 

Este artículo fue pensado para intervenir en un debate, mal planteado, en torno al “progreso argentino”. Los participantes, casi sin excepción, se han mantenido dentro del marco de pensamiento burgués, es decir, no cuestionan las relaciones capitalistas mismas, sino que se limitan a debatir acerca del precio de la fuerza de trabajo. Así, el debate sobre el “Progreso” argentino, opone en un polo a autores como José Panettieri y su denuncia sin cortapisas de las duras condiciones en las que debe desarrollarse la vida obrera, y en el otro a aquellos como Roberto Cortés Conde y su apología de la economía del Centenario. En una posición aparentemente “centrista” se ubican Luis Alberto Romero e Hilda Sabato, que terminan claudicando ante la apología del “Orden conservador”, precisamente por no poder sacar el debate del estrecho marco en el que fue colocado. 

En efecto: ¿era esa una sociedad de “movilidad ascendente”? O, lo que es lo mismo, ¿era “progresista” el “progreso argentino”? Panettieri, con menos sutiliza técnica pero con más intuición, responde negativamente. Sus bases son endebles: series salariales poco fiables y descripciones impresionistas fácilmente cuestionables. Cortés Conde, siguiendo las líneas trazadas por Díaz Alejandro, replica: series salariales con mayor apariencia de solidez y un índice de costo de vida mejor construido. El resultado es aceptado por la “nueva” historia social: bajo el dominio oligárquico los salarios tienen una tendencia a elevarse sostenidamente. Luego, el “progreso” argentino era, finalmente, “progresista”. De allí a deducir una movilidad social ascendente y, por ende, cierta labilidad de las clases, hay un solo paso: no hay obreros, hay trabajadores. Que se mantienen fieles a una concepción relativamente panglosiana de la vida. Luego, no hay clases bajo ninguna forma: sectores populares. La “nueva” historia social ha enterrado vivo un cúmulo de experiencias, única forma de llegar a esa conclusión. Ha enterrado la lucha, por un lado; la crudeza de la explotación, por otro. En efecto, en esa panorámica idílica no caben ni la Semana Trágica ni la represión del Centenario, ni la Semana Roja de 1909 ni las huelgas generales de comienzos del siglo XX. En nombre de recuperar la historia “social”, por oposición a la “política”, Sabato, Romero, et al. han amputado a la clase de sus luchas y de las organizaciones e ideologías desde las que las afrontó. Sin embargo, ese llamado a la concentración en la vida “cotidiana” de los “sectores populares” no ha servido tampoco para darle a esa “nueva” historia social una perspectiva más realista que aquella que critica: los estudios “culturales” no han hecho más que abandonar el terreno de la explotación del trabajo. Se hace difícil, entonces, discutir con el liberalismo, habiendo aceptado sus premisas. Suponiendo que el monto salarial es, finalmente, el pago correcto por el esfuerzo del trabajador, la remuneración adecuada al “factor trabajo”, una minúscula modificación positiva en el contexto de un gigantesco crecimiento de la tasa de explotación, les hace olvidar que esas masas obreras construyeron un país entero a cambio de nada. 

Recuperar la experiencia concreta de la explotación es objeto de este texto, concentrándonos en ese ámbito idílico que se supone era la pampa que algunos imaginan “pródiga”, sin preguntarse para quién. Aspira, entonces, a desmentir esa imagen de ganancias fáciles, de edad dorada del agro pampeano que ha pasado al sentido común de los argentinos como el lugar donde el trabajo es sencillo, rústico, agradable y, sobre todo, donde el dinero se junta a pala. Los apologistas del “progreso argentino” suelen olvidar en qué consistía (y quién se beneficiaba realmente) el gigantesco sufrimiento que hacía posible que unos pocos vivieran en el ensueño de la fama y el placer, a costa de la miseria y el dolor del olvido de las masas obreras.

Nos vamos a concentrar específicamente en las tareas de cosecha de cereales pampeanos y la población que las servía: los peones temporarios, también conocidos como “golondrinas”. En su descripción de la clase obrera en El capital, Marx denomina a quienes realizan tareas estacionales y trashumantes, la “infantería ligera del capital”,3 un tipo de población que carece de empleo estable y se desplaza permanentemente ocupando labores de carácter temporario. Entre ellas se encuentra la cosecha de cereales. Este tipo de población, alcanzó en la Argentina de comienzos de siglo una magnitud notable, regulada por las necesidades de mano de obra de las cosechas pampeanas. La gran mayoría del personal de cosecha está provista por este personaje habitante de las grandes ciudades que todos los veranos se desplaza al campo a las cosechas de trigo (y maíz en invierno), que Pianetto calcula en el 30% de la población masculina potencialmente activa en dichos centros urbanos4.

Un trabajo sencillo

En la mitología del trabajo rural, una de las fantasías más comunes es la “sencillez” de las tareas. En 1905, Miatello describía de la siguiente manera la cosecha del maíz: a principios de mayo comenzaba la “juntada”, una tarea manual en la que el juntador tomaba para sí 15-20 surcos, colocaba las bolsas en el centro y comenzaba a arrancar espiga por espiga, deschalándolas. Luego, con chatas de 4 ruedas se llevaban las bolsas llenas al troje (cerco cilíndrico hecho de palos y cañas) donde las espigas esperaban el desgrane.5 Tras esta operación el grano es transportado al galpón de la casa cerealista del pueblo más cercano o la estación de ferrocarril. Tan sencillo como parece, el trabajo tiene sus complicaciones. La tarea del juntador era dura y extenuante: se marcaban las “luchas” (área a trabajar por cada obrero) deschalando la espiga más alta del surco que hacía de límite entre una y otra. El juntador recorría el trayecto con una bolsa de lona entre las piernas (maleta) de un metro y medio de largo, reforzada con cuero y unos ganchos para colgarla del cinto, donde se metían las espigas que se arrancaban a mano. Previamente debían despojarlas de la chala que las envuelve, arrancándola con una aguja chalera (por lo general, un alambre doblado, a veces con un dedal de cuero adosado). Se iba por un surco y se volvía por el otro, desagotando la maleta en bolsas ubicadas al final del viaje de ida. Se juntaban normalmente entre 8 y 12 bolsas diarias, pero había formas de hacer más veloz el trabajo, arrancando las espigas con un fuerte tirón que las despojaba al mismo tiempo de la chala.6 Sin embargo, aunque llegara a rendir 20 bolsas diarias esta forma de trabajar extenuaba al trabajador, aflojaba las muñecas y dejaba un persistente dolor en las articulaciones. En detalle, el procedimiento de deschalada exigía un rutinario movimiento continuo de las muñecas, dejándolas hinchadas y doloridas al final del día.7

Terminado el entrojado, comenzaba la desgranada. El desgrane podía hacerse en desgranadoras manuales o a vapor. En las de vapor trabajaban unas 20 personas: el maquinista que cuidaba del funcionamiento de la misma; un foguista, que alimentaba la caldera del motor abastecida por dos marleros que echaban marlos (el cuerpo de la espiga de maíz) al fuego de la misma; un aguador, cuya tarea consistía en mantener el tanque de la caldera lleno de agua para lograr el vapor y evitar la explosión de la máquina. Se empleaban también 8 paleros, que extraían con palas las espigas de la troja a través de un boquete abierto en la base. A medida que se vaciaba, la troja quedaba más cargada de un lado que del otro. Para evitar que se volcara aplastando a los obreros (una troja podía tener hasta 6 metros de alto) había que empujar las espigas del extremo más lleno hacia el otro, clavando una plancha de madera o metal sostenida por un obrero parado en ella y arrastrada por el motor de la desgranadora.8

Mientras los paleros echaban las espigas en la boca de la desgranadora que separaba el marlo de la semilla, ésta salía por una compuerta, donde la esperaba el bolsero que aguardaba que se llenara la bolsa que sostenía con las manos y la pasaba a los dos costureros, que la cosían con unas pocas puntadas rápidas, para entregarla a los dos pulseadores, que la llevaban a la balanza. Luego de pesada, pasaba a la pila, estibador mediante. Toda la tarea se realizaba en forma continua durante 12 o 14 horas por día, con solo un intervalo en que el cocinero hacía disfrutar a los 20 trabajadores sus mejunjes, por los que cobraba un buen porcentaje.9 Las bolsas de maíz debían ser luego transportados al pueblo cercano, a la casa cerealista. 

