Están en China… La vacunación argentina como expresión de la descomposición nacional

A esta altura del partido, está claro que en el mundo hay una carrera por las vacunas y que, el que se “avivó” a tiempo o tiene el dinero suficiente, compra. El gobierno de los Fernández, ni fue previsor ni tiene los dólares. ¿Cuál fue la apuesta? La que hacen los desesperados, los que no tienen ninguna perspectiva realista porque hace rato la han perdido. Igual que los militares del Proceso, que suponían que por algunos “servicios” prestados, EE.UU. iba a preferir a la Argentina en su enfrentamiento con Gran Bretaña, Cristina supuso que Putin y Xi Jinping antepondrían sus intereses nacionales y personales en nombre de cumplir vagas promesas hechas a una republiqueta sudamericana.

¿Qué es lo que está detrás de la falta de vacunas de la Argentina? Se pueden mencionar muchas razones, todas ellas coyunturales, pero que remiten a la misma causa. Desde la llegada del peronismo, dos fuerzas se disputan ese territorio social que llamamos “Argentina”. Ambas tienen su anclaje en el mercado interno, sostenido por la capacidad del agro pampeano para impulsar la economía nacional, pero con el límite que esa misma capacidad le pone. Ese impulso, por más generoso que sea, no alcanza para corregir los problemas de la economía no agraria, simplemente asegura su reproducción. De allí que, cuando la soja sube de precio, todo parece mejorar, pero no hay ningún cambio en la estructura productiva del país. Por lo tanto, cuando baja, todo retrocede.

Ambas alianzas dependen del mercado interno, aunque los intereses de una de ellas la obligan a mirar a EE.UU. mientras que los de la otra, a China y Rusia. No es muy difícil identificar el nombre actual de esas alianzas: Juntos por el cambio y Kirchnerismo, respectivamente. Para JxC, la Argentina debe “abrirse al exterior”, pero encuentra un obstáculo central en el hecho de que los empresarios que debieran sustentar esas pretensiones, salvo los agrarios, son también mercado-internistas y participan de las mismas características de los de la otra alianza. La única diferencia es que tienden a ser más grandes, pero como lo demostró la causa de los “cuadernos”, todos comparten las mismas “hojas”. El macrismo pretendió apoyarse en “nuevos empresarios”, los responsables de los “unicornios” locales, cuyo estandarte es Mercado Libre y su dueño, Galperín. Pero el peso de estos sectores en la economía es muy limitado y gravitan en el comercio y las finanzas. Poca cosa para liderar a un país como el nuestro. El macrismo es una planta sin raíces.

El Kirchnerismo representa mejor a ese mercado-internismo insistentemente parasitario, cuya capacidad para ganar elecciones es innegable, habida cuenta de la inmensa masa de población que depende de estas capas burguesas para reproducirse. Estas capas no pueden vincularse a EE.UU. porque ello supone la destrucción de la protección que crea la maraña de regulaciones (y, por ende, de corruptelas) que defienden el mercado interno. De allí la pasión K por Putin y Xi Jinping como “alternativas”. En el caso ruso, se trata más bien de un aventurerismo sin mucha base, apoyado en un poderío militar heredado del pasado. En el chino, se encuentra una trampa mortal escondida detrás de un sebo irresistible: la posibilidad de que China se convierta en un socio “estratégico” gracias a sus compras de productos agrarios. La contracara es la avanzada inevitable de los chinos sobre el mercado interno. Ello nos lleva de nuevo al problema de las vacunas.

Si Macri hubiera ganado las elecciones, muy probablemente, hoy las jeringas argentinas distribuirían Pfizer de modo generoso, por las mismas razones por las que el FMI tuvo la misma generosidad para financiar a un país quebrado: Macri le servía a los EE.UU., si no como socio económico, al menos como ordenador de la política latinoamericana y freno a la expansión china. Con eso, sin embargo, no se come. Pero ganó Cristina, y Cristina es el vehículo del envenenado caramelo oriental y su acompañante, el aventurero que vende lo que no tiene, al mejor estilo de los farabutes del oeste americano y sus tónicos mágicos. De modo que la Sputnik es un desangrarse lento para placer de la oposición. Queda la esperanza de las vacunas chinas, que solo vendrán a costa de nuevas y mayores concesiones: la base militar, las centrales hidroeléctricas innecesarias en Santa Cruz, la Hidrovía, la cría de cerdos y pandemias, las centrales nucleares llave en mano… Un acuerdo que recordaría al establecido por 150 años con Inglaterra, nuestra verdadera madre patria, si no fuera porque China, más que como progenitora, se ofrece como enterradora de una experiencia histórica, siguiendo la frase de Cristina que tanto asusta a sus detractores: “vienen por todo”.

Aún así, las vacunas que Xi Jinping le vende a Piñera, no se las entrega a Alberto. “Están en China”, dijo Vizzotti, sin que se le cayera la cara. La razón es sencilla: a una colonia quebrada, no solo no se le regala nada, se la degrada y se la humilla. Paradojas del nacionalismo parasitario: habla de soberanía mientras arrodilla a la patria.

Publicado en Especial Pandemia.

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