La cosecha del trigo comenzaba con la siega. Según la máquina que se usara, variaba la forma del trabajo. Si se empleaba atadora, el trigo cortado y engavillado quedaba desparramado en el rastrojo y luego, en carro, era trasportado al lugar donde se hacía la parva. Si se usaba espigadora, ésta elevaba las espigas hasta un carro que corría paralelo a la máquina. El maquinista era, por lo general, el colono, hasta el momento que comenzaba el emparvado, cuando pasaba a controlar esta tarea, contratando un conductor. Además de este, era necesario un cuarteador que cuidara de los animales. Antes de recoger las gavillas dejadas en el rastrojo por la atadora, se hacinaban para completar la maduración (paradas en montones de 12 a 20 gavillas). Muchachos y mujeres que seguían a la atadora, colocaban 4 gavillas en cruz con las espigas hacia afuera y arriba, sobre las que se colocaban las demás.10 El corte se hacía en forma sistemática: se cortaba primero el perímetro de la chacra y luego cortes en cruz, separando así 4 partes iguales. El corral quedaba en el centro, donde se levantaban las parvas. Estos corrales se hacían cada 12 a 15 hectáreas. Para segar 150 hectáreas se requerían una espigadora, tres carros con sus jaulas y seis hombres (uno dirige la espigadora, tres guían los carros, uno emparva el trigo cortado y el último, llamado pistín, pasa de carro a carro para acomodar y apretar las gavillas). Este conjunto puede cosechar unas 10 cuadras por día.11

Ya sea engavillado o espigado, el trigo debía ser emparvado. De la buena factura de la parva dependía la conservación de la semilla ya sea contra lluvias, viento o vuelco. Las parvas podían ser cónicas, rectangulares o con cúspide regularmente triangular. En tamaño, podían tener de 5 a 6 metros de ancho por 12 a 15 de largo y 5 a 6 de alto. Demandaba el trabajo de 6 personas: un parvero (o emparvador) que podía ser el colono pero que de ser asalariado cobraba el doble de sueldo que los horquilleros, generalmente 2, que sacaban el trigo de los carros y los volcaban en la parva. Cuando estaba muy alta se empleaba un horquillero más, el puente, que colocado entre los horquilleros y el parvero elevaba las gavillas en un movimiento que exigía mucho su cintura. El emparvador solía tener un ayudante, con lo que el número de los obreros podía subir a 8. Con este personal se conseguía emparvar 5 a 6 hectáreas por día.12 La emparvada era una tarea calificada (que se pagaba 4 o 5 pesos por día “cuando el jornal común era de dos”13). Era necesario “calcular las cosas de manera que se pueda terminar en el mismo día” y, una vez elegido el sitio, “se establece una cama de paja de 80 centímetros de espesor” sobre la que se colocan las gavillas “de modo que la hilera de afuera tenga las espigas hacia adentro de la parva y que la hilera que siga, al interior cruce sus espigas con las de la primera”. Así, las paredes de la parva se inclinan “hasta formar un ángulo de 25 a 39 grados con la línea de la plomada.” La parva “se elevará hasta donde alcance con la horquilla un hombre subido a un carro” y luego “se empieza a cerrarla” hasta “terminar el ángulo superior o caballete, cuya arista o línea de la cumbrera debe quedar a igual distancia de las paredes laterales.” Además, “hay que cuidar siempre de orientarla, de modo que ofrezca el menor frente a los vientos más fuertes.” Luego, “para preservar mejor las gavillas superiores se recubre el caballete de la parva con paja o pasto seco”, esteras de junco o paja de centeno, sujetas a la parva por medio de clavijas de alambre de cerco. Por último, para evitar “que se reúnan las aguas de lluvia al pie de la parva, se rodea a ésta de una pequeña zanja.”14

Hasta aquí la semilla de trigo no ha sido separada del resto de la planta. Para esto es necesario un paso más, la trilla. Era la tarea más compleja e importante de la cosecha y la que reunía la mayor cantidad de gente. Había que coordinar un verdadero ejército y manejar dos máquinas gigantescas que podían incendiarse o explotar si no se las cuidaba. Todo a un ritmo febril. El Ministerio de Agricultura aconsejaba seguir los siguientes pasos para realizar la trilla: Primero, atracar a la parva del lado que el viento favorezca los horquilleros, ofrezca fácil salida a la paja y evite las chispas del motor sobre la parva”, “nivelar la trilladora y calzarla” y alinear el volante con la polea del motor, “colocándola cruzada y tirante”. Una vez instalada había que aceitar las piezas permanentemente y evitar el recalentamiento por suciedad, falta de aceite, correa demasiado estirada, etc. Luego se graduaban las piezas de trillado (cilindro y cóncavo) y se verificaba la velocidad de cilindro, y el buen funcionamiento del ventilador y la correcta colocación de las zarandas. De esto dependía que la máquina no se atorara.15

Una vez preparado el sistema se da comienzo a la tarea. Dos emboquilladores (si la máquina no tiene emboquillador automático) echan las gavillas en la boca de la máquina luego que 4 horquilleros las arriman desde la parva. Dos cortadores cortan el hilo de la gavilla (si fue cosechada con atadora) antes que entre al cilindro. Una vez adentro, la paja es triturada y mientras la semilla, luego de pasar por las zarandas, sale por una compuerta donde la espera el bolsero bolsa en mano. La paja sale por la parte final de la trilladora y cae sobre una rastra. La bolsa con la semilla es cosida por el cosedor y va destino a la balanza. La paja caída sobre la rastra es sacada por el colero que coloca otra en su lugar mientras dos yugueros la desparraman por el campo (si la máquina no tiene tubo dispersor de granza).  Para que todo funcione, es necesario, además, la presencia del maquinista que cuida de la marcha de las máquinas, un foguista encargado de mantener el fuego del motor, generalmente con un ayudante y dos aguateros que mantienen el agua necesaria de la caldera. Al conjunto se suma el cocinero. Todos estos son trabajos pesados, lo que no impide la presencia de mujeres y niños. Obviamente, el maquinista era el más calificado de todos y cuyo aprendizaje era “largo y difícil”.

La bolsa era pesada y amontonada en las cercanías en espera del carrero que las llevaría al pueblo. Una vez en el pueblo, el cerealista se encarga de las manipulaciones complementarias: secado del cereal húmedo (se saca de la bolsa y se desparrama en capas de 5 a 6 cms., se deja al sol y se remueve cada 2 horas con un rastrillo o una pala, volviéndose a embolsar luego) limpieza (con aventadora de mano, trilladora, o a vapor con elevadores), clasificación, etc. Cuadrillas de obreros a los que se les pagaba por cada “movimiento simple”, empleados del cerealista, se encargaban de esto.16 En los galpones cerealistas la tarea más importante era la estiba: desde trasladar las bolsas de los carros al galpón y acomodarlas allí para sacarlas luego y colocarlas en los vagones del ferrocarril. Este trabajo era sencillo: 2 pulseadores colocaban sobre el hombro del hombreador la bolsa, que luego era transportada hacia el interior recorriendo una distancia, que no excedería de 30 metros, para alcanzarla al estibador, que se encargaba de acomodar las bolsas de manera que las estibas se mantuvieran firmes cuando llegaran a alturas equivalentes a 26 o 30 bolsas. Cada estibador era abastecido por 4 o 5 hombreadores, los que, una vez que la estiba alcanzaba cierta altura, debían subir por medio de un tablón inclinado (el burro). Siempre al trote, durante unas 10 horas diarias. El camino inverso se seguía al cargar los vagones. Capataces controlaban la tarea (a veces un tantero, que cobraba al cerealista un porcentaje por cada obrero) con la ayuda del apuntador, que llevaba la cuenta de lo que se estibaba.

La «fiesta» del trabajo

Veamos ahora las condiciones reales en el que se hacían estas tareas. Comencemos con la búsqueda del trabajo. A principios de siglo se describía de esta manera el año del trabajador rural:

“La trilla y el transporte de cereales, favorecidos por el tiempo seco, sigue sin interrupción; el primero como en mi anterior le decía no terminará hasta de aquí a un mes o mes y medio, o sea, hasta fines de febrero o mediados de marzo. (…) Una vez concluido el trabajo arriba mencionado queda la conducción de los productos actualmente en actividad: carpida y recolección del maíz y próxima preparación de la tierra para la siembra del trigo y lino, para cuyo trabajo también se ocupan muchos peones aunque no tan bien remunerados como los anteriores; para la cosecha de maíz se necesitará mayor número de brazos, pero fácilmente no habrá necesidad de traer gente de otra parte teniendo en cuenta que para esa fecha, estarán los peones que van quedando desocupados en las máquinas y que se trasladarán para ocuparse en el arranque y trilla de dicho grano, donde ganan mayores jornales que en el trigo y lino, por cuanto es trabajo que en cuadrillas lo contratan por un tanto por bolsa quintal. También es necesario tener en vista que los peones que, actualmente abandonan los trabajos agrícolas para regresar a sus hogares, con toda seguridad regresarán para tomar parte en esos trabajos (…) En los puertos de Colastiné (…) no deja de encontrar trabajo con facilidad el que va (…) El Chaco es otra fuente de trabajo existente en la provincia que proporciona fácil colocación a una cantidad de brazos sin límites…”17

El panorama se completaba con trabajos en obras públicas, construcción de caminos y terraplenes, ferrocarriles, tendidos de rieles, etc. Pero el cambio de trabajo estaba lejos de ser automático: muy por el contrario, el lapso entre las diversas ocupaciones podía ser largo, desde una semana a un mes o más según el grado de ocupación. Dentro del empleo rural, los tiempos transcurridos entre empleo y empleo también eran variables, dependiendo de la coyuntura. Era común en épocas de escasez de trabajo, retornar a Buenos aires sin conseguir ganar un solo peso.18 Saliendo desde varios puntos del mapa, los obreros llegaban a la campaña, muchas veces enviados por agencias de colocaciones:

“En el Paseo de Julio las agencias de colocaciones ofrecían a los trabajadores hasta 6 pesos diarios; y aquello era un salir interminable de cuadrillas; flacos y huesudos… El viaje duró toda la noche; cuando los peones descendieron del tren, amanecía y los carros esperaban. Después de media hora de correr por caminos, abrir tranqueras y atravesar rastrojos, llegaron al sitio de la trilla. “Bueno muchachos, ¡tres pesos por día!”19

Escenas como esta eran normales en la cosecha. Se hacían falsas promesas y el obrero debía optar por volverse (gastando en pasaje o perdiendo tiempo de trabajo) o quedarse por el precio ofrecido:

“En contrata firmada en dos respetables papeles sellados se conviene entre una cuadrilla de trabajadores y un patrón de 25 de Mayo que los peones ganarían de 1 a 2 pesos diarios y los oficiales tres pesos y en ambos casos la comida, viaje pago de ida y vuelta y condición de permanecer cuando menos dos meses en el trabajo so pena de perder el derecho al pasaje de vuelta. El trabajo se haría en iguales condiciones que en la metrópoli. Llegan los trabajadores a la estancia que está a siete leguas de 25 de Mayo y cuatro leguas de Isla y se empieza por hacerles trabajar de sol a sol sin descanso a la hora del almuerzo. La galleta de pésima calidad y el puchero corre parejas con la galleta. Reclaman los pobres obreros por la insuficiencia de la comida que se les da y el patrón les contesta que si quieren más que se la compren. El alojamiento no va en zaga a la comida. Se duerme en el suelo.”20

Muchas veces las casas cerealistas locales realizaban pedidos a las agencias de la capital, pero con más frecuencia eran los mismos obreros los que llegaban por sus propios medios, trasladándose gratis en lo posible (subiéndose a trenes de carga en marcha o, muchas veces, en momentos de desesperación, “asaltando” trenes en masa y obligando a los empleados del ferrocarril a trasladarlos gratis). Una vez en la estación, si la cosecha era abundante, habría chacareros esperándolos; si no, irían a las fondas y allí se informarían: estado de la cosecha, salarios, chacras donde es posible encontrar empleo, etc. El tren era el medio de transporte por excelencia y por lo general el viaje no se pagaba o bien se usaban pasajes oficiales. Cuando se pagaba el pasaje el viaje podía ser más cómodo:

“Muchos se trasladan de una colonia a otra a pié, recorriendo a veces largas distancias entre los rieles del ferrocarril; otros lo hacen en tren; y una vez tuvimos que hacer viaje en el mismo coche con uno de estos representantes del trabajo, que de la provincia de Santa Fe se iba a la cosecha en Córdoba, de primera con cama.”21

Miatello, para quien todo parece perfecto, se olvida que lo más común era muy diferente:

“La locomotora deja oír su estridente grito, y parte, con una hilera larguísima de vagones de carga. Por sobre los techos, en los rincones y en todos los sitios, van cantidades de trabajadores para las cosechas. Hombres viejos y jóvenes, nativos y extranjeros, todos confundidos conversan, gritan…”22

Los obreros que partían desde Buenos Aires podían tener alguna ventaja, al tener más fácil acceso al transporte.23 Los provenientes del interior solían trasladarse en mula o a caballo, al menos a comienzos de siglo. Si tenían suerte y llegaban a un pueblo donde el trabajo abundara, obtendrían buenos salarios. Si no era así, tal vez no tuvieran cómo trasladarse a otro punto. En el comienzo de las tareas, en años normales, cuando la escasez de brazos era la tónica dominante, los salarios solían ser altos y la demanda fuerte. A medida que los obreros siguen llegando la situación se inviertía y los recién llegados no encontraban trabajo:

“Simultáneamente ocurre que en otros centros escasea este personal en formas y proporciones alarmantes. Esto mismo hemos constatado personalmente: en 1903 vimos, por ejemplo, en algunas colonias del departamento San Jerónimo, hasta 150 personas sin trabajo, por haber llegado tarde; tuvo el vecindario que hacer colecta, para pagar el viaje para que se fueran, a los que no tenían medios para hacerlo. Dos días después encontrándonos en el departamento Constitución, constatamos que muchos colonos no podían levantar su cosecha por falta de brazos.”24

Para los obreros esto significaba pérdida de dinero y varios días de trabajo. Antes de conseguir empleo, los obreros debían hacer frente a la cotidiana violencia policial: 

“¡Hemos viajado 10 horas! Y al bajar, vigilantes y bomberos nos conducen de a dos en fondo a la comisaria local. ¿Por que? Por ser ‘lingheras’ simplemente. ¡Lingheras, compañeros! Al amanecer nos ponen en libertad después de suplir las impertinencias de los galoneados policiales.”25

Esta presencia en la campaña parece haber sido más o menos continua, pero sin duda se agravaba en momentos de desocupación donde toda aglomeración de obreros era considerada peligrosa. Se trataba de una táctica intimidatoria contra los obreros, una forma de señalarle desde el momento en que bajaba del tren, cuáles eran los límites de su autonomía y quien era el jefe. Tal era, por ejemplo, el clima que se vivía durante la Primera Guerra:

“Ya ha oscurecido: el tren se detiene, hemos llegado a Rosario. Nos disponemos a bajar. De pronto nos sorprende un rugido como de fiera hambrienta que ve acercarse su presa. Es un cosaco que, sable en mano corre a dos individuos que tratan de huir, a los cuales, al alcanzarlos, les golpea las espaldas. Avanzamos unos pasos, e indignados vemos otro cosaco, tras dos infelices que huyen despavoridos, gritándoles en su lenguaje soez: ‘Parensé, hijos de una gran p… que los voy a c…r’. Nos hacen acercar a su guarida y uno de ellos que ostenta los galones de sargento, subiéndose sobre un montículo (siempre machete en mano) echando el pecho hacia adelante, haciendo alarde de la fuerza brutal que les confiere el ‘gobierno regenerador’ para humillar a los hombres que, obligados por la necesidad, se lanzan a semejantes aventuras. Y desde allí, nos grita soberbio y amenazante: ‘¿quién les ha dado permiso para viajar en tren de carga?’ Como nadie le contestara, da orden al subalterno de desatar las lingheras, y al que le vean un cuchillo de punta se lo vayan quitando. Ante las exigencias arbitrarias del cosaco, mi compañero, con el gesto contestó que llevaba el cuchillo para sus necesidades…”26

Una vez conseguido el empleo, comienza verdaderamente la relación obrero-patrón. Esta no siempre se establecía con el mismo personaje, pudiendo ser “patrón” tanto el chacarero como el cerealista, el empresario de trilladora o el tantero. Este último era, frecuentemente, el más detestado por los obreros, porque “se quedaban con algunos centavos por bolsa y obligaban a comer sus mejunjes que luego descontaban de la paga como si hubieran sido un manjar”.27 En general, las relaciones solían ser más bien tirantes en el conjunto de las tareas de cosecha. En muchos casos, los pliegos de condiciones28 prohibían que el patrón tratase directamente con los obreros y se dirigiera a ellos a través del delegado de chacra o de galpón. La figura del patrón es vista a través de una serie de imágenes poco agradables: vampiro, chupasangre, sanguijuela, etc. Estamos muy lejos de cualquier tipo de relación que se pretenda “paternalista” o cosa por el estilo. Es necesario aclarar este punto porque suelen asociarse al mundo rural con dos imágenes arquetípicas: si la primera pretende una arcadia patriarcal, ámbito de relaciones idílicas donde los conflictos no tienen razón de ser, la segunda supone la existencia de una absolutamente opresiva dominación sicológica del “paisanaje” por parte del amo. Ambas comparten la creencia en la ausencia de conflicto típicamente capitalista y la lucha de clases es reemplazada por una relación sicológica entre individuos. 

Instalado en el lugar de trabajo, según el tipo de tarea sería la “vivienda” que ocuparía: en el maíz, lo más común era una tapera hecha de chalas con forma de “tipi”, o bien con “techo a dos aguas”. En este “hogar nómade” (al decir de Miatello…) debía pernoctar la familia del cosechero: una endeble estructura que tendría 1,80 a 2 metros de alto por unos 3 de ancho, hecha con algunos palos y cubierta con plantas de maíz y pasto a la que, si se tenía suerte, podía adosarse alguna chapa de zinc que algún “generoso” patrón  prestaba…29 Es obvio que una construcción así no puede parar la humedad que 

“penetra por doquier (…) amén de la lluvia [ni tampoco servir para mucho] cuando las fuertes heladas pinten con su blancura de muerte el “techo” y las paredes de esa miserable choza, o cuando en los días grises de tenue y fría llovizna con glaciales vientos azoten el maizal.”30

Así debían pasarse 2 o 3 meses… En otros casos, más común en el trigo que en el maíz, una carpa servía de dormitorio para los obreros. Una apreciación cercana a lo que significaba dormir en estas carpas en invierno es la siguiente, de boca de un peón caminero:

“Cuando el invierno empezó a dejar sentir los rocíos fuertes y las heladas, goteaba la lona de las carpas. Las lluvias no producen humedad en el interior de ellas, pero la helada sí. Por eso dormíamos vestidos y tapados de los pies a la cabeza para calentarnos con el propio aliento.”31

Las “camas” consistían en pasto seco a guisa de colchón, el que se cubría con un par de bolsas descosidas que a su vez servían de manta. En la cosecha del trigo el frío no existía, pero sí el calor persistente, la humedad, mosquitos, moscas, jejenes, tábanos y demás, a los que se sumaban arañas  y víboras en zonas como Entre Ríos. El obrero, de noche “tiene que servir todavía de pastos a los mosquitos después de haber servido a los explotadores”32 mientras, en 

“la región noroeste de Santa Fe son atormentados por la mosca, que se halla en proporciones enormes, sigue a las personas envolviéndolas en verdaderas nubes, sobre todo cuando no se quema la paja porque llueve y se pudre.

No sé si es peor que el mosquito del Chaco, que aquí, aunque no falta, no es abundante.”33

En los trabajos de la estiba la situación habitacional era diferente, ya que, al realizarse en ámbito urbano, las posibilidades eran mayores: los obreros locales dormían en sus casas y los llegados de fuera lo harían en fondas o en casas particulares que arrendaban cuartos para la cosecha, o bien en casas abandonadas o en los andenes y adyacencias de la estación, galpones y, en general, en cualquier lugar que ofreciera un reparo a la lluvia.34 

Párrafo aparte merece la triste y monótona comida de cosecha. La alimentación era siempre pésima y escasa:

“después de cinco horas les daban mate cocido hecho con yerba ardida y amarga como la hiel. Parecía agua de malvas más bien que mate. Y sin tiempo para fumar un cigarrillo volvía al rastrojo hasta las doce, hora en que iban a almorzar. El almuerzo se componía de grandes zoquetes de carne con “queresa” y a veces con gusanos, malamente hervida y sin espumar, para que el caldo no tuviera desperdicios. Tal puchero era devorado en un cuarto de hora, porque no había más tiempo para eso a que se llama almuerzo. Por la tarde nueva poción del famoso mate de la mañana…”35

La combinación “tumba-caldo” “caldo-tumba” y la infaltable polenta en pleno verano, son placeres difíciles de imaginar… Cuando se podía optar por salario sin comida, era preferible.36 Todo esto sin contar los fabulosos sobreprecios que se hacían a los obreros al venderles alimentos en la “casilla” en la que el patrón guardaba alimentos, vestimenta, etc.:

“Don Belisario Ortiz persona distinguida y muy conocida en Córdoba y Rosario, propietarios de varias colonias sobre el ramal de Villa Maria a Rufino, me hizo conocer el caso de una libreta cuya suma ascendía a 900 y pico de pesos que sumados por él daba sólo doscientos y pico, de manera que, aun dando por bien sentadas las cantidades y los precios, resultaba el peón robado en más de 300 por 100.”37

Se formaban verdaderas “coaliciones” para estas estafas:

“Principiaré por decir algo de la infame conducta de los almaceneros de campaña, que por su cuenta o en complicidad con los propietarios rurales y dueños de máquinas aprovechan la ocasión de dar salida a todos los artículos de consumo (yerba adulterada, fideos malsanos, galleta podrida). No hablaré de carne echada a perder ni del agua sucia y llena de langostas podridas, que se les suministra a los peones, quienes tienen que sacarle del bebedero de los animales, pues son pocas las máquinas que tienen un barril de agua para la peonada.”38

El cocinero, generalmente de acuerdo con el patrón de trilladora o del maizal cobraba un porcentaje del salario a cada obrero: cuanto peor fuera la comida (y por lo tanto, más barata) mayor sería su ganancia.

Nuevamente, estibadores y carreros escaparían a estas cuestiones, dada su mayor “urbanidad”.

Comenzado el trabajo, este seguía diversos ritmos:

“En estos momentos hay en las zonas maiceras sufriendo los rigores de la temperatura millares de trabajadores de ambos sexos sin exceptuar criaturas de corta edad, porque una de las cosas que más se pondera en esta labor es la de considerarla diciendo que no es trabajo ‘pesado’ y también porque ‘nadie manda’ cuando el trabajo se hace a destajo.”39

En efecto, el trabajo de recolección del maíz no tenía un ritmo impuesto fuera de la voluntad del obrero y sus necesidades. El obrero, al trabajar a destajo y ser la recolección una tarea individual, no tiene la obligación de seguir un movimiento coordinado con otros obreros sino que, por el contrario, puede graduarlo a voluntad. El obrero del maíz podía juntar 20 bolsas diarias si necesitaba el dinero, pero podía juntar dos si no le interesaba más y si no tenía la obligación de pagar la comida.40 Sin embargo, el alto rendimiento en el trabajo a destajo era una imposición de las necesidades del obrero, impulsado a la auto-explotación, con el resultado de alargar las horas de labor y la intensidad de la misma. El estibador ya sufría la imposición del trabajo “en equipo”:

“Ese trabajo estibar bolsas de cereales, subiendo una escalera formada por las mismas bolsas, con 70 kilos sobre el hombro hasta una altura de 6, 8 o 10 metros es realmente matador y son pocos los que resisten si la rueda no es grande y el turno seguido.”41

El trabajar en equipo obliga a cierta regularidad, lo que no implica, al menos para la estiba, que el ritmo debiera ser necesariamente intenso, puesto que la misma tarea podía hacerse “al tranco” o “al trote”, usando pulseadores que acomodaban la bolsa en el hombro del hombreador o largándola desde lo alto de la estiba para que sea “barajada” en el aire, colocar muchos hombreadores por cada estibador o pocos. Sin embargo, haciendo el trabajo al ritmo menos intenso tanto como al más agitado, siempre es necesaria la coordinación de las tareas, lo que le quitaba a cada obrero en forma individual la posibilidad de regular su esfuerzo, transformada en una decisión colectiva. La cuestión se agravaba cuando el ritmo era impuesto con ayuda de una máquina. En la trilla, el patrón impone la intensidad de la tarea simplemente aumentando la velocidad de la trilladora. Con cierto grado de profecía, escribía Juan Pisano en 1907:

De todas las operaciones agrícolas, la trilla es la más sombría e ingrata para el obrero rural. Junto a la trilladora es donde germina esa levadura rebelde y malsana, cuyo alzamiento puede romper un día el equilibrio de las fuerzas económicas del país, como acontece hoy en el mediodía de Francia. Bajo los rayos quemantes de los soles estivales, los obreros trabajan envueltos en inmensas polvaderas asfixiantes, durmiendo sus sueños alcoholizados sobre paja humedecida con caña y sudor. La caravana obrera de inmigración golondrina, sufre las durezas de las labores, alentada por los jornales especiales, pagaderos en épocas de cosechas, que costean su peregrinación de miseria y privaciones.”42

Esta situación hace de la trilla la peor de las tareas: por ser rural tiene todos los defectos de la cosecha del maíz, por necesitar de un ritmo determinado, todos los de la estiba, por tener la máquina como rectora, todas las que le son propias y no comparte con otras actividades. Con razón estas máquinas eran llamadas las “matahombres”: cuanto mayor era la capacidad de trilla (medidos en quintales trillados por día) menor era la posibilidad de intervalos de descanso entre bolsa y bolsa. Una vez que se ponía en marcha la máquina no había paradas hasta que se atorara. El trabajo continuaba así por 12, 14 y hasta 18 horas, aprovechando las noches de luna.43 La trilladora imprimía a las labores de cosecha todas las características de la gran industria, en particular, el alargamiento de la jornada de trabajo:

“El foguista levantó presión, se niveló la trilladora y la calzaron; pusieron la correa, diez peones subieron a la parva y empezó la tragedia del trabajo. A las tres y media de la mañana suena el primer pito y la peonada debe comenzar a levantarse, porque a las cuatro o cuatro y media, se saca la lona de la parva y se da principio a la faena. A las ocho, quince minutos de reposo; mate cocido y dos galletas duras. A las doce, media hora o cuarenta minutos para almorzar: puchero, carne última calidad, fideos de la misma clase, agua, sal y galletas. A las tres de la tarde, un cuarto de hora de reposo para el mate cocido; déle firme y parejo sin respirar hasta las siete o las ocho de la noche, término de la jornada. Guiso, carne de máquina, grasa de vaca o mejor dicho, sebo, fideos averiados, sal, pimentón y galleta. A las diez de la noche la peonada está durmiendo con los huesos molidos y el cuerpo completamente sucio, encima de algun montón de paja trillada y entre los terrones del rastrojo. ¡Quince horas de trabajo y nueve de descanso!44

Las causas de semejante jornada se limitaban a una sola: la necesidad de llevar al máximo la explotación de la mano de obra en época de cosecha. Cuanto más rápido se hiciera más rápido quedaría en disponibilidad el dueño de la trilladora para obtener un nuevo contrato y mayor sería la seguridad del chacarero de ver terminado el trabajo de todo el año, libre ya del peligro de lluvias u otros problemas típicos de esta etapa de las faenas. Es decir, aumentaría y aseguraría la plusvalía por la vía de la extensión de la jornada de trabajo (plusvalía absoluta). Bialet Massé, con el típico lenguaje del funcionario estatal, mezcla de ingenuidad y cinismo, aduce otro motivo para explicar la larga duración de de la jornada: es la inexperiencia técnica de los dueños de trilladoras lo que hace más largo e inútil el trabajo, producto de las frecuentes interrupciones provocadas por el mal uso de la máquina y la mala organización de la mano de obra. De lo contrario, con una buena capacitación del personal se lograría que una jornada de 8 horas fuera más rendidora que una de 14.45 Lo que Bialet no entiende (o prefiere no entender) es que nada impediría, aún con una “faena” técnicamente superior, que la jornada fuera lo más larga posible. La duración de la jornada no depende de consideraciones técnicas sino de una relación de fuerzas determinada entre la burguesía y los obreros: en Alemania, las mismas condiciones técnicas de Volkswagen soportan una jornada laboral menor que en España. La diferencia es la diferente relación de fuerzas en uno y otro lado.

Ya en 1901, entre las resoluciones del Congreso Obrero Agrícola, la primera organización sindical del agro pampeano, figuraba la exigencia de una jornada de trabajo de sol a sol, con descanso de 7,30 a 8 a.m. para el desayuno y de 11,30 a 1,30 p.m. para el almuerzo con otra de 3,30 a 4 p.m. para el mate. En 1919, la Unión de Trabajadores Agrícolas redacta un pliego de condiciones para la trilla, en el que, si se suma la cantidad de horas efectivas de trabajo exigidas por los obreros, se notará que son unas 10 o 12.46 Puede uno imaginarse lo que sería la jornada usual de trabajo para que sea necesaria “reducirla” a 10 o 12. Efectivamente, Gori la calcula en 14 o 15, mientras que en el mismo manifiesto la jornada es descripta de la siguiente manera:

“Sale el sol a las cuatro y media y ya va una hora y a veces más que este peón trabaja. A las ocho de la mañana ya están empapadas de sudor las ropas. A esta hora se acostumbra como único refrigerio una tasa de mate casi azucarado y una galleta dura y sin sal. Con este ‘suculento’ desayuno tiene que aguantar otras 3 horas largas (…)

Llegan por fin las once (…) debe comer aprisa… Allí no se cena hasta avanzada hora de la noche.”

Esta descripción puede parecer exagerada adrede por un punto de vista parcial, sin embargo, Bialet Massé, 15 años antes, calcula que la jornada de trabajo es de 14 horas  y el tiempo ocupado por el peón

“… teniendo en cuenta el que necesita para despertar y vestirse, para comer y desvestirse después de la jornada, no baja de 15 a 17 horas y no le queda el tiempo necesario para descansar, volviendo al trabajo sobre-fatigado y al concluir la temporada es un hombre agotado completamente, sobre todo el que ha trabajado en la horquilla de las parvas y trilladoras o en la carga, descarga y estiba de las bolsas.”47

En la siega la situación era similar a la trilla en cuanto a ritmo y horario:

“Este trabajo, se realiza en forma casi matemática, no se puede aquí como en otros trabajos, reposar unos segundos para tomar aliento, el más leve retraso alteraría el ritmo del trabajo. Así, el parvero tendrá que colocar el trigo que trae el conductor de la chata, antes que llegue la otra el conductor estará a tiempo al lado de la noria, y así sucesivamente, cada uno desde el puesto que le está asignado.”48

En la estiba la jornada era más corta y era común la de 10 horas y aun la de 8, impuesta por la acción sindical. 

La temperatura ambiente jugaba un rol fundamental en las condiciones en que se realizaba la labor. En invierno los músculos se entumecían y todas las heridas dolían más, las manos se agrietaban. Oigamos a un peón caminero recién levantado de dormir:

“Mis manos se hincharon y agrietaron; se formaban grandes ampollas y reventaban dejando la carne en vivo. Esto pasó, pronto, gracias a un remedio infalible: lavarse con agua y jabón, orinarse las manos y después frotarlas en grasa caliente. No resultaba fácil curar los omóplatos. Se endurecían durante el sueño hasta perder la movilidad, quedando duros, como soldados a la espalda. De mañana no podía ni juntar las manos para lavarme la cara a fin de limpiar la lagaña y evitar la conjuntivitis de que adolecían casi todos los peones. En estos tipos de trabajo en campamento se le dispara al agua por temor al frío, y el sudor se seca en el cuerpo y se duerme vestido con la misma ropa que se trabajó. (…) El frío nos endurecía de tal modo las articulaciones que hasta las herramientas se nos caían de la mano al empezar la jornada”.49

Súmese a eso la humedad del rocío en la mañana y al atardecer y se tendrá un cuadro completo (si es que no llueve…). En verano, las enormes temperaturas en una pampa sin árboles ni reparos hacen extrañar el invierno.

Son frecuentes los casos de insolación: 

“El trabajo en las trilladoras. Dos casos de insolación Lincoln, 4. Transportados por sus compañeros, llegaron al consultorio de esta ciudad, dos peones de trilladora atacados de insolación. (…) En sus declaraciones manifestaron que si se mantienen en las condiciones en que trabaja la cuadrilla se producirán accidentes graves pues no descansan en las horas de sol fuerte y carecen de agua potable, teniendo que beber de un depósito de hierro recalentado que ni siquiera se pone a la sombra.”50

Como para no insolarse:

“Son las dos de la tarde, el campo es un inmenso horno, se respira fuego, se ve fuego y se siente fuego. A distancia de los montones enormes y circulares de paja trillada se levanta una tenue pero hiriente neblina de calor que ondula como si fuera un río de llamas blanquecinas agitadas constantemente por la brisa y que nos obliga a cerrar los ojos. Diez hombres están en la parva, junto a la parva la máquina y encima de la máquina y alrededor de la máquina, en ese bochorno reseco y debilitante, otros hombres van y vienen, se agitan, corren, se afiebran y no dan abasto. Los ojos, las caras, las carnes y los movimientos todo, todo esta pidiendo un descanso con la plegaria de los que se agotan y el descanso no llega porque la máquina no para. Se sienten voces: ¡Agua, agua! ¡Caña, caña! Y aparece el aguatero que para llegar más pronto llenó su barril en los bebederos de la hacienda. ¡Agua soleada, agua babosa, agua enfermiza! Y llega la caña, la caña para reanimar momentáneamente el aplastamiento de los cuerpos, la energía de los nervios, la flojedad de las almas, la divina caña sin la que no se podría seguir trabajando en la trilla.”51

Por esta razón, Bialet Massé proponía prohibir el trabajo “… desde las 11 a las 2, en los meses de enero, febrero y marzo”, cuando “la temperatura es de fuego y en los días de viento norte bochornoso es realmente insufrible.” Los obreros “respiran un polvo atroz (…) cuando el viento viene mal con relación a la posición de la máquina.”52 

Por otro lado, los calores favorecen la proliferación de insectos de todo tipo y la contaminación de las aguas. Esto a su vez ayuda a la expansión de enfermedades gastrointestinales, diarreas, afecciones de la piel y los ojos (por el polvillo flotando en el ambiente), todo agravado por la falta de higiene constante en que se vive y trabaja. A las enfermedades hay que sumarles los problemas propios de la deficiencia alimenticia y los de tipo neuro-muscular. Los músculos son los principales afectados por el esfuerzo constante. En la estiba eran graves los problemas lumbares, lo mismo que en el maíz, donde se trabajaba agachado: 

“A medida que se va llenando [la “maleta”], el esfuerzo es mayor, a veces para salvar un pequeño promontorio forcejean como caballo encajado en un bache. De esta manera, llegan a las bolsas donde se vacían las maletas y se hace un pequeño alto. Al incorporarse, los hombres se asemejan -si se nos permite la figura- a una bisagra oxidada, obligados por el dolor se colocan en las caderas ambas manos y van lentamente tomando la posición vertical.»53

El esfuerzo podía desencadenar la muerte por agotamiento:

“S. de Oficios Varios, Cañada Verde Acaba de fallecer en forma repentina y al pie de la máquina trilladora nuestro inolvidable compañero José Aguilera. Socio activo de nuestro sindicato dio al servicio de la causa de los trabajadores las mejores energías de su juventud y los mayores atributos de su inteligencia. Muere gastado por el mayor esfuerzo que demanda el trabajo que realizamos en la bolsa, trabajo sobrecargado por desgracia, debido a nuestro alejamiento del sindicato ya que no imponemos nuestra organización.”54

Las enfermedades contagiosas tenían un vehículo privilegiado, las ratas:

“La peste bubónica: A raíz de algunas muy buenas cosechas que se obtuvieron en el sud de Córdoba después de 1917-18, muchos fueron los ambientes totalmente inadecuados que se improvisaron para almacenar las enormes cantidades de trigo cosechadas, hecho que coincidió con la aparición de numerosos casos de peste bubónica producidos en los galpones o graneros de las propias chacras. También La Vera pagó doloroso tributo a esta terrible plaga en la persona de una joven empleada para los trabajos domésticos en nuestra propia casa, cuyo galpón y otros sitios anexos se hallaban colmados de pilas de bolsas de trigo.”55

Parece que el “socialista” de La Vera necesitaba ver morir una “doméstica” frente a sus ojos para elaborar…. un proyecto de ley: 

“El caso producido en La Vera y algunos otros que se fueron presentando, año tras año, en los trabajadores de las estaciones de ferrocarril, me movieron a presentar a la Cámara de Diputados, un proyecto de ley por el cual se establecían las condiciones mínimas que debían reunir los graneros y galpones de las estaciones de ferrocarril, para evitar la entrada y pululación de ratas en ellos y prescribir las medidas de protección que debían adoptarse para defender la salud y la vida de los trabajadores ocupados en el manipuleo de las bolsas.”

Al rubro enfermedades puede sumarse el de accidentes, desde ser arrollado por un tren (a esto se le llamaba “engrasar las vías”) hasta clavarse una espina, la explosión de la caldera del motor o la caída desde la estiba:

“Desde Tres Lomas. Hombre muerto por un tren.

El día 6 de diciembre, a eso de las 12:30 a. m. un pobre ‘linghera’ de los tantos que ambulaban por los campos buscando trabajo sin lograr hallarlo, intentó subir en un tren de carga puesto en movimiento, para trasladarse a otra parte, donde pensaba alquilar sus brazos a la prepotencia capitalista, pero desgraciadamente fracasó en su intento porque perdió pié cayendo bajo las ruedas del convoy, destruyéndole una pierna por completo, de cuyas consecuencias murió, como a las tres o cuatro horas, caso que no hubiera ocurrido si enseguida hubiera sido atendido por la ‘señora autoridad’ y el doctor de este pueblo que se negó redondamente a concurrir al lugar donde se encontraba el herido, tirado en el patio de la comisaría, que se fue en sangre por falta de asistencia médica. Esta pobre víctima, después de estar tirado dos horas en las vías, los milicos optaron por llevarlo en un catre a la comisaría…”56

Herido en medio del campo, lejos de parientes o amigos, poca suerte tenía el obrero rural:

“Llegó el tiempo de la cosecha fina y se fue, dejando sus cosas en un baúl. Cuando esperábamos su regreso llegó una carta. En una emparvada le habían clavado el diente de una horquilla. El verano santafesino es bravo. Se le infectó la herida y escribía desde un hospital de Rosario: ‘que me abran el baúl y ventilen los libros y revistas para evitar el deterioro de la humedad y los insectos; que si la infección seguía y el no regresaba más nos quedáramos con sus cosas’. No supimos más de él.”57

Las heridas pequeñas y comunes solían desembocar en infecciones mayores, por lo que los obreros no dejaban de llevar una aguja especialmente destinada a sacar las espinas. Las caídas eran frecuentes y desembocaban en fracturas de brazos y piernas, contusiones por golpes con bolsas en las estibas, caídas desde el “burro”, etc.58 Según los boletines del DNT, el oficio de estibador era el que pesaba más en la estadística de accidentes: en 1909, el DNT contabiliza 4 estibadores muertos por golpes con las bolsas que cargaban y por “apretamiento” entre las estibas.59 Sin embargo, la palma entre los accidentes de trabajo se la llevaban las explosiones de calderas:

“Noetinger -A medida que transcurren los días se va uno cerciorando y dando cuenta de la magnitud de la catástrofe ocurrida el domingo pasado a las 13:30 horas en la chacra del colono Federico Reist, arrendatario en el campo ‘Monte Castillo’ del señor Agustín Costa, situada a unas 2 y 1/2 leguas de esta población. Pues al explotar la caldera del motor de una trilladora que llenaba sus funciones en dicha chacra, produjo la muerte al obrero Francisco Coco y heridos gravemente y con quemaduras los otros: Octavio Coco, Juan Martini e Ignacio Aguero, los que siendo de inmediato atendidos por los doctores Espinosa y Sueldo, fueron transportados al Hospital de

Bell Ville dado la gravedad en que se encontraban. Informaciones de último momento hacen saber que dos de ellos mejoran, dentro de la gravedad, y en cuanto a Aguero, le fue necesario amputarle una pierna, siendo su estado delicadísimo. Relatos de personas que se trasladaron al lugar de la catástrofe no salen de su asombro al observar que no ha quedado una pieza de dicho motor en estado de poder se utilizada; las ruedas delanteras se encontraban a unos 120 metros y las traseras a unos 15 metros del lugar de la explosión y fierros rotos en todas direcciones. Se dio sepultura al cadáver en esta población, siendo sus restos acompañados por numeroso público.”60

Para el Ministerio de agricultura, las explosiones se explicaban por la impericia de los maquinistas e “intentaba” evitarlos editando un manual, proponiendo un examen de competencia y obligando a la revisión periódica de la máquina por técnicos especializados.61 En realidad, la explicación no es técnica: las condiciones precarias en las que se trabaja expresan el mayor interés capitalista en aumentar la plusvalía extraída mediante el ritmo de trabajo más brutal, que en cuidar la salud de los obreros. Para el capitalista “el tiempo es oro” y toda actividad que no sea productiva es limitada al mínimo, de modo que la velocidad de la tarea no es el resultado de una incapacidad técnica sino del interés del patrón por explotar más a la mano de obra. Hasta el punto de hacerla explotar literalmente hablando:

“Violenta explosión en O’Brien. Un muerto y tres heridos

Hace algunos días en la chacra de Angel Agustinelli, situada en el cuartel 12 de este partido, hizo explosión el motor de una máquina trilladora propiedad de un señor Bonani. Resultó muerto el mecánico Cirilo Bustamante que prestaba servicio en el referido motor y con heridas leves tres peones que se hallaban próximos a la máquina. El cuerpo del infortunado mecánico fue hallado a más de ochenta metros del lugar de la explosión completamente desfigurado a causa de las heridas recibidas, que le produjeron una muerte instantánea.”62

Otro tipo de accidentes graves eran los incendios, que si bien producían menos muertos y heridos, dejaban sin trabajo a los obreros:

“Un silbido largo, agudo, cruel y lúgubre despertó a la peonada que, rendida y aniquilada por la abrumadora labor, dormía entre montones de paja. Gruesas gotas perdidas empiezan a caer de las nubes preñadas de agua. Un silencio profundo, interrumpido apenas por el croar de las ranas (…) Todos nos despertamos. Había que proteger presto con lonas a la trilladora, a las parvas y a las pilas de bolsas de trigo (…) De repente, un relámpago iluminó la profunda negrura (…) El temporal rugía, aullaba, silbaba, sollozaba en salvaje y patética sinfonía. De repente un rayo estalló por encima de la trilladora y una bola de fuego cayó de las nubes, sembrando el pánico entre los seres vivos (…) Al instante, el incendio se declaró violento y voraz. Ardió la trilladora, ardieron las parvas, ardieron las pilas de bolsas y las montañas de paja (…) Solamente los hombres, después de aquella noche infernal, míseros y lamentables, preparamos en silencio nuestras cabalgaduras para ir de nuevo en busca de pan y trabajo.”63

La causa más común era otra. Según el Ministerio de Agricultura, aunque muchos incendios son producidos por “actos criminales”, hay un porcentaje muy alto debido al polvo del grano suspendido en el aire alrededor de la trilladora. El polvo procede de los granos cariados (con carbón) y se acumula en el interior, formando con el aire una combinación que se inflama con facilidad en presencia de chispa o llama, cosa fácil en los días de pleno sol y gran calor, con los ejes de las máquinas recalentados o mal lubrificados. A veces una chispa surge de la electricidad estática producto del funcionamiento de la máquina. Podía solucionarse con un cable a tierra y había máquinas con aparatos para sacar el polvo de carbón y extintores de incendios automáticos. Nuevamente, imaginará el lector cuál será nuestra opinión en este caso.64 

Los intentos de mejorar las condiciones del trabajo rural mediante medidas legislativas son muy tardías: la ley sobre accidentes de trabajo se extendía a este sector pero era perfectamente ignorada. Es más, el seguro contra accidentes con frecuencia era descontado del sueldo del obrero:

«El obrero en cuestión (que se fracturó un brazo trabajando en una trilladora en Pilar) permaneció abandonado desde la tarde del día 2 del actual, fecha en que ocurrió el hecho, hasta la mañana de hoy, en que venciendo dificultades extremas pudo encaminarse desde el lugar (…) al consultorio. El humanitario patrón, Antonio Ambrochio, no solamente negó auxilios propios en tales casos, sino que se niega a abonarle los días trabajados hasta el presente, razones que obligaron al obrero Bonaudi a solicitar ayudas particulares… También nos manifiesta Bonaudi que en su carácter de obrero de esa máquina trilladora se encuentra asegurado contra accidentes en la compañía ‘La Continental’ cuyas pólizas son descontadas por el patrón mencionado, ignorando las tramitaciones a seguir [para] que la compañía (…) le abone la indemnización …”65

Las leyes sobre la extensión de la jornada no se hicieron presentes hasta muy tarde. En 1920 el Congreso Nacional nombró una comisión para estudiar la jornada de trabajo en el campo ya que ésta había sido excluida de la legislación sobre el tema en la industria. El proyecto de estudiar la problemática rural fue sumergido en la comisión de legislación agraria, de la que no volvió a emerger pese a la obligación de presentar un informe a los 60 días.66 En la provincia de Buenos Aires  fue presentado un proyecto de ley por el diputado Joaquín Martínez Sosa, sobre “alojamiento y mejoras generales para el bienestar de los peones que se dedican a las faenas rurales”. Si bien la ley incluiría a los peones temporarios, el autor del proyecto aclaró que no se referiría al trabajo en las trilladoras porque “ahí no solamente es necesario preocuparse del alojamiento de los obreros sino que también se

impone reglamentar el trabajo, porque debe saberse que hay peones que trabajan diez y ocho y más horas por día”.67 En Córdoba, la ley de reducción de la jornada tampoco alcanza al trabajo rural. En los diarios de sesiones del congreso de la provincia, lo único que se encuentra, tanto en Diputados como en Senadores, es un proyecto de ley de empleo para movilizar la mano de obra del norte de la provincia hacia las zonas de cosecha.68 

Si la actividad legislativa fue muy escasa,69 los intentos de lograr una protección legal para estas labores son muy tempranos y corresponden fundamentalmente al Partido Socialista, el que en su programa para el campo exige, aunque limitándose a esto, la obligación de dar alojamiento higiénico a los peones. Originado en la pluma de Juan B. Justo, este explicaba así su escepticismo frente a la legislación rural:

“La reglamentación del trabajo, que tanta importancia inmediata tiene en nuestra propaganda política de las ciudades, exige en el campo una táctica especial. Para los peones mensuales, de estancia o de chacra, que trabajan en corto número en ocupaciones variadas de distribución irregular, no puede haber más regla que el convenio directo entre trabajador y patrón. En tiempo de cosecha, la necesidad de realizarla pronto y simultáneamente en todas partes obliga a no perder un minuto de buen tiempo; es cuando los patrones necesitan las jornadas más largas y los trabajadores pueden exigir los más altos salarios. Una vez el trigo emparvado y el maíz en troje, puede regularse el trabajo a un tiempo normal para la trilla y el desgranado, como puede también limitarse la jornada en la esquila de ovejas, que, semana más, semana menos, conservan la lana. Pero más que todo otro ramo del trabajo humano es imposible que aquí la ley preceda a la acción directa de los trabajadores, que la acción política se adelante a la conciencia gremial. En un país como éste, donde aún no hay nada en materia de legislación industrial (…) sería algo más que prematuro pedir desde ya la limitación de la jornada en los trabajos del campo…”70

Igual que los ejemplos citados antes, el modo de reflexionar de Justo refleja una “enorme” preocupación: como es muy difícil, mejor no hacer nada… De hecho, los únicos que lograron una mejora efectiva sin necesidad de ley alguna, al menos por cortos períodos, fueron los trabajadores mismos: la limitación de la jornada laboral (8 horas en la estiba y de sol a sol en la trilla), la presencia de agua fresca en los lugares de trabajo, buena comida y carpas habitables serán objeto de conquista gremial. Las leyes “protectoras” (cuando realmente lo eran…) sólo se aplicaban si los sindicatos lo exigían y lo imponían.

En línea con esto último debe verse la evolución de las condiciones laborales: en la medida en que solo la lucha obrera imponía mejoras en las condiciones generales, estas fluctuaban al ritmo de aquella. Así, a comienzos de siglo las condiciones laborales fueron sustancialmente más duras, especialmente en lo relativo a la duración de la jornada. Hacia 1914-15 vuelven a darse circunstancias adversas para los obreros rurales, etapa que llega a su fin hacia 1920, cuando la lucha obrera da por resultado la mejora sustancial de las condiciones laborales, tal vez las mejores de todos los tiempos. Hacia fines de los ‘20 la situación vuelve a tornarse dramática: desocupación, salarios bajos, jornadas largas, se vuelven comunes a lo largo de los ‘30.

Conclusión

Entre 1880 y 1930, estos obreros levantaron la riqueza que permitía largos y placenteros viajes a las familias burguesas, que se cruzaban en alta mar con aquellos que venían a trabajar del mismo lugar al que ellas iban a pasear. La imagen de una pampa “pródiga” que recompensaba con creces el “generoso” esfuerzo de los trabajadores, sólo se sostiene si distraemos la mirada del mundo del trabajo rural, de su cruda realidad y de su despiadada explotación. Un mundo que sostuvo sobre sus hombros la mayor creación de riqueza en pocas manos en la historia del país. A eso se le llama, en algunos textos apologéticos de la explotación capitalista, “progreso” sin adjetivos. Lo que es, entonces, la forma necesaria del “progreso” capitalista, es transformada en un sacrificio inevitable que algunos deben hacer: alguien debe entregar su vida en beneficio del avance de la sociedad. El “premio” que sus creadores recibieron por tales “servicios” es lo que intentamos mostrar en estas páginas.

Notas

     1Ocampo, Victoria: Autobiografía, tomo II, Sur, Bs. As., 1982, p. 22

     2La Prensa (en adelante, LP), 22/12/03, p. 5

     3Marx, Carlos: El Capital, 3 tomos, FCE., 1986, p. 563

     4Pianetto, Ofelia: “Mercado de trabajo y acción sindical en la Argentina, 1890-1922”, en: Desarrollo económico, v. 24, n° 94, (jul-set

1984), p. 297-307). p. 299

     5Miatello, Hugo: La chacra santafesina en 1905, Bs. as., 1906, p. 217-220. Véase también Raña, Eduardo: Investigación agrícola en la provincia de Entre Ríos, Imprenta de M. Biedma e Hijo,. Bs. As., 1904, p. 177-182

     6Nario, Hugo: Bepo. Vida secreta de un linyera, CEAL, Bs. As., 1988, p. 39-40

     7Miatello, Hugo: Investigación agrícola en la provincia de Santa Fe. Informe presentado por…, Compañía Sudamericana de Billetes de Banco, Bs. As., 1904, p. 398

     8Entrevista con Roque Gardella, peon rural      9Miatello (1904), p. 500. 

     10Raña (1904), p. 124-130

     11Repetto, Nicolas: Mi paso por la agricultura, Bs. As., Rueda, p. 130      12Raña (1904), p. 124-130

     13Dickmann, Enrique: Recuerdos de un militante socialista, Ed. La Vanguardia, 1949, p. 44

     14Boletín de Agricultura y Ganadería (1901), n° 5, p. 72

     15Ministerio de Agricultura, (1924), p. 20

     16Ibid. p. 249-65

     17LP, 4/2/04, p. 6

     18La Protesta (en adelante LPRO), 3/1/28 y enero 1918

     19LPRO, 2/12/17, p. 2

     20La Vanguardia (en adelante LV), 25/7/03, p. 2

     21Miatello (1904), p. 114-118

     22LPRO, 4/1/18, p. 2      23Miatello (1904), p. 506      24Ibid. 

     25LPRO, 4/1/18, p. 2

     26LPRO, enero de 1918

     27Nario (1988), p. 61

     28Los “pliegos de condiciones” contenían el conjunto de demandas que los obreros presentaban a los patrones al comienzo de cada huelga. 

     29Miatello (1915), p. 16; (1904), p. 404 y LV, 10/9/04, p. 2      30Bandera Proletaria (en adelante BP), 28/4/28, p. 3

     31Riera Diaz, Laureano: Memorias de un luchador social, Edición del autor, Bs. As., 1979 (tomo 1) y 1981 (tomo 2), tomo 1, p. 159      32LPRO, 19/11/19, p. 3

     33Bialet Massé, Juan: El estado de las clases obreras argentinas a comienzos de siglo, Universidad Nacional de Córdoba, Dirección General de Publicaciones, Córdoba, 1968, p. 115

     34Borda, Ángel: Perfil de un libertario, Editorial Reconstruir, (Colección Perfiles), Bs. As., 1987, p. 101-102      35LV, 13/2/04, p. 2

     36Nario (1988), p. 41

     37Bialet Massé (1968), p. 110

     38LV, 20/4/01, p. 2

     39BP, 19/6/26, p. 1

     40Nario (1988), p. 61

     41Chacabuco, 19/3/19, p. 1

     42Pisano, J.: El proletariado rural, Tesis presentada para optar al grado de Dr. en jurisprudencia, UBA, 1907      43LP, 3/12/03, p. 4; LPRO, 2/11/04, p. 1; LP, 18/1/04

     44LPRO, 2/12/17, p. 2

     45Bialet Massé (1968), p. 115

     46Oddone, J.: Gremialismo proletario argentino, Ed. La Vanguardia, Bs. As., 1949, p. 132-133      47Bialet Massé (1968), p. 114

     48BP, 17/1/25, p. 4

     49Riera Díaz (1979), p. 159

     50LV, 5/2/11, p. 2

     51LPRO, 2/12/17, p. 2

     52Bialet Massé (1968), p. 117-118

     53BP, 19/6/26, p. 1

     54BP, 31/1/25, p. 2

     55Repetto, p. 139-140

     56LPRO, 15/12/17, p. p. 3

     57Riera Díaz (1979), p. 175

     58La Voz del Interior (en adelante LVI), 6/1/29, p. 10

     59Boletín del Departamento Nacional del Trabajo, nro. 8, 1909, p. 69-70

     60La Capital, Rosario (en adelante, LCR), 20/12/28, p. 11

     61MASPI (1924b), p. 78

     62LP, 13/2/20, p. 4

     63Dickmann (1949), p. 45-48

     64MASPI (1924), p. 20-23

     65LVI, 6/1/29, p. 10

     66Diario de Sesiones (1920), p. 407-409

     67Diario de Sesiones (1918), 29/5/18, 6ta. sesión ordinaria

     68Moret, Carlos: Leyes del trabajo (compilación), 1936, p. 564 y ss. y Diario de Sesiones, 1928, p. 342-343 y 60-62, sancionada como ley ese año junto con un proyecto de habitación higiénica.

     69Ver Ascolani, Adrián: «Orígenes de la legislación laboral agraria en Argentina. Vinculaciones con la política y la economía (19001930), en Universidad Nacional de Rosario, Escuela de Historia: Anuario, n° 16, Rosario, 1995

     70Justo, Juan B.: El programa socialista del campo, La Vanguardia, Bs. As., 1915, p. 8

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